lunes, 23 de julio de 2018

Apuntes para una breve historia de El Chicó

El Chicó es el barrio moderno de Bogotá por antonomasia. Al menos para nuestras generaciones, las que crecimos en las décadas de los 60, 70 y 80.
 
Este pedazo de ciudad que hoy en día ya es viejo, pero vibrante, existe en los libros de historia al menos desde el siglo XVII.
 
Sin querer ser exhaustivos, encontramos datos del Chicó tan precisos como sus coordenadas, que según Wikipedia, son: 4°40′53″N 74°02′49″O y su superficie, que es de 0,38 km². (1)


La imagen tomada del libro Ospinas 75 Años muestra, desde la carrera 8a. hacia el occidente, la
primera fase de El Chicó, que tuvo como eje la calle 90. De esto no queda ni el 5 por ciento.
  
El sector limita por el norte con la calle 100, por el oriente con los cerros, por el occidente con la Autopista Norte y por el sur con la quebrada La Cabrera –hoy conocida como El Virrey– o calle 88. Es un territorio plano, exceptuando las manzanas ubicadas en las estribaciones de los Cerros Orientales.
 
Su nombre procede del vocablo muisca chicú, que significa "nuestro aliado" y que era el nombre de la quebrada que baja de las montañas. (2)
 
La historia de la hacienda colonial se remonta a 1620, cuando sus propietarios eran Juan de Olmos y su esposa Catalina Caicedo. La estancia perteneció después a varias personas, varias de ellas militares, hasta 1911, cuando la adquirió el empresario antioqueño José María Sierra.
 
Don Pepe Sierra (1848-1921) había comprado la propiedad a la familia Saiz en 1911 en 34.000 pesos.
 
 
Anuncios publicitarios de los constructores del barrio en la revista Proa en los 50

 
Son conocidas las anécdotas sobre don Pepe y las críticas a la conveniencia del negocio. Algunos dicen que Sierra contestaba que había comprado tierra sobre la Séptima, avenida que entonces no llegaba a la zona, ni siquiera más allá del Parque Nacional. Este era pues el llamado Chicó Saiz o Chicó Urretabizque.
 
Esto último porque la Estancia El Chicó, cuya tradición de propiedad apareció por primera vez  en 1620, fue vendida por Juan de Olmos a Gonzalo Suárez de San Martín, que a su vez la vendió en 1652 a Francisco de Urretabizque. (3)
 
Dos años más tarde Pepe Sierra, que era muy ágil para los negocios, pese a ser analfabeta, adquirió  por 20.000 pesos la finca Chicó Chiquito, o Chicó Manrique, colindante con la otra propiedad, a Amelia Fernández de Manrique.
 
Ambas haciendas limitaban por el oriente con los cerros y por el occidente con el antiguamente llamado camellón, más tarde Autopista Norte.
 
En esta foto de Rudolf se ve el barrio de norte a sur y la
izquierda la carrera 15 con 94. Nótense las calles ciegas.
 
Al morir don Pepe, sus hijas Mercedes y Clara Sierra Cadavid heredaron El Chicó y El Chicó Chiquito, respectivamente.
 
Mercedes Sierra, más tarde señora de Enrique Pérez Hoyos, heredó de su padre la visión para los negocios, a la que sumó el gusto por los viajes y un espíritu filantrópico. El matrimonio Pérez Hoyos no tuvo descendencia y la hacienda El Chicó  fue heredada por la Sociedad de Mejoras y Ornato de Bogotá, de la cual llegó a ser vicepresidenta de honor por más de diez años.
 
Doña Mercedes falleció en 1953 en Girardota (Antioquia) y su casa quedó convertida en Museo de artes decorativas, en tanto que en los jardines se estableció un parque infantil abierto a los bogotanos, que hoy en día es un pulmón de inestimable valor.
 
Ya para entonces la firma Ospinas y Compañía, fundada por Tulio y Mariano Ospina, presidente de la República de 1946 a 1950, había entrado en negociaciones con doña Mercedes Sierra de Pérez, dueña de los terrenos de la hacienda Chicó Grande o Saiz.

