martes, 30 de agosto de 2016

Proa, setenta años navegando por aguas urbanas


 
Proa, la parte delantera de una embarcación, con la cual corta las aguas, fue el nombre escogido en 1946 por un grupo de arquitectos para lanzar una revista sobre esa profesión que comenzaba a desarrollarse entonces en Colombia.
 
Fue fundada un mes de agosto, lo cual indica que Proa está cumpliendo 70 años y sus directivos actuales trabajan en su relanzamiento y la utilización de redes y tecnología para mantener viva la valiosa publicación. Proa funciona hace años en una casa ubicada en la frontera borrosa entre La Magdalena, Santa Teresita y La Soledad, en la 39 con 17.
 
“Estamos en un momento muy interesante”, nos dijo allí el arquitecto y catedrático Lorenzo Fonseca, su director hace casi cuatro décadas, y reveló que la colección está escaneada y lista para subir a la página web. Mientras tanto, Proa se mueve también por Facebook. (1)
 
El arquitecto Lorenzo Fonseca, director de Proa desde hace casi cuatro décadas
 
Pero volviendo a los orígenes, la publicación mensual coincidió con el nombre de la revista que fundara Jorge Luis Borges en Argentina en 1922.
 
 
El primer número de la Proa colombiana apareció en agosto de 1946 y sus directores eran Carlos Martínez, Jorge Arango y Manuel de Vengoechea. La bandera de la publicación indica también que su secretaria administrativa era Elvira Mendoza, que luego se destacaría como promotora y directiva de revistas internacionales como Vanidades.
 
Las oficinas de Proa funcionaron en la calle 16 número 9-23 Apartamento 304. El ejemplar costaba 0,50 y  la suscripción 6,00 pesos y en el extranjero USD$ 6,00. (2)
 
El primer número tuvo como contenido alrededor de quince artículos, entre ellos dos sumamente interesantes a nuestro juicio. El que resume la Avenida de las Américas, obra de ensanche vial de la capital impulsada para la IX Conferencia Panamericana, que se celebraba en Bogotá por los días del 9 de abril de 1948.
 
Y un artículo sobre la pobreza y el atraso de ciertas zonas de Bogotá que reclamaban urgentemente una intervención.
 
Al menos durante las primeras diez ediciones, las portadas de Proa no tuvieron imagen distinta a la del nombre de la revista y un dibujo austero.
 
 
Años más tarde, en 1952, cuando ya alcanzaba más de 60 ediciones mensuales, la revista registraba como dirección la calle 13 no. 9-20 Oficina 425 y teléfono 16197. (3)
 
Se trata del edificio Vásquez,  declarado bien de interés cultural y que se mantiene aún en buen estado en una zona de tiendas de telas para ropa.
 
Para entonces la dirección estaba solo en manos de Carlos Martínez y como secretaria oficiaba Alicia Cardozo de Vélez.
 
 
 
Lo curioso es que esta misma era una de las empresarias, con Norah Wells de Cahn-Speyer, de la firma Cardozo y Wells, que aparece como anunciante en la revista, como se ilustra aquí mismo. Lo cual demuestra que la liberación femenina o la presencia de la mujer en los negocios era ya un hecho. 
 
Los fundadores  
 
Carlos Martínez nació en 1906 en Subachoque (Cundinamarca). Estudió en el Instituto Técnico Central Lasalle, de Bogotá, y luego se fue a estudiar Arquitectura en París, en la Academia de Bellas Artes. En la Ciudad Luz también asistió al Instituto de Urbanismo. Además, obtuvo el título de ingeniero-arquitecto otorgado por la Escuela Nacional de Obras Públicas de París. Y hacia 1930 ingresó al Instituto de Altos Estudios Urbanos de la Universidad de París, donde se graduó con honores con el título francés de Urbanista. 
 
A su regresó a Colombia participó en la fundación de la Sociedad Colombiana de Arquitectos y la creación de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia. En 1936 fue nombrado director del Departamento de Edificios Municipales.
 
