viernes, 6 de junio de 2014

Casas inglesas


Convertidas en parte del paisaje urbano de Bogotá, las llamadas casas inglesas fueron parte de  una clase acomodada que en la primera mitad del siglo XX creyó diferenciarse y sobresalir asumiendo ese estilo británico que buscaba alejarse del pasado español de la colonia.



No tenemos datos de esta céntrica construcción, británica
 a más no poder. (Calle 16 con cra. 9a) Quizá fuera de las primeras
 

Se trata del Tudor y en ciertos casos Tudorbethan o lo que se denominó Tudor Revival Style, alginas veces con notas neogóticas y las tradicionales bay windows.

Este fenómeno no fue en América Latina exclusivo de Bogotá. En Santiago de Chile, por ejemplo, abundan ejemplos de esta arquitectura y también en las costumbres de la clase dirigente hizo carrera la afición por el estilo, así como en Buenos Aires o Rio de Janeiro florecieron clubes de hombres a la inglesa.



Dos ángulos de la casona de la calle 69 con cra. 8a.
 

 
Entre nosotros, los estudiosos consideran que las casas inglesas llegaron con la firma Casanovas y Mannheim, formada por los arquitectos chilenos Julio Casanovas, Raúl Mannheim y Arnoldo Michaelsen. Aunque hay otra corriente que atribuye el origen de nuestro estilo inglés al hecho de que los viajeros que llegaban a Gran Bretaña lo hacían por el puerto de Southampton, de donde tomaban apuntes sobre los adustos pero elegantes chalets ingleses, para luego aplicarlos en territorio colombiano.


Esta casa de clase media ubicada en la parte occidental de Chapinero comprueba que el estilo inglés bogotano no fue necesariamente elitista


Fue a finales de la década de 1930 cuando aparecieron en la capital colombiana los primeros ejemplos.

Firmas de construcción locales adoptaron prontamente el estilo que se propagó por barrios como La Merced, Teusaquillo, La Magdalena, Palermo, Marly, El Nogal, El Retiro, Rosales, La Cabrera, el propio centro capitalino e inclusive el hoy devastado sector de Santa Fe. En unos casos son calles enteres de casas inglesas; en otros, construcciones aisladas.

Sede de estudios políticos en Quinta Camacho

Y un aspecto interesante del tema es el surgimiento, a la par con la aparición de las construcciones, de toda una serie de expertos en carpintería, herrería, forja, remates de piedra y escudos tallados, además de distribuidores de porcelana sanitaria importada.

“Muy british”, se diría de este estilo de vida, que en el caso bogotano combinó a las mil maravillas con las variedades botánicas implantadas en la Sabana de la ciudad,  de cielo gris, fría y lluviosa como una especie de Londres del trópico.


Conjunto hoy dedicado a fines educativos en
Teusaquillo. Arq. Casanovas y Mannheim

Y es que las clases altas siempre quisieron parecerse a las inglesas, como más tarde quisieron parecerse a los norteamericanos.

Un viajero británico, Christopher Isherwood,  no se expresó muy bien de estas clases inglesas.
Casa extraviada en la calle 18 con cra 15. Tras
servir como destino deplorable, quedó en abandono

El escritor, que vivió varias semanas en Bogotá en 1947, después de viajar por Europa y Norteamérica, se declaró impresionado por la cantidad de librerías de Bogotá. Sin embargo calificó las casas Tudor bogotanas como "espurias" y las clasificó entre “las más feas de su clase en el mundo".


Edificio en barrio Palermo. Obra de
José María Montoya Valenzuela 

La Merced, sitio situado a un lado del Parque Nacional, en las faldas del centro oriente bogotano,  un sector que es el de casas inglesas de Bogotá por excelencia.

La zona conserva el nombre de la finca de los religiosos jesuitas y surgió en 1944, cuando José María Piedrahita adquirió los terrenos para el desarrollo urbanístico. Parte de la propiedad se destinó al Colegio San Bartolomé La Merced, edificado por la compañía Trujillo Gómez y Martínez Cardenas, que tuvimos oportunidad de analizar hace algunos meses.




Este barrio de siete manzanas tuvo un atractivo especial, al quedar rodeado por el Parque Nacional, lo que se acentuó su toque británico. La Merced se conserva casi integralmente.

El sector fue levantado principalmente por Wiesner y Compañía, aunque también participaron firmas como Ospinas, Manrique Martín y Child Dávila.