Para ello se constituyó en 1950 la sociedad Urbanización El Chicó Ltda., si bien diversos factores, como la necesidad de infraestructura y problemas de sucesión, retardaron las obras. (5)




Dos casas de la carrera 16 entre 88 y 90, que fotografié en 1997,
en el estilo inconfundible de los primeros años del barrio


La sociedad se creó "a fin de realizar una moderna urbanización en las 150 fanegadas de la propiedad. Esta fue una de las primeras grandes urbanizaciones de lujo con que Bogotá en el sector del norte", señala uno de los tomos de la Historia de Bogotá. Recuerda que "en 1952, cuando empezó la venta de los primeros lotes de la urbanización El Chicó, la publicidad subrayaba como ventaja que quedara a kilómetro y medio de la avenida Chile en dirección norte". (5)

"Para la época, los barrios El Chicó, Antiguo Country y El Lago se empezaban a desarrollar como lugares de habitación para la burguesía Bogotá en un ambiente suburbial de amplios lotes con casas de uno o dos oídos e. Medio de amplios jardines. Las primeras casas de estos arquitectos, de una enorme sencillez espacial, formal y constructiva, se convirtieron inmediatamente en referentes arquitectónicos y de ellas llegaron a construirse más de cuarenta en un relativamente corto lapso de tiempo", señala el profesor Marc Jané. (6)




Casa de la primera época. demolida en 2016.
 

Añade que la zona "fue trazada con base en lotes para viviendas unifamiliares de cerca de 800 m2, para casas de uno o dos pisos de altura". (7)
 
Solo en 1957 comenzó la construcción del sector residencial por parte de Ospinas, rodeada del prestigio de haber desarrollado grandes sectores como Palermo, Marly, La Merced y Bosque Calderón.

“Estos barrios, ubicados al norte de Bogotá, se urbanizaron a partir de los años cincuenta por obras de la firma constructora Ospinas & Cia., del expresidente de la República Mariano Ospina Pérez, que adquirió la finca El Chicó (de 200 hectáreas) y otras aledañas para parcelarlas según el principio de la Ciudad Jardín, con el sistema de manzanas  tradicionales y lotes de gran tamaño que fueron ofrecidos a familias de estratos altos para la construcción de casas unifamiliares”, señala un interesante estudio. (8)



La 92 de la 7a hacia el occidente,
un verdadero tesoro de la ciudad

 
Ospinas también adquirió prestigio por construcciones de la calidad del Seminario Mayor, para el cual doña Mercedes donó el terreno del frente de su hacienda, hoy carrera 7ª con 94. La obra fue diseñada por José María Montoya Valenzuela, quien fuera aliado de Ospinas y Cia.
 
"Esta operación fue gran importancia para la firma, al convertirse en uno de los mejores negocios del momento, gracias a la localización del predio y a la localización del terreno, que hicieron que se valorizara rápidamente y despertara el interés de muchos inversionistas, que entendieron sus posibilidades económicas", se relata en la historia escrita de Ospinas y compañía, publicada cuando la firma cumplió tres cuartos de siglo. (9)
 
Ospinas comenzó entonces la venta de lotes de terreno, al tiempo que diversas razones sociales emprendían la edificación de modernas y amplias casas, la mayoría de una sola planta.
 
El Chicó "incorporó al urbanismo elementos nuevos para la transformación de la ciudad y se presentó como la oportunidad de generar un modelo de urbanización de alto nivel con estricto sentido residencial, lo cual se pudo asegurar mediante la reglamentación municipal que impedía en esta urbanización casas de más de dos pisos y usos diferentes de la vivienda", lo cual permitió  la creación  de zonas comerciales, y algunos centros comerciales. (10)
 


Nadie reconocería hoy este sitio de El Chicó, fotografiado por Paul Beer.
 
 
El primero de ellos fue el Chicó, (15 con 92) diseñado por Valenzuela y Roca, y caracterizado por su cubierta de concreto en forma de membrana. Allí estaba un supermercado de abastecimiento (Carulla) que aún se mantiene, si bien esa y la manzana adyacente están en proceso de demolición y construcción de nuevos edificios comerciales.

Empresas como Sudarsky y Menéndez, Obregón y Valenzuela, Cleves Nariño, Angulo Benincore, García y Yamhure, y Beltran, Carrillo Obando, Mercado y Pastrana; Jiménez y Cortés Boshell, y Enrique Triana y muchos otros aparecieron con sus modernas residencias de una planta y generalmente garaje de doble puerta corrediza, y en algunos casos de dos plantas. Y obras distintas, como las del suizo Viktor Schmid.
 
El Chicó se construyó en varias fases. La primera iba de la carrera 7a., entonces Carretera Central del Norte hasta la Autopista Norte, tomando de los cerros hacia el occidente, y de las 88 (borde de la quebrada) a la 92A.
 