Por su parte Jorge Arango Sanín nació en Bogotá en 1916. Estudió en la Universidad Católica de Santiago de Chile. Después lo hizo en la Universidad de Harvard. En Estados Unidos trabajó en el Departamento de Housing and Urban Development.
 
Fue profesor en la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional de Colombia. Fundó la fábrica de muebles Artecto y fue jefe de la Dirección de Edificios Nacionales del Ministerio de Obras Públicas y presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos. Murió en 2007 en Miami, donde vivió casi 50 años. (4)
 
Finalmente Manuel de Vengoechea, de quien nos ocupamos hace algunos meses en nuestra serie “Tras las huellas de ….” nació en París en 1911 y  estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes. Llegó en 1931 a Colombia, donde fundó la firma Manuel de Vengoechea y Compañía, en compañía del  recordado profesor y artista catalán José de Recasens y de Manuel Robayo.
 
Trabajó en la polémica remodelación de la Plaza de Bolívar para el cuarto centenario de la capital y alcalde de la ciudad por semanas, luego del 9 de abril.
 
De algunas de sus obras nos ocupamos en el perfil anotado, pero recordamos de Vengoechea es el autor del edificio conocido por su apellido, que ahora es parte del complejo de la Biblioteca Luis Ángel Arango.
 
En tiempos modernos, la dirección ha estado en manos de Lorenzo Fonseca, arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, especializado en Planeación para el Desarrollo en el Londres, catedrático de varias facultades de arquitectura y autor de numerosos libros.
 
 
Pasaron siete décadas y para celebrarlas los arquitectos Lorenzo Fonseca,  Claudia Burgos y Jorge Caballero trabajan en el relanzamiento de la revista, ahora por medios electrónicos.
 
Lorenzo Fonseca y Claudia Burgos en
 el despacho del director de Proa
 
“Se abrió un campo enorme de entusiasmo”, señaló Claudia Burgos y añadió que “ahora habrá continuidad con las nuevas tecnologías”. (5)
 
Se escaneó toda la colección (cerca de 450 números), se creó un índice y se modernizará la página web gracias al patrocinio de una gran generosidad de los amigos de Proa, nos dice Fonseca, quien admite que las nuevas generaciones de arquitectos y estudiantes no conocen la publicación.
 
En septiembre, mes del patrimonio, se va a hacer la presentación en asocio con Museo de Bogotá 
 
Proa se ha convertido en un referente para el estudio de la época por la publicidad que incluía  en sus páginas, que por lo demás no se limitaba a firmas de arquitectos, servicios profesionales, o materiales y equipos de construcción.
 
Hay incluso en proceso de publicación un estudio de maestría sobre la publicidad de los 50, basado en el estudio de la revista.
 
"Estamos en este momento recuperando el pasado, poniéndonos al presente y preparando el futuro”, puntualizó el director de Proa.
 
Notas
 
(1)   Entrevista personal. Agosto 24 de 2016.
(2)   Revista Proa. Edición no. 1 – Abril 1946
(3)   Revista Proa. Varios números – 1952
(5)   Entrevista personal. Agosto 24 de 2016
 
 
 
 

 

 


 

 

 

 
 
 

miércoles, 10 de agosto de 2016

Una casa moderna sobrevive a las puertas de una clínica

Foto de Revista Proa
 
Hace algunos años, cuando Bogotá comenzó a destruir su patrimonio arquitectónico, en particular la riqueza correspondiente a la vivienda y lo que supone de memoria urbana, comenzaron a brillar las riquezas de sectores como el Antiguo Country.

Este barrio surgió en la década de 1950 en los alrededores de la calle 85 con carrera 15, en los predios que pertenecieron al Country Club y su vieja casona de estilo vasco diseñada por Vicente Nasi.

