lunes, 30 de julio de 2012

Urbanidad y urbanistas (2). Tras las huellas de Fernando Martínez Sanabria



Hace varios años un grupo de edificios residenciales ubicados en la carrera 7ª con calle 84, de Bogotá, se encuentra deshabitado y abandonado a la espera del turno de demolición y de seguro se espera utilizar estos terrenos enormemente valorizados para construir edificios de oficinas.


En ese mismo lugar ya fue demolido hace algunos años un pequeño edificio construido por el fallecido arquitecto hispano-colombiano Fernando Martínez Sanabria, que precisamente vivió allí hasta su muerte en diciembre de 1991, en un amplio apartamento que se destacaba por su gigantesco estudio abarrotado de libros.


  
Martínez Sanabria, conocido por sus amigos como “Chuli”, fue el autor también de los edificios restantes que ocupan el costado occidental de la 7ª entre la 84 y 85 y por si fuera poco, también diseñó el edificio del frente.


Se trata, de sur a norte, de los edificios de Blanca M. de Ponce, Elvira de Ogliastri, Alfonso Giraldo y El Retiro, y un poco más allá el edificio Mallarino, éste último burdamente desfigurado.


Autoridad en música y artes plásticas, Martínez Sanabria tuvo una renombrada  biblioteca y una famosa colección de discos en el enorme estudio de su apartamento del Edificio Ogliastri, demolido hace diez años, y cuyo terreno fue cerrado con una tapia de bloques que ahora sirve de tablero de carteles de espectáculos.

Edificio Ogliastri, donde vivió Martínez Sanabria hasta su muerte (*)

Y la sucesión de construcciones del autor en la 7ª con 84  no termina allí, pues al frente se encuentra el edificio Colinsa, propiedad de Julio Mario Santo Domingo, que tenía un enorme penthouse con cancha de tenis.


Y este edificio de siete plantas tiene una historia según la cual una pared irregular que sobresale de la fachada de manera diagonal y caprichosa, fue un recurso con el que se logró agrandar el apartamento de Santo Domingo con el único fin de que cupiera la mesa de unos muebles de comedor traídos por el empresario de Polinesia.



Resulta muy interesante para el observador urbano constatar que gran parte de la obra de Martínez Sanabria está concentrada en unos pocos sectores casi contiguos. El Retiro, Antiguo Country, El Refugio y Rosales; entre las calles 70 y 87 hay una huella urbana  suya que puede recorrerse prácticamente en minutos.


Pese a que su obra, como la de otros constructores, fue parcialmente arrasada, lo que dificulta reconstruirla dentro de la memoria urbana, hay dos o tres lugares en los que sus construcciones sucesivas ocupan manzanas continuas. Y diríamos que el arquitecto se especializó en construir por zonas.


Nacido en Madrid en 1925, el urbanista llegó a Bogotá con su familia en 1938, por invitación del Presidente Eduardo Santos. Su padre, Fernando Martínez Dorrien, fue secretario de Manuel Azaña. En Bogotá, Martínez terminó estudios en el Gimnasio Moderno y se graduó de arquitecto en la Universidad Nacional en 1947, es decir, a los 22 años.


Hace pocos meses el Presidente Juan Manuel Santos recordó que Martínez Sanabria fue quien diseñó la casa de su padre, Enrique Santos Castillo, situada en los cerros orientales, en el sector conocido como El Refugio. Ésta colindaba con la de Hernando Santos Castillo y estaba muy cerca de las casas Wilkie y Calderón, todas ellas obra del arquitecto, construidas alrededor de 1960 y ejemplos de mejor arquitectura moderna colombiana.


“Tuve el inmenso privilegio de crecer en una casa –en los cerros de Bogotá– construida por el arquitecto español Fernando Martínez Sanabria; le decían El Chuli –nacionalizado colombiano–, quien fue pionero de la arquitectura moderna en Colombia y es muy recordado, es muy querido en toda Iberoamérica” afirmó Juan Manuel Santos el 11 de octubre de 2011, en la VII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, en Medellín.


“Y entonces discutían y finalmente le decía El Chuli a mi padre –mi padre era periodista–: Mira, Enrique. Tú dedícate a titular bien las noticias y yo me dedico a construir bien tu casa”, recordó Santos ese mismo día, para terminar confesando que desde entonces entendió la importancia de la arquitectura hecha con pasión y que una buena obra impacta a la vista y genera sentimientos de arraigo y de pertenencia.


Es cierto que la obra de Martínez Sanabria tuvo mucho que ver con casas y pequeños edificios residenciales.


Por fortuna se conservan la casa de Enrique Santos y la vecina de su hermano Hernando, ambas de 1962, situadas en la carrera 4a con 87, así como las de sus parientes Teresa Calderón de Wilkie y Cecilia de Calderón, esta última de 1964.


También se han salvado de la demolición la casa de Hans Ungar (1960), en la cuesta de la 80, y la de Alberto Zalamea y Marta Traba, del mismo año, que se construyó en la calle 77 con 1ª, muy cerca de la de los padres del arquitecto.


Con menos suerte corrieron una serie de casas adosadas por los lados de la 14 con 84 y 85, varias de ellas pertenecientes a la familia Ponce de León, cliente frecuente del autor.


Pero no por todo esto puede olvidarse su participación en obras de repercusión masiva, digamos, como la “nueva” plaza de Bolívar, que diseñó en 1960, por concurso, y que aún se conserva. Ese espacio público, acaso el más importante de la nación, exhibe desde entonces una forma de explanada, y la inclinación natural del terreno se salvó  con dos ligeros declives.