Posteriormente vendrían Chicó Reservado (1965), Chicó Norte y por último Chicó Oriental a finales de los 60. Luego serían Rincón del Chicó y Chicó Navarra, ya fuera de los linderos originales de la hacienda. 
 



La 92, el concepto de parkway
 
Si algo caracterizó al Chicó fueron sus avenidas-ejes, que aún se conservan. De oriente a occidente la 92 y la 94, anchas y sombreadas por urapanes. La 90, menos amplia, pero muy rica en arquitectura. En todos los casos, las mansiones cayeron para dar paso a edificios de apartamentos y, en muchas ocasiones, a locales comerciales, bancos, clínicas, restaurantes, hoteles y concesionarios de vehículos.
 
La carrera 15 fue su principal vía comercial, y aunque perdió parte de su esencia en los 80, al quedar de una sola vía, aún se mantiene como arteria.
 


La sencillez y las líneas puras aquí son contundentes. Sigue
siendo casa de familia, aislada por consultorios médicos 
 
Detalles muy del Chicó fueron las calles ciegas, terminadas como plazoletas o cul de sac. Y el barrio se mantuvo relativamente a salvo arquitectónicamente hasta esa década precisamente, ya que la vía férrea y la Autopista lo mantenían separado del resto del mundo en su extremo occidental. Pero la construcción del puente de la 92 con Autopista y la avenida NQS, causaron un impacto demoledor sobre el sector en materia de seguridad y conservación.
 
Los bogotanos de edad madura recuerdan los Bolos Chicó, el restaurante Pollo Dorado, la panadería Palace y otros hitos urbanos.
 
En otras zonas del moderno distrito se levantaron la iglesia de la Inmaculada Concepción (el último templo, diseñado por Pablo Tovar Parra, se terminó en 1976) y su comercio de conveniencia contiguo, con locales como el famoso Restaurante Eduardo, del peruano Eduardo Quispe, hoy reemplazado por un hotel.
 

 
Este edificio de la 11 con 90 espera hace
años turno de demolición y cambio de uso

 
La 90 fue otra de sus arterias, a pesar de ser más angosta, y de ella se desprendían hacia el sur varias carreras ciegas o en herradura, que terminaban en la 88 (hoy Parque El Virrey) y hacia el norte incluía otras que comunicaban con la 92 subiendo a la 11 y 7ª. o bajando hacia la 15, que como decíamos sería luego la arteria comercial.
 
Llamaba la atención en la 90, a la altura de la carrera 13, una enorme construcción inconclusa, de la cual se afirmaba que era una mansión que no alcanzó a terminar la familia del general Rojas Pinilla, cuando fue depuesto a finales de los 50.
 

 




Aunque tardía, esta bella casa de la 90 con 19 sobrevivió hasta el 2012, más
o menos, cuando la tumbaron para hacer -qué ironía- el edificio Camacol
 
Entre las casas del Chicó destacaban algunas por su diseño y dimensiones espectaculares, como la del constructor Ignacio Martínez Cárdenas en la 8ª. con 88, que más tarde fue el Centro Cultural Hontanar y finalmente la Embajada de Japón. Cien metros más abajo, la bellísima casa de Carlos Pérez Norzagaray, demolida torpemente hace pocos años, y que fue diseñada por el italiano Bruno Violi.



En los años 70 el capitán Jaime Duque construyó una decena de edificios
 en los lotes esquineros remanentes de las calles 92 y 94 entre carreras 11 y 19

En las principales avenidas del barrio, que como hemos dicho eran la 92 y la 94,  quedaron unos lotes de terreno sin construir durante varios años, generalmente esquineros. Allí se construyeron en la década de 1970 una decena de edificios de apartamentos promovidos por la Fundación Jaime y Yolanda, impulsada por el aviador y filántropo Jaime Duque Grisales. La mayoría de ellos aun existen.
 
 



Un antes y después de la calle 90 con carrera 18  hacia 2012. Escoja usted.
 
Por varias partes de El Chicó había embajadas o residencias de embajadas, entre ellas las de Israel (12 con 89), Ecuador (10 con 94), Cuba (9ª con 91), Italia (93B con 8ª) y España (92 con 13).
 
Luego vendrían en 1980 el Centro 93 (reemplazó al Liceo de Cervantes, que cubría la manzana entera) y en los 90 el desarrollo descontrolado del Parque de la 93, que por tres décadas había sido un tranquilo parquecito de barrio con una pequeña cancha de basquetbol, rodeado de bellas residencias, todas desaparecidas.
 