Con el crecimiento de la ciudad y la llegada de las nuevas tendencias de la vivienda norteamericana, el Antiguo Country se pobló de casas de dos pisos y algunos edificios de apartamentos de 4 o 5 plantas.

El conjunto incluyó servicios complementarios  como los de salud, representados por la Clínica del Country; comerciales, como el supermercado Carulla  y algunos locales para bancos, restaurantes, farmacias y ópticas; de entretenimiento, como el desaparecido Teatro Almirante, y religiosos, como la capilla de Santa Rita de Cassia.

No fue el Antiguo Country un barrio de mansiones, como sí lo fueron sus vecinos del oriente ­–La Cabrera– y del norte, donde estaba el Chicó. Pero fue lugar para confortables residencias de clase prácticamente alta, con tamaños no tan grandes, salvo algunas excepciones.  

A estas alturas, en el 2016, se cuentan con los dedos las viviendas que sobreviven en el sector, hoy convertido en zona netamente comercial y, en  gran parte, de servicios médicos. En particular la Clínica del Country se expandió hacia el occidente construyendo nuevas sedes, el teatro fue demolido y en su lugar se construyó el edificio Almirante Colón, e incluso los edificios de tres plantas han desaparecido para dar paso a consultorios, laboratorios y centros de especialistas.

Algunas construcciones de la zona, como la bella casa de Nicolás Rocha (1957), en la calle 83 con carrera 17, fueron hechas por Ricaurte, Carrizosa y Prieto.


Esa firma, activa entre los 50 y los 70, fue constituida por los arquitectos Santiago Ricaurte Samper, Manuel Carrizosa Ricaurte y José Prieto Hurtado y entre sus realizaciones más importantes se recuerda el edificio Avianca, alguna vez el más alto del país.

La casa que nos ocupa, que se mantuvo en impecables condiciones hasta hace pocos, años quedó estrangulada por edificios médicos. Hasta la década pasada sirvió con la esplendorosa blancura de su fachada como casa de familia y es una lástima no poder tener más datos sobre sus últimos propietarios.

Lo que sí sabemos es el origen de la construcción, reseñada en 1957 por la Revista Proa. (1)


“Esta casa semiurbana fue construida recientemente, al norte de la ciudad, en la nueva urbanización del Country Club”, señala la edición de Proa de la época y añade que en esta obra “corresponde el estudio de sus dos plantas a las necesidades preconizadas en Bogotá para familias poco numerosas”. Eso para la época, aclaramos, pues hoy el área resulta bastante generosa.

La publicación arquitectónica resalta “una holgada acomodación en las zonas sociales del primer piso y un sentido de comodidad y confort en la planta alta”.

Señala también que “la arquitectura de sus fachadas, sin tener particularidades ni atractivas especiales, es grata por la franqueza en su expresión. Nada de trucos ni componendas arbitrarias”.

Finalmente sostiene que “es una lástima que en este tipo de urbanizaciones que llaman modernas, la extensión de los solares no sea de mayor superficie. Así se podría disponer de jardines y recreos interiores con la consiguiente valorización del conjunto”.

Llamaba la atención el balcón de la segunda planta, que vemos en los planos publicados por Proa. La terraza formada por las vigas de concreto de la cubierta permite la entrada de la luz al salón familiar situado encima de la sala del primer piso y protegido por una amplia puerta corrediza.
 

Sobre Ricaurte, Carrizosa y Prieto, que también construyeron en la 85 con 16 la sede del Banco Industrial Colombiano, BIC (ahora sucursal de Bancolombia), nos detendremos en próxima ocasión.


Con nostalgia por la desaparición de esta y muchas casas más, en el Country y más allá, publicamos en esta entrada imágenes propias y prestadas de esa casa de la 83.   

Y animamos a los conocedores de la Bogotá de hace medio siglo, a los antiguos moradores y a los amantes del tema a que complementen la historia, que como otras publicadas, aspiran a convertirse en fuente informativa y a preservar la memoria urbana de nuestra querida ciudad.

