Santa Ana, uno de los sectores residenciales tradicionales y “exclusivos” de Bogotá –como dicen los noticieros–, pronto no será ni lo uno ni lo otro, si las autoridades encargadas de proteger el patrimonio no cumplen con su deber.
El barrio que surgió hace seis décadas
en la antigua hacienda de don Tomás Rueda Vargas, reunió durante ese tiempo una
gran riqueza por sus construcciones, árboles, parques y vida urbana. Sin
embargo hoy está amenazado por la próxima construcción de edificios altos.
No sabemos en qué momento fallaron los
controles y las curadurías urbanas que finalmente autorizaron las primeras
destrucciones de viviendas que abrirán las puertas para arrasar con el barrio.
Pero ya se instalaron grúas y avisos en
los terrenos en los que pretenden levantar torres de apartamentos encima de
casas familiares situadas en calles estrechas.
Las tierras de la hacienda, ubicada muy cerca
del pueblo de Usaquén, estaban rodeadas por la Carretera Central del Norte y la
línea del Ferrocarril del Norte, por las haciendas El Chicó y Santa Bárbara, por
la quebrada Los Molinos, y años más tarde por la Escuela de Caballería y demás
instalaciones del Cantón Norte.
El camino original hacia la hacienda
de don Tomás, con los años se convirtió en la calle 109, avenida que recorre el
sector subiendo desde la carrera Séptima hasta el límite de los cerros
nororientales.
En los años 50 se construyeron amplias
casas, sombreadas por una infinidad de árboles, que pese a ampliaciones,
modernizaciones y subdivisiones, no habían alterado la esencia de este barrio eminentemente
residencial –de clase alta, sí–, y una verdadera reserva verde, como
continuación de la naturaleza de los cerros que lo rodean.
Santa Ana fue el lugar de residencia
de muchos bogotanos y advenedizos
importantes. Distinguidos habitantes del barrio fueron Guillermo León
Valencia, Luis Soto del Corral, Edgar Negret, Álvaro Valencia Tovar, Roberto
Uribe Pinto, Jorge Rueda Gutiérrez, Jaime Sanín y muchos otros, y aun lo son el
arquitecto Germán Samper Gnecco y el intelectual Alberto Dangond Uribe.


En la calle 110 con carrera 5a empezó una construcción que no se sabe a ciencia
cierta si será de 6 o de 15 pisos, pues tiene dos vallas y dos licencias distintas
Es cierto que en la última década las
casonas han sido sometidas a drásticas reformas que desvirtuaron su estilo
original para convertirlas en chalets minimalistas. Pero aun así se ha
conservado la altura máxima de las construcciones.
Y esto es lo que está a punto de
terminar, Santa Ana puede ser arrasada a la vuelta de unos pocos años. Ya hay
una enorme grúa sembrada en la 110 con 6ª, para construir un edificio que no
sabemos si será de 6 o de 15 plantas, pues tiene dos licencias
diferentes.
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Una grúa anuncia un edificio alto que puede abrir las puertas a la destrucción del barrio. cerca de allí una valla promueve un "proyecto exclusivo" en la calle 111 |
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Dos avisos de liecencia hablan de 6 o de 7 pisos |
En este caso, como en el anterior, hay dos avisos de dos curadurías urbanas distintas, con sendas licencias de construcción sobre cuatro casas ya demolidas. En una licencia se habla de 6 pisos y en la otra, de 7.
Las vallas de las licencias -con párrafos remendados con cinta- no especifican el número de unidades de vivienda ni de estacionamiento.
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El proyecto Aurum 111 se lleva el frente de la manzana. la vista desaparecerá y quedará abierta la puerta para tumbar el barrio |
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Los vecinos habían logrado detener las construcciones que darían al traste con esta zona y colapsarían sus redes y vías |
Bien harían las curadurías urbanas en
preservar la riqueza urbana en lugar de aprobar licencias para destruir la
memoria de la ciudad y proteger siempre los intereses económicos de los
constructores.
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