Por esa zona vivían personalidades como Alfonso Palacio Rudas (y su inmensa biblioteca en la 93 con 11A),  el médico Salomón Hakim, empresarios de origen hebreo y muchos más.
 
Edificios de la 90 abajo de la 15, costado norte


Merece recordar otro sector de El Chicó caracterizado por edificios de apartamentos, cuyo eje fue la calle 92, con su amplio separador ajardinado a lo largo de más de un kilómetro. Casi todos estos edificios, que hoy parecen pequeños, aún existen, si bien hacia 2012 comenzó un plan de empresas de ingeniería para demolerlos y edificar otros más altos, con estándares de lujo.




Desde el 2012 los edificios de la 92  caen para dar cabida a otros más altos y costosos

Durante medio siglo, El Chicó dio para muchas cosas y su nombre se convirtió en un tiempo en un genérico para referirse a los barrios de ricos.
 
Las gentes que viven en otras partes de la capital de Colombia creen que El Chicó es toda la parte de estratos altos de la ciudad. Pero El Chicó no es el Antiguo Country, ni El Lago, ni Rosales, ni El Retiro, ni La Cabrera, ni Santa Bárbara, como a menudo confunden habitantes y medios de comunicación.

 

La casa pura de El Chicó. Una planta, garaje
doble. Las rejas vendrían en los 80

 
Recordamos haber escuchado alguna vez en una visita al Tolima hablar  de “el Chicó de Armero”, es decir, la zona de las casas más costosas y modernas. Y hay un equipo de fútbol que fue bautizado como Boyacá Chicó.
 
Incluso se habló de "guerrilleros del Chicó", un poco equivocadamente, pues, queriendo encasillar a jóvenes rebeldes sin causa, o simpatizantes de ideas de moda, metieron en esa categoría a algunas personas por entonces contestatarias, que nunca fueron guerrilleros ni tampoco vivieron en El Chicó.
 
Pero es poco lo que queda del barrio original, cuyas casas cayeron en un abrumador porcentaje para construir edificios comerciales o residenciales. Muchas de ellas las hemos visto caer en las últimas décadas, y tomar una fotografía antes de la demolición muchas veces se convierte en la única forma de preservar su memoria, como cuando uno conversa con un amigo al borde de la muerte.
 

Notas

(1) Wikipedia.  https://es.wikipedia.org/wiki/El_Chic%C3%B3. Consultado el 11 de abril de 2018.
 
(2)  http://www.museodelchico.com/museo-de-el-chico/. Consultado el 2 de mayo de 2018.

(3) Proyecto Recuperación Integral de las Quebradas de Chapinero. Secretaría Distrital de Ambiente, Alcaldía Local de Chapinero 2014. Edición digital. http://oab2.ambientebogota.gov.co/es/documentacion-e-investigaciones/resultado-busqueda/proyecto-recuperacion-integral-de-las-quebradas-de-chapinero.  Consultada el 18 de julio de 2018.
 
(4) Molina Londoño Luis Fernando et al. Ospinas 75 años. Bogotá, 2008

(5) Varios autores, director Fabio Puyo Vasco, Historia de Bogotá 3 tomos: Tomo I - Conquista y Colonia, Tomo II - Siglo XIX, Tomo III - Siglo XX, Bogotá, 2007. ISBN 978-958-8293-31-8. La información utilizada viene del tomo III, escrito por Fabio Zambrano Pantoja.

(6) Jané Más, Marc. Ernesto Jiménez: arquitecto Bogotá: Universidad de Los Andes, Departamento de Arquitectura, Ediciones Uniandes, 2008. pag. 21 

(7) Jané. Op cit. pag. 152

(8) Del Castillo Daza, Juan Carlos y otros. Bogotá años 50: el inicio de la metrópolis. Bogotá: Facultad de Artes, Universidad Nacional de Colombia, 2008. En dearq 07 Diciembre de 2010. Bogotá, pp 45-65 http://dearq.uniandes.edu.co consultado el 10 de abril de 2018.

(9) Molina Londoño, op. cit.

(10) La transformación de Bogotá, desde sus haciendas hasta sus barrios. la hacienda El Chicó, parte de la evolución. 

Trabajo presentado para otra el título de magister en Historia por Adolfo Enrique Suárez Gómez y dirigido por el historiador Germán Mejía Pavony. 
(http://www.javeriana.edu.co/biblos/tesis/csociales/tesis49.pdf 
Consultado el 11 de abril de 2018.