 

Notas
1.Revista Proa. Edición 112 septiembre de 1957

 
 

 

 

 

 

viernes, 15 de julio de 2016

La Zona U



La iglesia Santa bárbara de Usaquén, en el costado oriental,
 es  la decana de las construcciones del viejo pueblo
 
 

Con el anterior título no nos estamos metiendo en política ni nos referimos a  expresidente alguno.

 
Lo que ocurre es que con la moda de bautizar todo con letras, en Bogotá ya hay   Zona T en la 82 con 13,  G en la 69 con 5ª,  C en el Centro, CH en Chapinero y así poco a poco se va utilizando el abecedario. Ahora se empieza a hablar de Usaquén como la Zona U.

 
Usaquén fue un pueblito que Bogotá absorbió en los años 50 y que hasta hace no mucho fue un paraíso. Hoy es un barrio más y su futuro es incierto, luego de comenzar hace cosa de dos décadas a sufrir los mismos males de los demás sectores.

 
Usaquén fue un pueblo indígena hasta 1777 y en el siglo pasado era sitio de paso por el camino del norte.

 
La localidad fue parte del departamento de Cundinamarca hasta 1954, cuando se estableció el Distrito Especial y se le anexaron varios pueblos cercanos. Hoy es la localidad número uno de las veinte que forman el Distrito Capital.

 

En sentido estricto, Usaquén va desde la calle 116 hasta la 121 y de los cerros orientales hasta la carrera 7ª. Sin embargo el nombre de Usaquén se  asocia a toda la  localidad, por lo que con frecuencia los medios muchos hablan de Usaquén cuando algo ocurre en la 170.

 
Sobre el nombre de Usaquén hay varias teorías. Una de ellas dice que para los  muiscas Usaque era un título honorífico que el Zipa les daba a los  caciques más destacados. También se afirma que ese nombre significaba "tierra del sol" o que proviene de Usaca, hija del Cacique Tisquesusa. (1)

 
Ahora bien. Poco antes de los 90 los comerciantes vieron en el apacible pueblito un potencial para sus negocios. Y de  una docena de tiendas y panaderías, aparte de colegios, viejos bancos, tres o cuatro conventos y la iglesia, Usaquén se puso de moda.

 
Primero fueron los matrimonios elegantes. Luego aparecieron los primeros restaurantes. Y los habitantes originales vendieron y se fueron, mientras que otros arreglaron sus casas como locales.

 
La 119, frente al parque de Usaquén, fue el sitio ideal. Una cuadra al sur y otra al norte, las casonas eran aptas para restaurantes o tiendas de antigüedades u objetos de decoración. Y en 1990 se articuló la población con el centro comercial Hacienda Santa Bárbara, edificado en lo fuera la hacienda del mismo nombre y que convivió respetuosamente con el entorno.

 
Vinieron los llamados Toldos de San Pelayo, el mercado ambulante o rastro, que funciona los domingos y que bloquea el tráfico por completo. Y para completar, las chimeneas impregnando de leña y carne la zona.
 
 
Al mismo tiempo se han construido varios hoteles y edificios de consultorios asociados a la actividad de la Fundación Santa Fe de Bogotá, que se quedó pequeña y también está ampliando sus instalaciones con una torre.

 

Pero todo con la misma infraestructura y las mismas callejuelas del pueblo.
 

Ahora épocas como la navidad son una verdadera pesadilla para los que aún viven en Usaquén. Porque llegan miles de visitantes a ver la iluminación de la temporada. Y la plaza queda hecha un muladar.

 
El próximo acontecimiento urbano que impactará el lugar es el centro comercial Usaquén Plaza, que construyen las firmas Ospinas y Compañía e Isarco en las carreras 7ª y 6ª, entre calles 121 y 122. En esa manzana quedó hace diez años el Colegio El Rosario, ya demolido, un taller de mecánica, otro de forja y una panadería.