Y el que fuera hotel Bogotá Hilton, edificio de 41 pisos pensado inicialmente como Residencias San Martín, en la zona homónima. Hoy, luego de dos décadas de abandono, este edificio funciona como torre de oficinas al lado de un desafortunado rascacielos complementario que por fin empezó a tener uso.


Es más discreto el edificio de la Presidencia de Bavaria, en la calle 94 con 8ª y camuflado entre los árboles del Chicó.


El arquitecto hispano-colombiano también alcanzó a hacer una propuesta para la revitalización del área de la antigua fábrica de Bavaria, en la misma zona de San Martín, que nunca se construyó.




Martínez Sanabria fue uno de los anfitriones de la visita de Le Corbusier a Bogotá y mantuvo estrecha amistad no solo con éste, sino con Paul Lester Wiener y José Luis Sert. Además, fue gran amigo de Rogelio  Salmona. De ello se conserva una interesante correspondencia.


No cabe en esta nota más historia del arquitecto. Cosas increíbles como que por ejemplo que en los 50 hubo detectives detrás de él en busca de argumentos para expulsarlo el país.


Lastimosamente no se ha hecho justicia con toda su obra. Eso pasó con esa manzana de obra viviente de Martínez quien incluye su propio edificio de habitación, ya demolido, y otros tres que podrán correr una suerte similar. Hagamos algo para preservarlos, pero en buenas condiciones.





(*) Edificio Ogliastri (1957)

Foto de Hernán Díaz tomada el libro Fernando Martínez Sanabria, de Alberto Zalamea, Fernando Montenegro y Rodolfo Velázquez. Bogotá, Molinos Velásquez Editores, 2008



miércoles, 11 de julio de 2012

Iglesias no se construyen todos los días





Este título no es nuestro; lo tomamos prestado al arquitecto Fernando Correa Muñoz, que si no estoy mal en 1990 escribió un simpático artículo en la revista Habitar, que fundó y dirigió por años, para anunciar la inauguración de un moderno templo en Bogotá.

En esa ocasión se trataba de la parroquia de San Juan de Ávila, ubicada en el barrio capitalino de El Contador, que dos décadas más tarde se mantiene como interesante ejemplo de arquitectura religiosa y de integración con la comunidad y el entorno.
Crucifijo de hierro que hace juego con las figuras
laterales de la Virgen y san Norberto
No es que no abunden nuevos templos, porque lo que se llama alegremente iglesias surge con  facilidad y hasta en los garajes.
Pero esta vez queremos hablar de otro hito en el panorama de Bogotá, la parroquia de San Norberto, localizada en el sector de La Calleja, en el norte de la ciudad, que ha sido una grata sorpresa urbana.


Desde la fachada, una cruz sirve de ventana
El moderno edificio es obra del arquitecto Carlos Campuzano y de Valdenebro Ingenieros. Su dirección exacta es carrera 21 # 127B-07, a poca distancia de la Clínica Reina Sofía, el Colegio Italiano Leonardo Da Vinci y otras sedes institucionales del sector, que aún conserva su carácter residencial y su rica arborización, que lo semejan a un vecindario de ciudad estadounidense.
La iglesia ofrece muchas sorpresas. No solo su fachada blanca y moderna, sino aspectos como el estacionamiento subterráneo con capacidad para 45 vehículos, sin hablar de lo que guarda en su interior.

El sagrario y los candelabros, dos elementos
tradicionales que rompen el modernismo del templo
El templo, además de la nave principal –el área propiamente dedicada al culto–, está dotado de  salones de reuniones, capilla del sagrario, despacho del párroco, cenizarios y baños.
Nos sorprendió saber que esta obra fue distinguida este año el premio Cemex en la categoría institucional-industrial. "Inmerso en un barrio residencial, quiere proyectar una imagen de sobriedad y respeto por la comunidad y un interior íntimo bañado por la luz del arco iris", señaló el fallo del jurado.
Pero las sorpresas no paran allí y tal vez el interior es lo que ofrece más e impresionantes detalles. Unos largos vitrales nada menos que del gran artista venezolano Carlos Cruz-Diez, situados a lado y lado de la nave principal, que regulan la iluminación lateral de la capilla. Son 'transcromías',  estructuras de láminas móviles y transparentes de colores, que logran una particular visión de la luz durante el día y bañan el recinto de luces.

En general edificio, elementos decorativos y mobiliario guardan una coherencia moderna, aunque se reservaron algunos detalles tradicionales como el sagrario y los vasos sagrados. Detalles como la sillería, la pila bautismal y los escaparates de la sacristía también lucen prácticos y contemporáneos. Para bautizar la iglesia, la Curia escogió a san Norberto, obispo alemán que murió en 1134. 

Si este recinto sorprende al observador común, cómo será el recogimiento que produce al hombre y la mujer de fe que acuden a orar y huyen unos minutos del bullicio de la gran ciudad. Y pueden hacerlo en un lugar sagrado tan cálido como un loft.




Dicen algunos vecinos que este templo es el resultado de más de diez años de bazares  y empanaditas de parroquia, en los que las misas se oficiaban en parques y garajes de las casas del barrio. Dentro de esa historia, los protagonistas fueron la propia comunidad y el sacerdote vallecaucano Marino Marín Marmolejo –el párroco ahora es Pedro Salamanca–, quien tuvo que sortear varios cierres ordenados por las autoridades.
Pila bautismal en granito
Desde tiempos bíblicos los pueblos construían templos para honrar a los dioses y es sabido que  en la colonia se construyeron en las principales ciudades del Nuevo Mundo templos que alcanzaron el esplendor. Pero ahora no es tan fácil.
Iglesias no se construyen todos los días. Y menos con tal riqueza, con esa categoría y con tantos detalles.
La sillería de plástico tiene un interesante
y funcional sistema para los reclinatorios