 

 


 

 
Sobre estas líneas, casas del Chicó Reservado de
varios tipos, en la 97 con 21, que aún estaban en pie en 2015

 




 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 

 

 

 

 

miércoles, 28 de marzo de 2018

Los Cerros



“El Mary Mount, colegio para señoritas y niñas”, titulaba la revista Proa un artículo de julio de 1962, cuando la firma Obregón y Valenzuela terminó el moderno y bello edificio que la Congregación de Religiosas del Sagrado Corazón de María le habían encargado.

 

La sede que motivó una portada en la conocida publicación de arquitectura estaba enclavada en las faldas de los cerros de Usaquén, en la calle 119 número 0-68 de la nomenclatura de entonces. La silueta del edificio era la única visible en los cerros nororientales en ese tiempo, fuera del campanario de la iglesia de Usaquén, que por lo demás, aún era un pueblo y sus escasas tiendas se cerraban al atardecer. Muy distinto a lo que conocemos en nuestros días.

 

Hay que decir que ese mismo título, “para señoritas y niñas”, era el que utilizaba el Colegio Pestalozziano, de la vieja Bogotá, cuya última sede está por caer para dar paso a un edificio en la calle 67 abajo de la carrera 11.

 

Pocos años después de esa publicación ocurrió un episodio con guerrillas e ideologías de por medio, que no viene al caso, y el Marymount se cerró y las monjas se fueron del país.

 

La sede quedó a la venta y el Gimnasio de los Cerros, fundado pocos años antes por un grupo de padres de familia unidos por valores y deseos de formación cristiana, inspirados por san Josemaría Escrivá. funcionaba en una finca llamada La Gloria, en la Carretera Central del Norte.

 

Pero volvamos a Proa. “El conjunto es un amplio parque en el que se levantan los distintos pabellones necesarios  a una enseñanza integral y armonizados con las exigencias pedagógicas y topográficas”, señalaba la revista, cuya carátula vimos en una visita a la Academia Colombiana de Historia.

 

A muchos de inmediato nos parecerá familiar la figura de concreto y ladrillo, que fue nuestra casa durante tantos años, y de donde salimos con una serie de valores y algunos conocimientos que han sido indispensables para nuestra vida.



Un detalle que desconocíamos es que la obra se hizo en dos fases y que en la segunda de ellas se construyó el coliseo. Y más curiosos aún, el hecho de que las instalaciones deportivas incluían una piscina, lo cual nunca se hizo realidad, para perjuicio de quienes pasamos por allí. 
 


Esos análisis arquitectónicos pueden dar una idea de lo importante que fue ese escenario en la historia urbana de Bogotá.

 

En todas estas décadas que han pasado, además de la transformación física de la zona del Gimnasio, el edificio mismo ha crecido y se ha ampliado y ensanchado, pero sin perder su esencia y su riqueza.


 
Ahora el edificio apenas resulta visible desde lejos en medio de un bosque de cemento y ladrillo. Pero el colegio destaca cada vez más por su calidad académica y por sus egresados que sobresalen en los campos más disímiles y lugares más remotos.

 

Pronto se cumplirán cuarenta años de nuestro grado en los modernos, iluminados y queridos salones de Usaquén. Y de los paseos al monte, las clases en medio de pinos, las subidas a “la Virgen” y las voladas al recién inaugurado Unicentro.

 

Queremos expresar con estas líneas todo lo que significó para nosotros el Gimnasio de los Cerros, con un cariño que nunca se extingue.


 

 

 

 

El fin de Santa Ana se acerca



Santa Ana, uno de los sectores residenciales tradicionales y “exclusivos” de Bogotá –como dicen los noticieros–, pronto no será ni lo uno ni lo otro, si las autoridades encargadas de proteger el patrimonio no cumplen con su deber.

 

El barrio que surgió hace seis décadas en la antigua hacienda de don Tomás Rueda Vargas, reunió durante ese tiempo una gran riqueza por sus construcciones, árboles, parques y vida urbana. Sin embargo hoy está amenazado por la próxima construcción de edificios altos.

 

No sabemos en qué momento fallaron los controles y las curadurías urbanas que finalmente autorizaron las primeras destrucciones de viviendas que abrirán las puertas para  arrasar con el barrio. Pero ya se instalaron grúas  y avisos en los terrenos en los que pretenden levantar torres de apartamentos encima de casas familiares situadas en calles estrechas.