 
 

Usaquén Plaza “será la puerta de entrada de la Zona U”, dice en la página web de Ospinas.  (2)

 
El centro comercial, de cuatro pisos, tendrá 37 locales comerciales, 440 puestos de estacionamiento y demanda  una inversión superior a los 100.000 millones de pesos.

 

Serán 5.000 m2 de comercio y restaurantes, y cerca de 8.000 m2 de oficinas distribuidas en 4 pisos que incluyen una plazoleta central y de eventos.

 

Los constructores citan un estudio realizado recientemente, que “dejó en evidencia que la zona aledaña a la plaza de Usaquén tiene un potencial y proyección de desarrollo importante al contar con más de 92.800 personas en su área de influencia con cerca de 4.600 nuevas viviendas en desarrollo”.

 
De acuerdo con la misma fuente, en la zona trabajan más de 6.000 empleados. Y la zona U ofrece a sus visitantes cerca de 23.000 m2 de restaurantes, cafés y bares, y algo más de 2.000 espacios de parqueo.

 
 
Adicionalmente, sobre la 7ª se construyen actualmente otros dos grandes proyectos de oficinas y consultorios, entre calles 116 y 117, entre ellos Flormorado Empresarial. (3)

 
No queremos pensar lo que pasará si Usaquén sigue llenándose de cemento y acero. Ello sin contar que la avenida 7ª, la principal arteria, es una de las principales vías de entrada y salida de la ciudad, y no tiene ya para dónde crecer.


Para fortuna de la zona, el antiguo colegio ubicado en el costado norte de la plaza, que amenazaba con ruina, no será demolido ni convertido en restaurante, sino que se reconstruye para convertirse en nueva sede de la Alcaldía.


Esfuerzos como éste y algunas medidas de control, evitarán que este sitio entrañable pierda su riqueza, su esencia y su espíritu.
 


 

Notas

 



 
 


 



 

 



 

 


miércoles, 18 de mayo de 2016

Sir Richard Rogers en la avenida Caracas y otros rascacielos



La silueta de los rascacielos reformará pronto el panorama de Bogotá, cuando se inauguren varias torres que están en construcción, con un ímpetu que no se veía desde los años 70, cuando estuvo de moda hacer grandes construcciones que simbolizaban la pujanza de los bancos y empresas.

La diferencia es que en aquel entonces esas torres apenas llegaban a los 40 pisos y ahora pretenden llegar a los 60, 80 o más más arriba. Ya hemos hablado del BD Bacatá, que está a punto de concluirse en la avenida 19 con carrera 5ª, y que destronará como edificio más alto de Suramérica a la torre Santiago del Costanera Center, de Santiago de Chile (2012), con sus 63 plantas y 300 metros de altura.







El BD Bacatá en mayo de 2016, a punto de inaugurarse


El BD Bacatá, hecho sobre el lote que hace pocos años fuera el Hotel Bacatá, ya aparece en el paisaje de Bogotá, con sus 67 pisos y 240 metros de altura.


La situación dio para que un conocido arquitecto colombiano hablara de la “dubaitización” de Bogotá.


No desconocemos que estas construcciones le darán un  espaldarazo a la recuperación del centro capitalino, que bastante lo necesita, pero también hay que admitir que en algún momento las redes y la infraestructura pueden colapsar si no se adoptan las medidas del caso.


Por otra parte, esta fiebre constructora parece ser fruto del decreto 562 del 2014, firmado por el anterior alcalde, Gustavo Petro, que busca aprovechar mejor el espacio y densificar la ciudad.


Todo esto si bien en algunas zonas bogotanas hay campañas de los vecinos contra los edificios en altura aprobados.


Pero vayamos a los rascacielos en proceso.


Actualmente se construye en la calle 26 con avenida Caracas el proyecto Atrio, en un terreno contiguo al Centro de Convenciones Gonzalo Jiménez de Quesada y al Edificio Bancafé, que es hoy uno de los tantos edificios Davivienda, el más alto del país en la década de 1980.









