miércoles, 4 de enero de 2012

Eje ambiental y espacio público

Bogotá ha escuchado en las últimas dos décadas las discusiones sobre la escasez  del espacio público, situación que se acrecienta a medida que crece la población y las calles, andenes y plazas se vuelven insuficientes.

Algo se ha hecho para que los ciudadanos disfruten de la ciudad, con la conversión de vías en calles peatonales. Y un hito dentro de esa labor fue la creación del llamado Eje Ambiental, diseñado por el fallecido arquitecto Rogelio Salmona sobre la avenida Jiménez de Quesada, que a su vez nació en los años 30 sobre lo que fueran las aguas del río San Francisco o Vicachá, canalizado y cubierto de asfalto.

Y esa zona, donde abundan edificios de varios estilos y tamaños, construcciones de formas sinuosas que bordean la avenida por lo que antes era el recorrido del río, se convirtió en los últimos diez años en una auténtica postal de la Bogotá de comienzos del milenio, como lo fue hace 60 o 70 años.

La obra se complementó con una ruta exclusiva para autobuses articulados del sistema Transmilenio, cuyo movimiento pausado, como si fueran gusanos, le imprime otra dosis de modernismo y orden al centro capitalino, elogiado fuera del país.


Pero poco tiempo duró el interesante experimento que nos dejó la alcaldía de Enrique Peñalosa, desde el barrio de Las Aguas hasta la carrera Décima, y que en estos años de desgreño, abandono e inmoralidad administrativa que sufre la capital colombiana, ya no tiene corrientes de agua, sino agua estancada, sirve de basurero y sus pisos y zócalos empiezan a exhibir señales de deterioro.



Taxis fantasmas y choferes oficiales díscolos o abusivos circulan sin ningún empacho por el Eje Ambiental de medianoche o madrugada, pues dentro de la frescura de su mentalidad prima la idea de que nadie circula a esa hora, cuando nadie me ve, como dice la canción de Alejandro Sanz.

Y de día, nuestros queridos amigos, los habitantes de la calle, retan a los buses articulados cual toreros. No viene al caso hablar de los accidentes que pueden sufrir ellos mismos en una embestida o el vehículo cargado y sus pasajeros en un frenazo causado por un chiste.

Por si fuera poco, varios residentes estatales de la Jiménez se han tomado el Eje Ambiental  como una especie de propiedad privada. Es el caso de los ministerios de Agricultura y de Justicia. El primero ocupa el viejo edificio Pedro A. López a la altura de la carrera Octava y



resolvió utilizar los andenes como estacionamiento. Es decir, el poco espacio que dejan libre los miles de esmeralderos que se agolpan metros arriba, frente al edificio Henri Faux, o los vendedores estacionarios.




Las imágenes que acompañan esta publicación muestran cómo los vehículos del ministro, los viceministros y los visitantes utilizan como parqueo uno de los carriles.







Cabe recordar que por allí suben hacia el oriente los buses articulados de Transmilenio.
Y el personal de escolta asignado al Ministerio tiene hay desfachatez de obligar a los transeúntes a retirarse para que circule por el andén una camioneta Nissan Pathfinder en la que llega el ministro.

Algo parecido ocurre 100 metros más abajo, cuando llega un personaje al Ministerio de justicia, como se aprecia en la imagen.


En ambos casos la situación se origina porque los ministerios citados carecen de estacionamiento o de instalaciones adecuadas para el funcionamiento de una entidad de esas categorías en pleno año 2012. ¿Falta de previsión? ¿Afán de mudanza? ¿Crecimiento estatal acelerado?

Pero también en ambos casos el público no tiene la culpa ni tiene por qué compartir las aceras con los vehículos invasores. 

El Decreto 1504 de 1998, que reglamenta el manejo del espacio público en los planes de ordenamiento territorial, señala que “es deber del Estado velar por la protección de la integridad del espacio público y por su destinación al uso común, el cual prevalece sobre el interés particular”.

La norma indica que el espacio público comprende, entre otros aspectos, los bienes de uso público, o sea aquellos inmuebles de dominio público cuyo uso pertenece a todos los habitantes del territorio nacional, destinados al uso o disfrute colectivo.

Y  cita entre los elementos constitutivos de ese espacio público “las áreas integrantes de los perfiles viales peatonal y vehicular”, que son, entre otras, las  zonas de mobiliario urbano, túneles peatonales, puentes peatonales, escalinatas, bulevares, alamedas, rampas para discapacitados, andenes, malecones, paseos marítimos, camellones, sardinales, cunetas y  ciclovías.

