martes, 21 de febrero de 2012

Urbanidad y urbanistas (1). Tras las huellas de Hernando Vargas Rubiano

Con este título queremos hacer justicia a profesionales que dejaron huella en el panorama urbano de la capital de Colombia y una obra que por falta de ilustración o documentación a veces no se conoce, así vivamos en medio de ella.  Como por urbanidad, digamos. Porque a diario pasamos frente a sus construcciones sin darnos cuenta.


(*) El arquitecto Hernando Vargas
 Rubiano, fallecido en 2008.
























Muchos nombres del urbanismo nacional y de Bogotá han sido objeto de excelentes monografías, perfiles, semblanzas y biografías. En este campo, merecen mención especial las publicaciones de editoriales especializadas como Escala y Proa, y más recientemente el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, durante los años en los que lo dirigió, hasta hace poco, Gabriel Pardo.

Hay personajes que aún quedan por estudiar, pero esta labor es relativamente sencilla, porque su obra está allí.

Hernando Vargas  Rubiano es uno de ellos. Nacido en Tunja en 1917 y fallecido hace año y medio, fue alumno de la primera promoción de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, creada en 1936. Se graduó en 1940, luego de tener decanos como Guillermo Herrera Carrizosa, Arturo Jaramillo, Carlos Martínez y  Roberto Ancízar, y entre sus profesores a Karl Brunner, Gabriel Serrano Camargo,  José Gómez Pinzón y Julio Casanovas.

En 1979, con motivo de una reseña de su obra publicada en la revista Proa[i], Vargas Rubiano confesaba con modestia que “buena parte de ella no merece tal distinción.  Pero como se trata de mostrar una trayectoria que se inicia con el nacimiento mismo de la primera escuela de arquitectura en Colombia y que a lo largo de cuatro décadas se ha mantenido siempre en la búsqueda de nuevas posibilidades arquitectónicas y constructoras, no dudo en presentarla”.

Hablaba el profesional que tuvo a su cargo nada menos que la restauración del antiguo Panóptico Nacional para convertirlo en el Museo Nacional, en 1948, con motivo de la IX Conferencia Panamericana.

Vargas Rubiano era de los que comparten la visión de que el siglo XX en Colombia comenzó en 1930 y que el atraso del país se debió a que el siglo anterior se dedicó a guerrear. Por eso la década de 1930 fue también de florecimiento de la arquitectura, con la llegada de arquitectos extranjeros y el regreso de colombianos formados en otros países.




(*) Clínica del Country, situada en el lugar en el que
quedaba el Country Club de Bogotá.




















Vargas trabajo en el recién creado ICT y desde allí impulsó un sistema de construcción de vivienda destinado a abaratar los altos costos de las casas populares, a imitación de la ancestral tapia pisada. Se trataba de un material de  tierra pisada con baja mezcla de cemento que vio en Estados Unidos y que se llamó “Terracrete” o “soil cement” y que en Colombia fue bautizado como “terra-concreto” o “suelo-cemento”.

En el invierno 1941-42, Vargas Rubiano hizo un curso en la Universidad de Pensilvania denominado “Low cost houses”. En 1947 fue elegido presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos y tuvo asiento en el Centro Interamericano de Vivienda (Cinva). De su interés y del trabajo del ingeniero chileno Raúl Ramírez, salieron las famosas maquinas para fabricar bloques  de “suelo-cemento”, conocidas como Cinva-Ram y populares en los planes de autoconstrucción promovidos en América Latina hace algunas  décadas.

La fundación de su firma de arquitectos, como otros hechos de la historia de Colombia,  se sitúa también en 1948, junto al ingeniero José Ramón Leiva.

En el plano académico, H.V.R. fue profesor de la Universidad Nacional y miembro del grupo de fundadores de la Universidad de los Andes.

Sus obras

Edificio Banco Ganadero (Hoy Procuraduría
General de la nación)

Los habitantes de Bogotá pasamos a diario por muchas de las obras que dejo como legado este arquitecto. Edificios bancarios, torres de oficinas y conjuntos de apartamentos sin siquiera saber el nombre del autor.