 
 
Así serán las torres Atrio, en la Caracas con 26


Atrio, que pertenece al grupo del fallecido empresario Chaid Neme,  aún está en los sótanos. Estará formado por sendas torres de 44 pisos (200 metros de altura) y 59 plantas (270 metros) para hotel, oficinas y comercio. La obra está a cargo de la Constructora Arpro y la gerencia y promueve la compañía QBO. (1) (2)


El diseño es de Richard Rogers, el famoso arquitecto británico, y el  colombiano Giancarlo Mazzanti.


Rogers, autor del Centro Pompidou, de París, y ganador del premio Pritzker, visitó Bogotá en 2015 para conocer los avances del proyecto, y se reunió con el presidente de la república.


“Atrio es el desarrollo inmobiliario más importante de Colombia de la última década, donde renacerá el centro de Bogotá”, afirma la página de la constructora y precisa que la disposición “configura a sus pies un gran espacio público”.


Los promotores aseguran que dos terceras partes de Atrio se dedicarán a espacio para la comunidad.


El proyecto de 250 mil metros cuadrados, demanda inversiones por más de 300 millones de dólares de inversión. La primera torre debe estar concluida en 2018.





Atrio tendrá un gran componente de espacio público


Atrio tiene una importancia estratégica, si se tiene en cuenta que al otro lado de la 26 está pensado construir una de las principales estaciones de Transmilenio y del futuro tren metropolitano.


Un proyecto del que poco se habla anuncia la poco creíble altura de 90 pisos. Es Entre Calles, que tiene desde hace cuatro años un terreno reservado en las carreras 7ª y 8ª entre 18 y 19, en lo que antes se conoció como la manzana de la Beneficencia de Cundinamarca.  


Sin extendernos mucho en la historia, en esa manzana quedaba hasta el 9 de abril la Capilla del Hospicio, incendiada durante los disturbios, y también estuvieron la Academia de la Lengua y un almacén Ley demolidos en los 60 para dar paso a la ampliación de la avenida 19.


Lo cierto es que Entre Calles no ha pasado de ser un terreno vacío, con una valla en la mitad, cuyo perímetro está abandonado y convertido en letrina.


Diversas fuentes aseguran que este proyecto sería de 420 metros de altura repartidos en  96 pisos.


Y aquí –a pesar del poco avance de este proyecto– habría una noticia importante, pues Bogotá quedaría con uno de los edificios más altos del mundo. Es de recordar que las Torres Gemelas destruidas en 2001 eran de 110 pisos, la Torre Willis de Chicago, algo similar y las Torres Petronas de Kuala Lumpur, 88 , sin contar varios de los rascacielos de Dubai.







En esta manzana del centro de Bogotá se anuncia hace años Entre Calles, de más de 90 pisos, pero no se ven ni ventas ni obras

“Entre Calles, el mayor rascacielos de la región”, asegura la página de la empresa promotora. Añade que “toma vuelo el proyecto que renovará la cara del centro de Bogotá y de Colombia entera. Una obra que se convertirá a la vez, en el punto de encuentro para millones de capitalinos y en el lugar donde Latinoamérica alcanzará el cielo”. (3)


Otro edificio de gran altura a punto de terminarse es la segunda torre de  Museo Parque Central, que ya es el edificio residencial más alto de Colombia, con sus 43 plantas y 180 metros de altura.


Está situado en la 13 A con 28, en el llamado Centro Internacional, frente a lo que serán las torres del complejo Atrio.


Muy seguramente esta mole de ladrillo a  la vista construida por Cusezar logrará de una vez por todas la recuperación de esta zona, en la que ya existen las torres de Parque Central Bavaria desde las décadas de 1990 y 2000.