El artículo 28 del referido decreto dispone que “la ocupación en forma permanente de los parques públicos, zonas verdes y demás bienes de uso público, el encerramiento sin la debida autorización de las autoridades municipales (…)   y la ocupación temporal o permanente del espacio público con cualquier tipo de amoblamiento o instalaciones dará lugar a la imposición de las sanciones urbanísticas que señala el artículo 104 de la Ley 388 de 1997”.

Corresponde a expertos establecer si la ocupación del espacio por parte de los vehículos oficiales constituye violación del espacio público desde el punto de vista legal. En la práctica no hay discusión de que lo es. 

Lo cierto es que para el peatón, para el ciudadano de a pie, literalmente, se habían logrado conquistas en materia de espacio público. Y éstas pueden perderse por la arbitrariedad de dos o tres guardaespaldas. Porque estamos seguros de que todo un señor, como el que ocupa esa cartera, sería incapaz de patrocinar esos abusos.


El resto es relativamente fácil. Que las autoridades de Bogotá cumplan con su deber de mantener la ciudad limpia y en buen estado.






martes, 3 de enero de 2012

Piedra amarilla

                                                                                         So goodbye yellow brickroad
                                                                                                            Elton John

Las ciudades se diferencian por los materiales de sus construcciones, el color que unifica su paisaje. Las ciudades andaluzas son blancas y los poblados medievales de piedra grisácea. Los asentamientos populares del tercer mundo son de color ocre como la tierra que circunda.  




Edificio Pedro A. López, hoy Ministerio de
Agricultura, en la avenida Jiménez
Bogotá es ampliamente conocida en tiempos modernos por el rojo del ladrillo usado en sus edificios y de ese tono de la arcilla son las imágenes panorámicas de algunas de sus zonas. Sin embargo, en una parte importante de la riqueza urbana predomina un solo tono: el de la piedra amarilla. Los visitantes de la ciudad se preguntan por ese material característico, que lo es  tanto que se conoce como piedra bogotana.

Pero también a este elemento se le llama piedra muñeca. Los expertos la denominan piedra caliza o piedra arenisca, que es una roca sedimentaria que tiene contenido de calcita. Conocida en algunas partes como Limestone, es un material resistente, que se caracteriza por su dureza,  apropiado para revestir fachadas.

En la capital de Colombia esta piedra fue usada en el último siglo, generalmente en obras monumentales de estilo neoclásico o francés.

Teatro de Cristóbal Colón
Parte de esa piedra amarilla se ha producido en las montañas de la zona de San Mateo, situada en la población de Soacha, en el sur de Bogotá. De las Canteras de Terreros, por ejemplo.


Costado noroccidental del Capitolio
La piedra amarilla es el material y el tono que predominan en la plaza de Bolívar y en muchas áreas adyacentes, como la Casa de Nariño (1976), el ejemplo por excelencia del trabajo en piedra amarilla.
Lado oriental del palacio presidencial,
desde la carrera Séptima(1976)

Están revestidos de esa piedra el Capitolio, el palacio de Justicia, la Catedral, la capilla del Sagrario, el Palacio Cardenalicio  –joven, solo tiene medio siglo–, el Colegio de San Bartolomé, el edificio nuevo del Congreso, el ya nombrado palacio presidencial y para cerrar el cuadrilátero de la plaza, la Alcaldía, que solo tiene el pórtico de la priomer aplanta en piedra amarilla, pero tiene su nuevo edificio situado en la parte posterior cubierto de láminas del enchape que nos ocupa.

Edificio Bicentenario, parte posterior de
la Alcaldía, inaugurado en 2011
Edificio de los Ministerios. Construido sobre
el demolido Claustro de San Agustín


También el edificio moderno de los Ministerios (hoy Ministerio de Hacienda), el Palacio Echeverri y unas calles más al oriente y norte, el Teatro Colón y el palacio de San Carlos. En la avenida Jiménez la antigua gobernación de Cundinamarca y el edificio Pedro A. López, ocupado por el Ministerio de Agricultura.

Palacio Echeverri, obra de Gaston Lelarge
La piedra amarilla de vetas rojas o marrones, similares a las vetas de la madera, resalta con el sol capitalino casi tanto como el rojo del ladrillo en los atardeceres.

Pero no es patrimonio exclusivo del centro o de la zona antigua de la ciudad. Parte de la zona empresarial del Centro Internacional está revestida de la piedra bogotana. Para la muestra tres botones: el viejo edificio de Bavaria, la torre de Seguros Tequendama y el Planetario Distrital.