A quienes nos intriga conocer sobre los gestores del patrimonio arquitectónico nos ha sorprendido descubrir la firma de este arquitecto detrás de tantos hitos del panorama urbano de Bogotá.

La Clínica del Country, el edificio del Icetex en las Aguas, la torre del Banco Ganadero en  la carrera 5a con calle 16, el World Trade Center, de Bogotá y varios edificios residenciales en El  Chicó y Santa Bárbara. Ello sin contar los trabajos que infortunadamente fueron arrasados por el crecimiento de la ciudad, como casas de los años 60 en el Chicó.

Sin embargo, ninguna de esas obras tiene tanta fascinación en nuestros recuerdos de infancia y luego en nuestro paso diario por razones laborales como el edificio UGI, localizado en la carrera 13 entre calles 39 y 40, en la zona bogotana del antiguo colegio Sagrado Corazón. Esta obra es de 1973, cuando empezábamos los años de bachillerato y los compañeros repetían lo que oían a sus padres, que el edificio se construía de arriba hacia abajo.

Y sí, así fue. Un núcleo o columna central de la cual fueron desprendiéndose las plantas de arriba abajo, para lo cual fue preciso diseñar una plataforma metálica deslizante que soportaba, además del entrepiso, los equipos y materiales de obra. Los constructores sostienen que este sistema de andamio metálico descendente permitió economizar costos y trabajar bajo cubierta, lo cual en Bogotá no deja de ser interesante por el clima. 





(*) Edificio Ugi, construido en 1972.






















La torre UGI tuvo el diseño estructural del prestigioso ingeniero Guillermo González Zuleta y en el 2002 fue remodelada para actualizar redes y sistemas.

Por cierto que a esta torre siguió la del Banco Ganadero en 1973. Esta última, que más tarde pasó a ser de la Corporación de Ahorro y Vivienda Corpavi y actualmente es sede de la Procuraduría, ocupa el terreno que en los años 30 y 40 fuera sede de la empresa de acueducto de Bogotá,  obra de José Maria Montoya Valenzuela.

De la última obra de H.V.R. quedan numerosos edificios en los que coincide la forma estriada de vidrios opacos y antepechos de concreto, como el Saturno, en la 7ª. con 83, que recuerdan el de UGI el del Banco Ganadero.






Edificio Saturno, situado en la cra, 7 con 84


















Para los interesados en los temas en urbanos, es útil preservar la memoria de Hernando Vargas Rubiano, el constructor que dejó su impronta discreta pero valiosa en la ciudad y el oficio, y quien hablaba de tomar acciones para “evitar la inminente catástrofe urbana y social”. Esto hace treinta años.



[i] Revista Proa No. 284, Agosto 1979.


Las fotografías que ilustran esta nota marcadas con (*) pertenecen al archivo de Hernando Vargas Caicedo.








miércoles, 4 de enero de 2012

Eje ambiental y espacio público

Bogotá ha escuchado en las últimas dos décadas las discusiones sobre la escasez  del espacio público, situación que se acrecienta a medida que crece la población y las calles, andenes y plazas se vuelven insuficientes.

Algo se ha hecho para que los ciudadanos disfruten de la ciudad, con la conversión de vías en calles peatonales. Y un hito dentro de esa labor fue la creación del llamado Eje Ambiental, diseñado por el fallecido arquitecto Rogelio Salmona sobre la avenida Jiménez de Quesada, que a su vez nació en los años 30 sobre lo que fueran las aguas del río San Francisco o Vicachá, canalizado y cubierto de asfalto.

Y esa zona, donde abundan edificios de varios estilos y tamaños, construcciones de formas sinuosas que bordean la avenida por lo que antes era el recorrido del río, se convirtió en los últimos diez años en una auténtica postal de la Bogotá de comienzos del milenio, como lo fue hace 60 o 70 años.

La obra se complementó con una ruta exclusiva para autobuses articulados del sistema Transmilenio, cuyo movimiento pausado, como si fueran gusanos, le imprime otra dosis de modernismo y orden al centro capitalino, elogiado fuera del país.