Nos vamos ahora para la zona universitaria del centro-oriente de la ciudad, donde ya se ve lo que será City U, un conjunto de tres edificios dirigidos a la vivienda de estudiantes y en general personas del entorno universitario, respaldado por la Universidad de los Andes. (4)






City U, apartamentos para estudiantes y profesores, en el vértice superior del Eje Ambiental, cerca a Los Andes


La obra se ubica en el comienzo del Eje Ambiental o antigua avenidas Jiménez, en la calle 19 con carrera 3, donde anteriormente se pensaba edificar el Centro Cultural Español, desechado luego de la recesión europea.


Por allí están surgiendo interesantes propuestas de vivienda  en altura, dodne hace cuatro décadas no veían edificios altos de apartamentos como no fueran las Torres de Fenicia, el Barichara, Procoil, el Emperador, las horribles Torres Blancas y los multifamiliares Jiménez de Quesada.


City U está formado por tres torres de 31, 27 y 21 pisos, con capacidad para cerca de 1.800 estudiantes de pregrado, posgrado y profesores. Contempla apartamentos de una a cuatro habitaciones amobladas, con servicios de  limpieza, internet y TV por cable.


Una de las torres será arrendada directamente por la universidad y tendrá 600 camas en dormitorios para la comunidad académica.


“El proyecto nos ayudará a que vengan personas de todas las regiones del país, estudiantes internacionales y aquellos de nuestro programa ‘Quiero estudiar’, que beneficiará la movilidad de nuestro plantel, al vivir cerca de la universidad”, afirmó el rector de los Andes, Pablo Navas.





U City ocupa la manzana en la que iba a estar el Centro
Cultural Español


La iniciativa tiene entre sus fines participar en la renovación del centro de Bogotá. (5)


A ello se sumarán los edificios que se construyen en inmediaciones de la Biblioteca Nacional y las universidades Jorge Tadeo Lozano y Central.


Ahora hablemos del norte de la ciudad, adonde se ha desplazado en las últimas tres décadas gran parte de la actividad empresarial, profesional y comercial de Bogotá.


En la esquina noroccidental de la carrera 7ª con 100, frente a los cerros, donde comienza el área militar del Cantón  Norte y cerca de uno de los nuevos polos de desarrollo de oficinas, empezó a construirse América Centro de Negocios. (4)





América Centro de Negocios, en la 7a con 100 
 


En este sitio existió un viejo barrio obrero, El Pedregal, y se decidió allí un plan de renovación, luego de la larga tarea de compra de predios.


En el inmenso lote se construyen dos torres de 20 y 32 pisos. Pero no se trata de un simple proyecto inmobiliario. En este caso bajo las torres estará una estación de Transmilenio, del Sistema Integrado de Transporte (SITP) y de un futuro tren ligero, razón por la cual se trabaja en una excavación profunda con maquinaria de última tecnología de la firma Galante.


Y por si fuera poco, para desembotellar la zona, el puente vehicular de la 100, que gira hasta llevar el flujo de vehículos a la 7ª en sentido norte, será demolido y reemplazado por otro de mayores dimensiones.


América Centro de Negocios incluye un área comercial y una plaza pública. Serán aproximadamente 85.000 metros cuadrados.


La primera torre tiene 20 niveles y estará situada en la esquina de la calle 100 con la carrera 8ª B.


La segunda, de 30 niveles, será sobre la carrera 7ª en el cruce con la calle 102. (6)


El proyecto incluye auditorio con capacidad para 550 personas, gimnasio y helipuerto.


Todos estas obras pueden generar un efecto positivo –un círculo virtuoso, llamaría el presidente Santos– de renovación de Bogotá, dadas sus grandes dimensiones.


No puede sino celebrarse que se hagan inversiones tan ambiciosas y audaces para quienes estamos acostumbrados a no verlas con frecuencia. Preocupa, eso sí, que algunas de estas iniciativas se hagan con la misma infraestructura, las mismas redes y el mismo amoblamiento urbano, como sin prepararse, pues  podría ser peor el remedio que la enfermedad.

 

Notas