Un aporte generoso al espacio público. Andenes de
 piedra en el edificio Avianca. Se pensó en grande.
En el centro financiero de la avenida Chile algunos edificios utilizan la piedra muñeca, el mismo elemento que cubre el frontis de la iglesia de Lourdes. Y si los edificios ubicados a lado y lado de la carrera Décima lavaran sus fachadas, volvería a lucir la piedra amarilla sepultada bajo kilos de hollín producido por los tubos de escape de los autobuses destartaladas en cuatro décadas.

El servicio de este material a la identidad bogotana no se reduce a los revestimientos o a las fachadas. Son de piedra amarilla las baldosas de la plaza de Bolívar y los andenes de algunas calles del centro. También los pedestales de la inmensa mayoría de las estatuas y el cauce del Eje Ambiental, que recorre la ruta del antiguo río San Francisco.


Limpieza del Eje Ambiental de la avenida Jiménez
Detalle de un costado del Palacio Echeverri
Patio de Los Novios, dentro de la Casa de Nariño

 
En fin, el mundo de este material también generó una carpintería de la piedra amarilla, expresada
en sillares, columnas, pilastras, capiteles, ménsulas, volutas, hojas de acanto y otros motivos.


Y para preservarla están los expertos. Hay técnicos en tratar la piedra y lijarla para renovar su apariencia, en cortar láminas y tajadas perfectas para reponer las averiadas por el paso del tiempo y en limpiarla periódicamente para devolverle su rubio esplendor, ese que produce los mejores contrastes en las mañanas soleadas o en las tardes despejadas.
Restauración de un zócalo del Palacio Echeverri,
hoy sede del Ministerio de Cultura

lunes, 5 de diciembre de 2011

80 años de conjuntos cerrados




Conjunto ubicado en la calle 78 con carrera 11

Los problemas de seguridad de las grandes ciudades en el siglo pasado, incluidas las colombianas, llevaron a los habitantes a refugiarse en unidades de viviendas aisladas, condominios o en los llamados conjuntos cerrados. Esta última es una noción diferente a la homónima de conjunto cerrado, de la que se ocupa la ciencia matemática de la topología.

El conjunto residencial suele ser una agrupación de viviendas iguales, aprobada por las autoridades como un proyecto único bajo el concepto de propiedad horizontal o reglamento común, que comparten vías de acceso, zonas verdes, servicios e instalaciones comunales, sistemas de seguridad y normas administrativas.

Otro grupo, esta vez en la 78 con 10

Los estudiosos del tema sitúan el origen de estos conjuntos habitacionales en el new town británico y la gated community, ciudadela cerrada o privada, que puede tener vías interiores de uso exclusivo, está encerrada por paredes y rejas, y tiene una única entrada controlada por personal de seguridad.

Entre nosotros, el término conjunto cerrado se usa para designar un grupo simple de varias casas iguales o en serie, generalmente agrupadas para garantizar la seguridad.

Y al hablar de conjuntos cerrados nos referimos a grupos de casas –lo cual excluye a los apartamentos y a los conjuntos de apartamentos, que los hay– agrupadas bajo un mismo nombre, bajo un régimen de copropiedad.

En Bogotá y otras ciudades colombianas abundan hoy en día los conjuntos cerrados, pero sorprende encontrar que estos grupos de casas no son algo nuevo en la historia de la ciudad. De hecho existieron desde principios del siglo pasado, como lo atestiguan valiosos ejemplos sobrevivientes.

En España y Argentina, por ejemplo, algunos conjuntos de casas en serie como los de las ciudades colombianas se denominan casas adosadas.

No nos detendremos por eso en Cité Restrepo o Ciudad Restrepo, obra de Gabriel Serrano, que según las fotografías de la época –aún no habíamos nacido muchos– fue un espléndido conjunto de oficios con una única entrada, que cedió pocos años después al paso de la carrera Décima.

Nadie que aprecie las fotografías podría creer hoy que esas construcciones de óptimo diseño y factura estuvieran donde hoy pasan decenas de autobuses viejos y contaminantes y a cuyas espaldas se encuentran depósitos de basura y lupanares de la más baja categoría.

Sin embargo, es bueno subrayar que si algo caracterizaba a esos conjuntos de casas es que no tenían restricciones de entrada. las rejas son algo añadido recientemente, en la medida en que la inseguridad -especialmente la de los automóviles estacionados- se volvió un dolor de cabeza. Así era el grupo de casas inglesas cuya imagen encabeza esta crónica. Y esas verjas le restan belleza a los conjuntos, además de que privan a los ciudadanos de apreciar la calidad de las viviendas. 