Pero poco tiempo duró el interesante experimento que nos dejó la alcaldía de Enrique Peñalosa, desde el barrio de Las Aguas hasta la carrera Décima, y que en estos años de desgreño, abandono e inmoralidad administrativa que sufre la capital colombiana, ya no tiene corrientes de agua, sino agua estancada, sirve de basurero y sus pisos y zócalos empiezan a exhibir señales de deterioro.



Taxis fantasmas y choferes oficiales díscolos o abusivos circulan sin ningún empacho por el Eje Ambiental de medianoche o madrugada, pues dentro de la frescura de su mentalidad prima la idea de que nadie circula a esa hora, cuando nadie me ve, como dice la canción de Alejandro Sanz.

Y de día, nuestros queridos amigos, los habitantes de la calle, retan a los buses articulados cual toreros. No viene al caso hablar de los accidentes que pueden sufrir ellos mismos en una embestida o el vehículo cargado y sus pasajeros en un frenazo causado por un chiste.

Por si fuera poco, varios residentes estatales de la Jiménez se han tomado el Eje Ambiental  como una especie de propiedad privada. Es el caso de los ministerios de Agricultura y de Justicia. El primero ocupa el viejo edificio Pedro A. López a la altura de la carrera Octava y



resolvió utilizar los andenes como estacionamiento. Es decir, el poco espacio que dejan libre los miles de esmeralderos que se agolpan metros arriba, frente al edificio Henri Faux, o los vendedores estacionarios.




Las imágenes que acompañan esta publicación muestran cómo los vehículos del ministro, los viceministros y los visitantes utilizan como parqueo uno de los carriles.







Cabe recordar que por allí suben hacia el oriente los buses articulados de Transmilenio.
Y el personal de escolta asignado al Ministerio tiene hay desfachatez de obligar a los transeúntes a retirarse para que circule por el andén una camioneta Nissan Pathfinder en la que llega el ministro.

Algo parecido ocurre 100 metros más abajo, cuando llega un personaje al Ministerio de justicia, como se aprecia en la imagen.


En ambos casos la situación se origina porque los ministerios citados carecen de estacionamiento o de instalaciones adecuadas para el funcionamiento de una entidad de esas categorías en pleno año 2012. ¿Falta de previsión? ¿Afán de mudanza? ¿Crecimiento estatal acelerado?

Pero también en ambos casos el público no tiene la culpa ni tiene por qué compartir las aceras con los vehículos invasores. 

El Decreto 1504 de 1998, que reglamenta el manejo del espacio público en los planes de ordenamiento territorial, señala que “es deber del Estado velar por la protección de la integridad del espacio público y por su destinación al uso común, el cual prevalece sobre el interés particular”.

La norma indica que el espacio público comprende, entre otros aspectos, los bienes de uso público, o sea aquellos inmuebles de dominio público cuyo uso pertenece a todos los habitantes del territorio nacional, destinados al uso o disfrute colectivo.

Y  cita entre los elementos constitutivos de ese espacio público “las áreas integrantes de los perfiles viales peatonal y vehicular”, que son, entre otras, las  zonas de mobiliario urbano, túneles peatonales, puentes peatonales, escalinatas, bulevares, alamedas, rampas para discapacitados, andenes, malecones, paseos marítimos, camellones, sardinales, cunetas y  ciclovías.

El artículo 28 del referido decreto dispone que “la ocupación en forma permanente de los parques públicos, zonas verdes y demás bienes de uso público, el encerramiento sin la debida autorización de las autoridades municipales (…)   y la ocupación temporal o permanente del espacio público con cualquier tipo de amoblamiento o instalaciones dará lugar a la imposición de las sanciones urbanísticas que señala el artículo 104 de la Ley 388 de 1997”.

Corresponde a expertos establecer si la ocupación del espacio por parte de los vehículos oficiales constituye violación del espacio público desde el punto de vista legal. En la práctica no hay discusión de que lo es. 