 

Las tierras de la hacienda, ubicada muy cerca del pueblo de Usaquén, estaban rodeadas por la Carretera Central del Norte y la línea del Ferrocarril del Norte, por las haciendas El Chicó y Santa Bárbara, por la quebrada Los Molinos, y años más tarde por la Escuela de Caballería y demás instalaciones del Cantón Norte.

 


El camino original hacia la hacienda de don Tomás, con los años se convirtió en la calle 109, avenida que recorre el sector subiendo desde la carrera Séptima hasta el límite de los cerros nororientales.

 
 
De la finca de don Tomás quedaba algo hasta los años 70, al lado de la bellísima capilla de Santa Bibiana, obra de Viktor Schmid, bautizada así en honor de Bibiana Vargas de Rueda, madre del escritor y educador fallecido en los años 40 del siglo pasado.
 
 

En los años 50 se construyeron amplias casas, sombreadas por una infinidad de árboles, que pese a ampliaciones, modernizaciones y subdivisiones, no habían alterado la esencia de este barrio eminentemente residencial –de clase alta, sí–, y una verdadera reserva verde, como continuación de la naturaleza de los cerros que lo rodean.

 
Santa Ana fue el lugar de residencia de muchos bogotanos y advenedizos  importantes. Distinguidos habitantes del barrio fueron Guillermo León Valencia, Luis Soto del Corral, Edgar Negret, Álvaro Valencia Tovar, Roberto Uribe Pinto, Jorge Rueda Gutiérrez, Jaime Sanín y muchos otros, y aun lo son el arquitecto Germán Samper Gnecco y el intelectual  Alberto Dangond Uribe.


 
En la calle 110 con carrera 5a empezó una construcción que no se sabe a ciencia
cierta si será de 6 o de 15 pisos, pues tiene dos vallas y dos licencias distintas 
 
 

Es cierto que en la última década las casonas han sido sometidas a drásticas reformas que desvirtuaron su estilo original para convertirlas en chalets minimalistas. Pero aun así se ha conservado la altura máxima de las construcciones.

 


Y esto es lo que está a punto de terminar, Santa Ana puede ser arrasada a la vuelta de unos pocos años. Ya hay una enorme grúa sembrada en la 110 con 6ª, para construir un edificio que no sabemos si será de 6 o de 15 plantas, pues tiene dos licencias diferentes.






Una grúa anuncia un edificio alto que puede abrir las puertas a la destrucción del
 barrio. cerca de allí una valla promueve un "proyecto exclusivo" en la calle 111
Y muy cerca de allí una valla escondida detrás del seto de cipreses que hace cuarenta años para aislar el barrio del ruido y el tráfico de la Séptima, se anunciaba desde comienzos de año un “proyecto”. Luego el aviso cambió por otro que identifica la obra como "Aurum 111".

Dos avisos de liecencia hablan de 6 o de 7 pisos

En este caso, como en el anterior, hay dos avisos de dos curadurías urbanas distintas, con sendas licencias de construcción sobre cuatro casas ya demolidas. En una licencia se habla de 6 pisos y en la otra, de 7.

Las vallas de las licencias -con párrafos remendados con cinta- no especifican el número de unidades de vivienda ni de estacionamiento. 




El proyecto Aurum 111 se lleva el frente de la manzana. la vista
desaparecerá y quedará abierta la puerta para tumbar el barrio
 

Mucho nos tenemos que Aurum 111, así llegue a ser un proyecto de categoría y buen diseño, abrirá la puerta para que lo que tanto esfuerzo ha costado conservar en patrimonio urbano, sea arrasado en pocos años. Hay que reiterar que Santa Ana solo tiene una vía de ingreso y salida que terminarán por asfixiar el sector y convertir este apacible sector en un una tortura urbana.  

Ya en anteriores ocasiones los vecinos asociados de santa Ana lograron frenar intentos de destrucción y edificación a gran altura e incluso hace dos años se suspendió la construcción de una torre de 25 pisos en la esquina de la Séptima con 109, que había arruinado el sector y colapsado la entrada y salida del bario por su única vía de acceso.


Los vecinos habían logrado detener las construcciones que
darían al traste con esta zona y colapsarían sus redes y vías

Bien harían las curadurías urbanas en preservar la riqueza urbana en lugar de aprobar licencias para destruir la memoria de la ciudad y proteger siempre los intereses económicos de los constructores.