Y al hablar de conjuntos no necesariamente se trata de los de estrato económico alto, pues hay agrupaciones de viviendas populares que encajan dentro del término de conjunto cerrado, así en la práctica se asemejen a los llamados inquilinatos. Porque estos conjuntos siempre fueron sinónimo de viviendas más pequeñas y de menor costos que las casas individuales.

Hay muchos ejemplos y no se trata de ser exhaustivos, pero merecen especial atención ejemplos como los de este conjunto de casas que va camino a la ruina en el lugar más antiguo de Bogotá, a pocos metros de la calle del Palomar del Príncipe y la plaza del Chorro de Quevedo. No sabemos si estas casas esperan que alguien se apiade de ellas para rehabilitarlas. Podrían servir para una magnífica zona de restaurantes o galerías de arte.


Pasaje Michonik (1914)


Se trata del pasaje Michonik, construido en 1914, y que se considera como la primera obra en la ciudad que tuvo régimen de copropiedad, de acuerdo con un excelente proyecto de restauración  realizado por estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad La Gran Colombia. (1)

Incluso el Palacio Echeverri, cuatro casas agrupadas para una misma familia, diseñadas por Gaston Lelarge y construidas en 1904 en predios del antiguo solar del convento de las Clarisas, en lo que hoy son la carrera 8a y la calle 8a., encajaría dentro de esta definición.

Conjunto en La Alameda,
desfigurado y en peligro

En la que fuera Alameda Vieja  o carrera 13, con calle 24, se construyeron en los años 20 o 30 unas casas que constituyeron un conjunto y de las cuales quedan vestigios burdamente modificados para usos varios, desde cafeterías hasta moteles. En los primeros años estas casas estuvieron situadas muy cerca del desaparecido Parque del Centenario o de San Diego, pertenecieron a bogotanos prestantes. Incluso se dice que allí residió el eminente intelectual y diplomático Luis López de Mesa.

J
En la calle 14 con carrera 3a. se encuentra en
 buen estado este conjunto de los años 30 


Según alguna edición de la revista Escala, se trata de una obra de Herrera Carrizosa Hermanos y estuvo constituida por varios subconjuntos, uno en relativo buen estado que da para la 13 y otro desfigurado y hoy convertido en moteles sobre la carrera 12.m Por la 24 las casas se conservan, pero están dedicadas a oficios inferiores, como cafeterías. Lástima que no se restaurara lo que queda.


Sin embargo es más llamativo el caso del Pasaje Gómez, un grupo de viviendas que lucha por sobrevivir en medio de un sector deprimido del centro bogotano, el barrio La Favorita, cerca de la Estación de la Sabana.

Este conjunto fue construido a finales de los años 30 por encargo del empresario santandereano Eugenio Gómez, con una casa para cada uno de sus ocho hijos. Gómez era el dueño de la fábrica de harinas El Lobo, cuya hermosa sede, en meritorio estado de conservación para ser esa zona, queda frente al conjunto de casas.


En Teusaquillo hay también excelentes exponentes de estas agrupaciones, muchos de ellos en buen estado, con casas de amplias áreas y calidad en el diseño.  Hay otro grupo de casas que aunque tienen acceso al público, constituyen un conjunto.




Casanovas y Manheim, firma de arquitectos creada por los chilenos Julio Casanovas y Raúl Mannheim dejó su impronta en Teusaquillo, donde además de formidables casas individuales, con continuidad de estilos y sectores, edificó varios de los que podemos considerar conjuntos cerrados.





Conjuntos de Casanovas y Mannheim en Teusaquillo

También el arquitecto José María Montoya Valenzuela, constructor muy activo en las décadas de los 30 y 40, dejó magnificas viviendas en Teusaquillo, Palermo y otras zonas capitalinas, como el barrio La Magdalena.

A esa obra intensa pertenecen cuatro casas situadas en la calle 39 con carrera 15, en el parque originalmente llamado Santos Chocano, más tarde conocido como Mamatoco porque allí fue ultimado el púgil costeño apodado así.



 
Bajo el título de “Cinco pequeñas residencias”, la Revista Proa presentaba en mayo de 1950  el “simpático y grupo de pequeñas residencias”, diseñadas por el arquitecto Manuel de Vengoechea.

Añadía que este proyecto respondía “a la escasez de alojamientos para gentes jóvenes. En el interior de estas casas se destacaban murales de inspiración picassiana, obra del profesor José de Recasens, socio de Vengoechea, que dicho sea de paso llevaba un mes de alcalde de la capital el 9 de abril de 1948 y fue de los impulsores de la revista Proa.