Lo cierto es que para el peatón, para el ciudadano de a pie, literalmente, se habían logrado conquistas en materia de espacio público. Y éstas pueden perderse por la arbitrariedad de dos o tres guardaespaldas. Porque estamos seguros de que todo un señor, como el que ocupa esa cartera, sería incapaz de patrocinar esos abusos.


El resto es relativamente fácil. Que las autoridades de Bogotá cumplan con su deber de mantener la ciudad limpia y en buen estado.






martes, 3 de enero de 2012

Piedra amarilla

                                                                                         So goodbye yellow brickroad
                                                                                                            Elton John

Las ciudades se diferencian por los materiales de sus construcciones, el color que unifica su paisaje. Las ciudades andaluzas son blancas y los poblados medievales de piedra grisácea. Los asentamientos populares del tercer mundo son de color ocre como la tierra que circunda.  




Edificio Pedro A. López, hoy Ministerio de
Agricultura, en la avenida Jiménez
Bogotá es ampliamente conocida en tiempos modernos por el rojo del ladrillo usado en sus edificios y de ese tono de la arcilla son las imágenes panorámicas de algunas de sus zonas. Sin embargo, en una parte importante de la riqueza urbana predomina un solo tono: el de la piedra amarilla. Los visitantes de la ciudad se preguntan por ese material característico, que lo es  tanto que se conoce como piedra bogotana.

Pero también a este elemento se le llama piedra muñeca. Los expertos la denominan piedra caliza o piedra arenisca, que es una roca sedimentaria que tiene contenido de calcita. Conocida en algunas partes como Limestone, es un material resistente, que se caracteriza por su dureza,  apropiado para revestir fachadas.

En la capital de Colombia esta piedra fue usada en el último siglo, generalmente en obras monumentales de estilo neoclásico o francés.

Teatro de Cristóbal Colón
Parte de esa piedra amarilla se ha producido en las montañas de la zona de San Mateo, situada en la población de Soacha, en el sur de Bogotá. De las Canteras de Terreros, por ejemplo.


Costado noroccidental del Capitolio
La piedra amarilla es el material y el tono que predominan en la plaza de Bolívar y en muchas áreas adyacentes, como la Casa de Nariño (1976), el ejemplo por excelencia del trabajo en piedra amarilla.
Lado oriental del palacio presidencial,
desde la carrera Séptima(1976)

Están revestidos de esa piedra el Capitolio, el palacio de Justicia, la Catedral, la capilla del Sagrario, el Palacio Cardenalicio  –joven, solo tiene medio siglo–, el Colegio de San Bartolomé, el edificio nuevo del Congreso, el ya nombrado palacio presidencial y para cerrar el cuadrilátero de la plaza, la Alcaldía, que solo tiene el pórtico de la priomer aplanta en piedra amarilla, pero tiene su nuevo edificio situado en la parte posterior cubierto de láminas del enchape que nos ocupa.

Edificio Bicentenario, parte posterior de
la Alcaldía, inaugurado en 2011
Edificio de los Ministerios. Construido sobre
el demolido Claustro de San Agustín


También el edificio moderno de los Ministerios (hoy Ministerio de Hacienda), el Palacio Echeverri y unas calles más al oriente y norte, el Teatro Colón y el palacio de San Carlos. En la avenida Jiménez la antigua gobernación de Cundinamarca y el edificio Pedro A. López, ocupado por el Ministerio de Agricultura.

Palacio Echeverri, obra de Gaston Lelarge
La piedra amarilla de vetas rojas o marrones, similares a las vetas de la madera, resalta con el sol capitalino casi tanto como el rojo del ladrillo en los atardeceres.

Pero no es patrimonio exclusivo del centro o de la zona antigua de la ciudad. Parte de la zona empresarial del Centro Internacional está revestida de la piedra bogotana. Para la muestra tres botones: el viejo edificio de Bavaria, la torre de Seguros Tequendama y el Planetario Distrital.