En la calle 76 antes de llegar a la carrera 15 sobrevive este preciosos conjunto de casas, de las cuales desconocemos más detalles. De lejos parecen extraídas de un barrio londinense y tienen algo del estilo de Gabriel Serrano.

 

Las casas para los tamaños de hoy en día no se ven tan pequeñas. Afortunadamente están a salvo, bajo las normas de conservación urbana, y desafortunadamente a merced de vagos y maleantes.


Años más tarde, en los 60 y 70,  pese a la moda de grandes casas de estilo norteamericano, vinieron más conjuntos de casas, de los cuales es muy representativo el construido en el sector de El Nogal por la firma Camacho y Guerrero, de los arquitectos Jaime Camacho Fajardo y Julián Guerrero.  


Este grupo de casas escalonadas sobre el desnivel del terreno, construido en 1965, se mantiene en buenas condiciones y su figura apareció numerosas ocasiones hace ocho años, cuando se produjo el atentado al Club El Nogal, con el que comparte linderos. Por cierto, este conjunto recostado sobre la falda del cerro, es similar al que se construyó por la misma época en el barrio El Poblado, de Medellín. Casualmente éste último lleva el nombre de Santa María de los Ángeles y es obra de Rodrigo Arboleda Halaby y Laureano Forero.

 
Más al norte, en lo que fuera el pueblo de Usaquén, la firma de los arquitectos Jorge Rueda  y Carlos  Morales hizo en 1976 un bellísimo conjunto dentro de la finca Santa Teresa, respetando los árboles, antes de que ese sector se convirtiera en una especie de zona rosa y de que en la hacienda Santa Bárbara, situada a pocos metros,  la firma Obregón Bueno diseñara el centro comercial del mismo nombre.




Barrios como La Carolina y La Calleja, en el norte de Bogotá, se han destacado por la calidad y diseño de sus conjuntos cerrados de variados estilos.


También en Bogotá, en Santa Bárbara Central, a finales de la década de los 70 se construyó en varios sitios esta receta de cuatro o más casas del bogotanamente llamado estilo californiano que encontramos en varias calles cercanas a Unicentro. 

En los 80 y 90 se construyeron numerosos conjuntos cerrados en sitios de clase media de la capital, no todos valiosos ni tampoco desdeñables, antes de que estos grupos de casas salieran de la ciudad y se fueran a los alrededores. Ello sin hablar de los construidos en pueblos cercanos con fines turísticos.

Así hoy en día hay una gran variedad de ellos en zonas de la Sabana adyacentes a la capital como Chía, Cajicá y La Calera, de estratos socioeconómicos diferentes.

Esos conjuntos cerrados se conservan como testimonio de tiempos y épocas, y es deber de autoridades, propietarios y vigilantes del patrimonio protegerlos.

Notas








Vista actual de conjuntos de casas de Teusaquillo y El Retiro en buen
estado y en algunos casos con cambios a destinos comerciales














jueves, 17 de noviembre de 2011

Embajadas de Estados Unidos en Colombia

La sede diplomática de Estados Unidos usualmente es un referente en las capitales del mundo. Por lo general está ubicada en un sitio importante de la ciudad y las instalaciones físicas también lo son. Además, la seguridad que las rodea despierta interés y crea un halo de misterio. Edificios envueltos en rejas y muros altos, alambradas, vidrios blindados, sistemas de bloqueo de señales y barreras hidráulicas para evitar el paso y hasta el ataque de vehículos no autorizados.

Bogotá no ha sido la excepción. La actual sede de la Embajada Americana es uno de los edificios mejor custodiados de la ciudad. El conocimiento del público normalmente no pasa de las áreas de esa edificación visibles cuando se visita para obtener o renovar la visa de turismo.

Este edificio fue inaugurado en 1997, cuando la sede diplomática y consular dejó las que fueron sus instalaciones por más de dos décadas, ubicadas en el sector del Parque Nacional, en la manzana comprendida entre las calles 36 y 37 y las carreras 8ª y 13. En ese año el edificio de paredes de hormigón pasó a ser la sede del Ministerio del Medio Ambiente.

Y ya en varias ocasiones, entre ellas 2008 y 2011, el edificio de arquitectura típica oficial de Norteamérica, que semeja una prisión federal, ha sido objeto de obras de remodelación y ampliación.

La construcción ocupa el lugar de la zona bogotana de Puente Aranda en la que entre las décadas de 1950 y 70 funcionó la antigua Bomba Oficial, una estación de servicio de vehículos oficiales de todas las categorías que dependía en un tiempo de un ente conocido como Instituto Nacional de Provisiones (Inalpro), que terminó convertida en cementerio de carros, buses y camiones viejos, incluyendo Mercedes oficiales estrellados y oxidados.

Antes de construir su bunker actual, la Embajada, antiguamente llamada legación, tuvo varias sedes. No existe mucha documentación sobre el particular y menos de los años recientes, seguramente por razones de seguridad. Por ello, para tratar el tema hay que acudir casi que a la tradición oral.

La primera sede de Estados Unidos en Bogotá de la que se tenga memoria, principalmente literaria, es la que en 1891 estaba situada en la carrera Séptima entre calles 13 y 14, costado occidental, donde años más tarde fue el primer almacén Ley de la capital y donde hoy en día hay varios edificios en los que funcionan despachos de la Policía, juzgados y oficinas de abogados.

Durante los primeros años del siglo XX, esa legación estaba en la carrera Séptima con 23, en una casa como balcón que al parecer aún existe.

En la década de 1940 la Embajada ocupaba oficinas en el Edificio José Joaquín Vargas, que hace parte del llamado complejo Virrey Solís, una copia a escala nuestra de edificios neoyorquinos, que fue propiedad del millonario dueño de las tierras de El Salitre, con cuya fortuna se creó la Beneficencia de Cundinamarca. Estos edificios, que son bienes de interés cultural, fueron construidos por la firma Uribe y García Álvarez

El 9 de abril de 1948, cuando ocurrió el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán y la destrucción de una parte importante del centro bogotano, la Embajada estaba en ese edificio de la carrera 9 entre calles 11 y 12. La entonces primera dama –dama de pantalones–, Bertha Hernández de Ospina, ordenó que uno de sus hijos fuera llevado a la oficina del embajador. En caso necesario, el hijo debía ser trasladado a Estados Unidos para ponerlo a salvo y para que hiciera compañía a sus hermanos.
 

Para la década de 1950, cuando se abría la carrera Décima y se construían a lado y lado de la moderna vía edificios de oficinas de alturas hasta entonces no conocidas, la Embajada Americana funcionaba en el edificio de Seguros Bolívar, obra de Cuéllar Serrano Gómez, compañía autora de una parte importante de las torres de esa calle que estuvo de moda y que fue uno de los grandes negocios de la historia inmobiliaria de Bogotá, por la inusitada valorización que generó.

En la década de 1970, la Embajada construyó su primer edificio propio, situado en el Parque Nacional, entre las carreras 8ª y 13 y las calles 37 y 38, en una manzana completa ubicada donde alguna vez estuvo el exclusivo colegio de mujeres Sacre Coeur, que dio nombre al sector, conocido en el mapa capitalino como Sagrado Corazón.
Esta construcción de la embajada, obra de la firma Drews y Gómez, de cinco pisos, hecha en concreto y casi sin ventanas, hizo frente a los 25 años siguientes, en los que el país soportó dificultades de orden público. El edificio no estuvo exento de lamentables atentados de la mafia.

Aún están frescas en la memoria las enormes verjas de esta sede, los policías acostados eléctricos en todas las calles que lo rodean y tal vez los primeros bolardos que se conocieron en la ciudad, unos mojones enormes y macizos de color verde oscuro, ubicados en las esquinas para evitar impactos con vehículos suicidas.

También se recuerdan las filas de solicitantes de visas que llegaban puntuales o perdían las citas, carteleras con advertencias severas y quisquillosas y unas carpas grises donde esperaban, en medio del frío, la anhelada bendición consular estampada en los pasaportes o la humillante revocatoria del permiso para ir a conocer Disneyworld.

Las necesidades de seguridad de la Embajada crecieron a medida que se profundizaron los problemas de orden público del país y que aumentó la cifra de colombianos interesados en unirse a Estados Unidos en busca de mejores oportunidades, situación que se agravó a mediados de la década de los 90, durante el desgobierno de entonces, cuyo titular fue despojado precisamente de la visa. Era embajador Myles Frechette.

El Departamento de Estado decidió el ensanche con la construcción del bunker en la 26, obra que aceleró la terminación de vías como la carrera 50 y el poblamiento de la zona en la que se construyó la Fiscalía General de la Nación, el Tribunal Superior de Cundinamarca y un poco más allá la Gobernación del departamento.

Estas instalaciones, como decíamos, ya han tenido que ser ampliadas debido a la demanda de trámites por parte del público colombiano.

Poco sabe el ciudadano común qué hay dentro de esa edificación situada estratégicamente cerca del aeropuerto capitalino. Los solicitantes de visas solo pueden ingresar a una parte y por lo demás, ni siquiera entran al edificio, sino que permanecen en un galpón casi al aire libre.