Un aporte generoso al espacio público. Andenes de
 piedra en el edificio Avianca. Se pensó en grande.
En el centro financiero de la avenida Chile algunos edificios utilizan la piedra muñeca, el mismo elemento que cubre el frontis de la iglesia de Lourdes. Y si los edificios ubicados a lado y lado de la carrera Décima lavaran sus fachadas, volvería a lucir la piedra amarilla sepultada bajo kilos de hollín producido por los tubos de escape de los autobuses destartaladas en cuatro décadas.

El servicio de este material a la identidad bogotana no se reduce a los revestimientos o a las fachadas. Son de piedra amarilla las baldosas de la plaza de Bolívar y los andenes de algunas calles del centro. También los pedestales de la inmensa mayoría de las estatuas y el cauce del Eje Ambiental, que recorre la ruta del antiguo río San Francisco.


Limpieza del Eje Ambiental de la avenida Jiménez
Detalle de un costado del Palacio Echeverri
Patio de Los Novios, dentro de la Casa de Nariño

 
En fin, el mundo de este material también generó una carpintería de la piedra amarilla, expresada
en sillares, columnas, pilastras, capiteles, ménsulas, volutas, hojas de acanto y otros motivos.


Y para preservarla están los expertos. Hay técnicos en tratar la piedra y lijarla para renovar su apariencia, en cortar láminas y tajadas perfectas para reponer las averiadas por el paso del tiempo y en limpiarla periódicamente para devolverle su rubio esplendor, ese que produce los mejores contrastes en las mañanas soleadas o en las tardes despejadas.
Restauración de un zócalo del Palacio Echeverri,
hoy sede del Ministerio de Cultura

lunes, 5 de diciembre de 2011

80 años de conjuntos cerrados




Conjunto ubicado en la calle 78 con carrera 11

Los problemas de seguridad de las grandes ciudades en el siglo pasado, incluidas las colombianas, llevaron a los habitantes a refugiarse en unidades de viviendas aisladas, condominios o en los llamados conjuntos cerrados. Esta última es una noción diferente a la homónima de conjunto cerrado, de la que se ocupa la ciencia matemática de la topología.

El conjunto residencial suele ser una agrupación de viviendas iguales, aprobada por las autoridades como un proyecto único bajo el concepto de propiedad horizontal o reglamento común, que comparten vías de acceso, zonas verdes, servicios e instalaciones comunales, sistemas de seguridad y normas administrativas.

Otro grupo, esta vez en la 78 con 10

Los estudiosos del tema sitúan el origen de estos conjuntos habitacionales en el new town británico y la gated community, ciudadela cerrada o privada, que puede tener vías interiores de uso exclusivo, está encerrada por paredes y rejas, y tiene una única entrada controlada por personal de seguridad.

Entre nosotros, el término conjunto cerrado se usa para designar un grupo simple de varias casas iguales o en serie, generalmente agrupadas para garantizar la seguridad.

Y al hablar de conjuntos cerrados nos referimos a grupos de casas –lo cual excluye a los apartamentos y a los conjuntos de apartamentos, que los hay– agrupadas bajo un mismo nombre, bajo un régimen de copropiedad.

En Bogotá y otras ciudades colombianas abundan hoy en día los conjuntos cerrados, pero sorprende encontrar que estos grupos de casas no son algo nuevo en la historia de la ciudad. De hecho existieron desde principios del siglo pasado, como lo atestiguan valiosos ejemplos sobrevivientes.

En España y Argentina, por ejemplo, algunos conjuntos de casas en serie como los de las ciudades colombianas se denominan casas adosadas.

No nos detendremos por eso en Cité Restrepo o Ciudad Restrepo, obra de Gabriel Serrano, que según las fotografías de la época –aún no habíamos nacido muchos– fue un espléndido conjunto de oficios con una única entrada, que cedió pocos años después al paso de la carrera Décima.

Nadie que aprecie las fotografías podría creer hoy que esas construcciones de óptimo diseño y factura estuvieran donde hoy pasan decenas de autobuses viejos y contaminantes y a cuyas espaldas se encuentran depósitos de basura y lupanares de la más baja categoría.