Algunos, por razones profesionales hemos logrado franquear las pesadas puertas de cristal blindado y subir en ascensor a pisos en los que funcionan las oficinas diplomáticas, con medidas de seguridad estrictas, pero similares a las que se aplican en entidades oficiales colombianas.

El ambiente parece el de algunas películas. Los muebles que hay en la embajada gringa llegan desde Estados Unidos y dentro del misterio que envuelve la sede, hay quienes dicen que se guardan provisiones para varias semanas por si llegara a presentarse una situación grave en el país.

Por un costado poco visible al público funciona una extensa área dedicada a asuntos de seguridad. Allí ingresan decenas de vehículos con placas diplomáticas, y funciona un taller de mecánica.

Nada extraordinario. Como no tiene nada de extraordinario la Embajada, que se convirtió en un edificio más en el paisaje de la ciudad.

jueves, 6 de octubre de 2011

El barrio árabe

Como toda ciudad capital, Bogotá acogió comunidades extranjeras y permitió la formación de colonias de inmigrantes, así éstas hayan sido mucho más pequeñas que en otras ciudades grandes del continente, transformadas por corrientes migratorias.


A los inmigrantes del mundo árabe aquí los llamaron y aún algunos llaman “turcos”, ya que alguna vez sus pueblos estuvieron bajo el imperio turco-otomano. Algo similar a lo que ocurre en Argentina, donde llaman a los españoles, de forma miope pero graciosa, “gallegos”.

Hace pocas semanas, con ocasión de un congreso colombo-árabe, se publicaron estudios sobre esta corriente migratoria, según los cuales, la árabe es, después de la española, la migración más significativa en Colombia.  Libaneses, sirios y palestinos llegaron a Colombia en varias olas y y no fue a Bogotá donde se dirigió la mayoría de ellos. Se calcula que en el país viven unos 15.000 practicantes de la religión musulmana, la décima parte en Bogotá, donde apellidos como Aljure, Helo, Tafur y muchos más son parte del paisaje humano y del directorio telefónico.

Y aunque esa migración no haya sido tan notoria como en otras partes del continente, es  fácil ubicar en el mapa bogotano la huella de estos grupos,  cuya conocida habilidad para el comercio se expresaba en negocios casi siempre especializados en textiles, ramo.

La huella de este flujo migratorio sobrevive en un sector del centro de Bogotá, más exactamente en la carrera 9ª entre calles 11 y 12, sin llegar a las dimensiones de un Barrio Chino o una pequeña Italia.

Allí, a pocos metros de la alcaldía de la ciudad, se encuentra el edificio Malkita, en cuyos locales se ven nombres como Almacén Palestina o Said’s. Y un poco más al norte, otros negocios que a pesar de la globalización y la inundación de mercancía china, aún ofrecen tradicionales vestidos de primera comunión, blazers azules de uniforme escolar, sábanas y ropa infantil, todo cubierto con fundas de plástico para que no se ensucie.

A estos establecimientos del ramo textil se suma una que otra actividad diferente, como una agencia de viajes con nombre evidente del Oriente Medio o cafeterías populares con un toque árabe en el menú.

Allí en esa calle es frecuente ver a empresarios de facciones árabes conversando en su lengua o fumando en shishas o pipas de agua, y mujeres con la cabeza cubierta con el velo típico.

También muy cerca de allí pasan desapercibidos los musulmanes que oran en la carrera 9A No. 11 – 65, la mezquita principal de la comunidad en Bogotá, a espaldas de lo que fuera un almacén Tía, en el cuarto piso de un edificio vacío que hasta hace poco era una tienda popular, que a su vez ocupa predios que alguna vez fueron del claustro de San Juan de Dios y el primer hospital del mismo nombre.

También se ubica en la zona, en la calle 12 debajo de la 9a, un edificio inaugurado por los días del 9 de abril de 1948, de propiedad de una familia Aljure. El edificio está casi vacío y en trabajos de remodelación. Una inscripción de piedra a lo largo de su fachada recuerda que la torrecita sirvió de sede alterna para la IX Conferencia Panamericana, luego de que el asesinato de Gaitán desatara el Bogotazo.


Son datos dispersos, pero hacen parte de interesante recorrido que contribuye a configurar material sobre este mundo que convive dentro del universo urbano de Bogotá.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Edificios verdes


Verde que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.

Federico García Lorca. Romance Sonámbulo.

En los tiempos que corren, agobiados por el temor al futuro del planeta, reciben este nombre las construcciones elaboradas con materiales de bajo impacto ambiental o ecológico, o diseñados para tener un efecto mínimo sobre el medioambiente.