Sin embargo, es bueno subrayar que si algo caracterizaba a esos conjuntos de casas es que no tenían restricciones de entrada. las rejas son algo añadido recientemente, en la medida en que la inseguridad -especialmente la de los automóviles estacionados- se volvió un dolor de cabeza. Así era el grupo de casas inglesas cuya imagen encabeza esta crónica. Y esas verjas le restan belleza a los conjuntos, además de que privan a los ciudadanos de apreciar la calidad de las viviendas. 

Y al hablar de conjuntos no necesariamente se trata de los de estrato económico alto, pues hay agrupaciones de viviendas populares que encajan dentro del término de conjunto cerrado, así en la práctica se asemejen a los llamados inquilinatos. Porque estos conjuntos siempre fueron sinónimo de viviendas más pequeñas y de menor costos que las casas individuales.

Hay muchos ejemplos y no se trata de ser exhaustivos, pero merecen especial atención ejemplos como los de este conjunto de casas que va camino a la ruina en el lugar más antiguo de Bogotá, a pocos metros de la calle del Palomar del Príncipe y la plaza del Chorro de Quevedo. No sabemos si estas casas esperan que alguien se apiade de ellas para rehabilitarlas. Podrían servir para una magnífica zona de restaurantes o galerías de arte.


Pasaje Michonik (1914)


Se trata del pasaje Michonik, construido en 1914, y que se considera como la primera obra en la ciudad que tuvo régimen de copropiedad, de acuerdo con un excelente proyecto de restauración  realizado por estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la Universidad La Gran Colombia. (1)

Incluso el Palacio Echeverri, cuatro casas agrupadas para una misma familia, diseñadas por Gaston Lelarge y construidas en 1904 en predios del antiguo solar del convento de las Clarisas, en lo que hoy son la carrera 8a y la calle 8a., encajaría dentro de esta definición.

Conjunto en La Alameda,
desfigurado y en peligro

En la que fuera Alameda Vieja  o carrera 13, con calle 24, se construyeron en los años 20 o 30 unas casas que constituyeron un conjunto y de las cuales quedan vestigios burdamente modificados para usos varios, desde cafeterías hasta moteles. En los primeros años estas casas estuvieron situadas muy cerca del desaparecido Parque del Centenario o de San Diego, pertenecieron a bogotanos prestantes. Incluso se dice que allí residió el eminente intelectual y diplomático Luis López de Mesa.

J
En la calle 14 con carrera 3a. se encuentra en
 buen estado este conjunto de los años 30 


Según alguna edición de la revista Escala, se trata de una obra de Herrera Carrizosa Hermanos y estuvo constituida por varios subconjuntos, uno en relativo buen estado que da para la 13 y otro desfigurado y hoy convertido en moteles sobre la carrera 12.m Por la 24 las casas se conservan, pero están dedicadas a oficios inferiores, como cafeterías. Lástima que no se restaurara lo que queda.


Sin embargo es más llamativo el caso del Pasaje Gómez, un grupo de viviendas que lucha por sobrevivir en medio de un sector deprimido del centro bogotano, el barrio La Favorita, cerca de la Estación de la Sabana.

Este conjunto fue construido a finales de los años 30 por encargo del empresario santandereano Eugenio Gómez, con una casa para cada uno de sus ocho hijos. Gómez era el dueño de la fábrica de harinas El Lobo, cuya hermosa sede, en meritorio estado de conservación para ser esa zona, queda frente al conjunto de casas.


En Teusaquillo hay también excelentes exponentes de estas agrupaciones, muchos de ellos en buen estado, con casas de amplias áreas y calidad en el diseño.  Hay otro grupo de casas que aunque tienen acceso al público, constituyen un conjunto.




Casanovas y Manheim, firma de arquitectos creada por los chilenos Julio Casanovas y Raúl Mannheim dejó su impronta en Teusaquillo, donde además de formidables casas individuales, con continuidad de estilos y sectores, edificó varios de los que podemos considerar conjuntos cerrados.