Por extensión, podría aplicarse el término a edificios que en nuestro medio han sido afectados por la humedad o la pátina del tiempo, en los que el moho ha producido ese tono. También los que simplemente están hechos con material de ese color o que, con el respeto por la decisión de los decoradores, se optó por pintarlos de verde.

Valga decir que los edificios verdes correspondientes a la primera definición no siempre o no necesariamente son de ese color, como veremos enseguida.

Y que también los edificios literalmente verdes a veces solo lo son por fuera, alguna vez producto de un arranque de mal gusto de sus propietarios, sin atender la estética y la consideración hacia la ciudad y sus vecinos, lo cual no implica descalificación per sé del color de la esperanza.

Hay edificios verdes en los que el color fue un desacierto total. Empezaremos por mencionar casos emblemáticos y también ejemplos recientes.

No nos referimos al verde edificio de la Gobernación del Chocó, revestido –si mal no recuerdo– de mosaico de vidrio Cristanac, al mejor estilo de los 70, y que después de estar embargado, resolvieron ampliarlo, pero sin los estudios de sismo-resistencia y por eso ahora es un cadáver urbano a orillas del Atrato.

El bodrio de la calle 17 con carrera quinta, frontera imprecisa entre los barrios Las Aguas y Las Nieves, de Bogotá es proverbial. Un edificio de oficinas típico de los años 70, en el que funcionarios juzgados civiles en algún tiempo, cayó en manos de una escuela de carreras intermedias que tuvo a bien engalanarlo con tonos diversos del color que nos ocupa. El resultado no podría ser más agresivo con el entorno. Frondio, diría un cachaco de paraguas. Aunque quizá en los típicos días grises que a menudo hacen en Bogotá esa pequeña torre de tonos verdosos pueda tener alto contraste o hacer más tropical el ambiente capitalino.

Algo más al norte, en lo que fuera el elegante barrio de El Retiro y la que fuera sede del Colegio Alvernia –edificio típico de colegio de religiosas como los que se ven en todas las ciudades españolas–, funciona hoy la Escuela de Administración de Negocios (EAN).


Al edificio de la carrera 11 entre calles 78 y 79, muy cercano por cierto a lo que ahora es la Zona Rosa, además de que perdió su esencia de colegio de monjas con los colores aplicados, le ha sido adosado en uno de los extremos una pequeña de torre de varias plantas, verde como un loro.

No nos precipitemos a emitir un juicio. El edificio no es feo. Pero rompe definitivamente con el conjunto, como se aprecia en la imagen.

No podemos abordar el tema sin mencionar un controvertido edificio verde construido hace tres lustros en La Cabrera, carrera 11 con 86, al lado de la casa que sobrevive a don Hernán Echavarría Olózaga, próxima al verde parque del Japón.

El edificio de 14 pisos, que se llama Segovia, ha sido suficientemente criticado. Es decir, hay suficiente ilustración. Solamente agregaríamos que tal vez la altura de los urapanes y demás especies que embellecen esa zona tan bogotana, favorece y mimetiza en algo esa torre, rematada por una espantosa cubierta y que da la bienvenida -o lo intenta- con un basamento que tiene ventanales que recuerdan las casas de las películas de Walt Disney.

Incluso fue postulado por arquitectos locales al premio Atila, una distinción creada por revista argentina Dana (Documentos de Arquitectura Nacional y Americana) para exaltar al edificio más feo.

Edificios verdes en el buen sentido de la palabra que han sido dados al servicio en años recientes son el de la carrera 7a con 75, que, como advertimos, por fuera da la sensación de una pecera por su transparencia, una caja montada sobre un zócalo de vidrio rodeado de un espejo de agua.

Y al lado se construye otro edificio que se anuncia como ‘verde’, el del Banco GNB Sudameris.

La empresa farmacéutica Novartis tiene un edificio de este tipo en la calle 93B con 16, que obtuvo esa distinción 'ecológica' -aunque en otra categoría- gracias a su cubierta verde, sus materiales reutilizados y su aprovechamiento de la luz, entre otros.

Algunas de estas construcciones están dotadas de sistemas inteligentes como sensores para apagar las luces cuando no haya empleados trabajando, o para dosificar el oxígeno, y medidores de ahorro de energía forman parte de los aspectos previstos por estos edificios que reciben la certificación Liderazgo en diseño para la energía y el ambiente (Leed).

Aunque si de asuntos verdes se trata, habría sido más afín a ese color conservar algunas de las bonitas casas que hubo alguna vez donde ahora se erigen estos edificios.