Conjuntos de Casanovas y Mannheim en Teusaquillo

También el arquitecto José María Montoya Valenzuela, constructor muy activo en las décadas de los 30 y 40, dejó magnificas viviendas en Teusaquillo, Palermo y otras zonas capitalinas, como el barrio La Magdalena.

A esa obra intensa pertenecen cuatro casas situadas en la calle 39 con carrera 15, en el parque originalmente llamado Santos Chocano, más tarde conocido como Mamatoco porque allí fue ultimado el púgil costeño apodado así.



 
Bajo el título de “Cinco pequeñas residencias”, la Revista Proa presentaba en mayo de 1950  el “simpático y grupo de pequeñas residencias”, diseñadas por el arquitecto Manuel de Vengoechea.

Añadía que este proyecto respondía “a la escasez de alojamientos para gentes jóvenes. En el interior de estas casas se destacaban murales de inspiración picassiana, obra del profesor José de Recasens, socio de Vengoechea, que dicho sea de paso llevaba un mes de alcalde de la capital el 9 de abril de 1948 y fue de los impulsores de la revista Proa.

En la calle 76 antes de llegar a la carrera 15 sobrevive este preciosos conjunto de casas, de las cuales desconocemos más detalles. De lejos parecen extraídas de un barrio londinense y tienen algo del estilo de Gabriel Serrano.

 

Las casas para los tamaños de hoy en día no se ven tan pequeñas. Afortunadamente están a salvo, bajo las normas de conservación urbana, y desafortunadamente a merced de vagos y maleantes.


Años más tarde, en los 60 y 70,  pese a la moda de grandes casas de estilo norteamericano, vinieron más conjuntos de casas, de los cuales es muy representativo el construido en el sector de El Nogal por la firma Camacho y Guerrero, de los arquitectos Jaime Camacho Fajardo y Julián Guerrero.  


Este grupo de casas escalonadas sobre el desnivel del terreno, construido en 1965, se mantiene en buenas condiciones y su figura apareció numerosas ocasiones hace ocho años, cuando se produjo el atentado al Club El Nogal, con el que comparte linderos. Por cierto, este conjunto recostado sobre la falda del cerro, es similar al que se construyó por la misma época en el barrio El Poblado, de Medellín. Casualmente éste último lleva el nombre de Santa María de los Ángeles y es obra de Rodrigo Arboleda Halaby y Laureano Forero.

 
Más al norte, en lo que fuera el pueblo de Usaquén, la firma de los arquitectos Jorge Rueda  y Carlos  Morales hizo en 1976 un bellísimo conjunto dentro de la finca Santa Teresa, respetando los árboles, antes de que ese sector se convirtiera en una especie de zona rosa y de que en la hacienda Santa Bárbara, situada a pocos metros,  la firma Obregón Bueno diseñara el centro comercial del mismo nombre.




Barrios como La Carolina y La Calleja, en el norte de Bogotá, se han destacado por la calidad y diseño de sus conjuntos cerrados de variados estilos.


También en Bogotá, en Santa Bárbara Central, a finales de la década de los 70 se construyó en varios sitios esta receta de cuatro o más casas del bogotanamente llamado estilo californiano que encontramos en varias calles cercanas a Unicentro. 

En los 80 y 90 se construyeron numerosos conjuntos cerrados en sitios de clase media de la capital, no todos valiosos ni tampoco desdeñables, antes de que estos grupos de casas salieran de la ciudad y se fueran a los alrededores. Ello sin hablar de los construidos en pueblos cercanos con fines turísticos.

Así hoy en día hay una gran variedad de ellos en zonas de la Sabana adyacentes a la capital como Chía, Cajicá y La Calera, de estratos socioeconómicos diferentes.

Esos conjuntos cerrados se conservan como testimonio de tiempos y épocas, y es deber de autoridades, propietarios y vigilantes del patrimonio protegerlos.

Notas








Vista actual de conjuntos de casas de Teusaquillo y El Retiro en buen
estado y en algunos casos con cambios a destinos comerciales