Un anuncio publicado hacia 1944 afirmaba que La Merced es “el barrio que dará la ley en belleza, confort, higiene, elegancia”. (2)

Entre las construcciones más destacadas sobresale la casa de Benjamín Moreno, que hace esquina en la carrera 7 con 36. También la del fallecido político Germán Zea Hernández, de Manrique Martín, en la parte alta.


Esta casa se conserva en magnifico estado frente al 
parque Getulio Vargas en La Magdalena, carrera 17 con calle 38
Algunas de estas viviendas fueron utilizadas como locación de filmes que requerían de ambientes londinenses, como María, en los años 70. Desde los años 80 aparecieron instituciones universitarias que dan vida al área, como el Cesa.



En el sector no faltan construcciones “intrusas”, como un pequeño edificio de Enrique Triana, la casa que perteneció a Jaime Michelsen Uribe (Serrano Camargo) y la modernísima sede conocida como Casa del Cine, por albergar a dependencias dedicadas al séptimo arte, que tiene referencias a Frank Lloyd Wright. Con todo, esta última (1938) es obra de Ignacio Martínez Cárdenas, quien diseñó numerosas casas del llamado estilo inglés situadas en las inmediaciones del Parque Nacional, Teusaquillo, Quinta Camacho y otros sectores.

Casa remodelada con fines comerciales
en el sector del Gimnasio Moderno

Hoy en día no podría imaginarse a Bogotá sin su pasado “inglés”. La fiebre demoledora de los 70 y 80 dio al traste con ejemplos irremplazables. Algo de ese pasado queda y es obligación velar por su mantenimiento y supervivencia.
 

Notas

(1)  Isherwood, Christopher, "El cóndor y las vacas". Random House, Nueva York, 1948,  en Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 7, Volumen XXIII, 1986.

(2)  Ospinas. 75 años. Molina Londoño, Luis Fernando et al. Ospinas, Zona, Bogotá 2008. Pag. 69
 

 

 
Esta mansión de la 70 con 9a, en excelente estado de
conservación, recuerda granjas de campiñas europeas
 
 
 

 

 

 

 

 
 

 
 

 
 
 
 

miércoles, 16 de abril de 2014

Urbanidad y urbanistas (9) Tras las huellas de Alfredo Rodríguez Orgaz

Los habitantes de Bogotá hemos visto muchas veces la Catedral Primada y podríamos pensar que las dos torres de la iglesia mayor fueron siempre así. También –aunque menos– conocemos los edificios del Banco de la República y de la Academia de la Lengua.

Detrás de ellos está  una especie de eslabón desconocido que dejó honda huella en el urbanismo de Colombia en los años 40, 50 y 60, el español Alfredo Rodríguez Orgaz, nacido en Madrid en 1907 y quien llegó a Bogotá en 1939 huyendo de la Guerra Civil.

Alfredo Rodríguez Orgaz (Foto publicada por El Tiempo)

De Rodríguez Orgaz sabíamos exactamente eso. Que dirigió la remodelación de las torres de la Catedral y que fue el autor de la  sede de la Academia Colombiana y del edificio del Banco de la República, que remplazó al Hotel Granada en la intersección de la carrera Séptima con avenida Jiménez. Pero quizá teníamos de él una idea negativa, influenciada por críticas gratuitas propagadas en el medio local, como por ejemplo que ese edificio del emisor no tenía valor o que era simplemente una muestra de arquitectura fascista.




Las torres de la catedral eran diferentes hasta 1948

Gracias a una de las más recientes ediciones del Boletín Bibliográfico y Cultural del Banco de la República –entidad a la que sirvió Orgaz durante su estancia en Colombia– pudimos completar un cuadro completo de su carrera, que por lo demás resulta interesante.

Allí el también arquitecto Luis Fernando Carrasco Zaldúa cuenta que la gestión de la Asociación Pro Rescate de Archivos de Arquitectura (Apraa), fundada por él mismo, logró hacerse a la colección de documentos de Rodríguez Orgaz, que se hallaba en España, para el Archivo Histórico del Banco. (1)

Alfredo Rodríguez Orgaz fue uno de los arquitectos españoles que llegaron a Suramérica en lo que los estudiosos llaman “arquitecturas del exilio español”.

Graduado en 1930 en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid,  perteneció al Gatepac (Grupo de Artistas y Técnicos Españoles para el Progreso de la Arquitectura Contemporánea) y trabajó con el arquitecto vasco Secundino Zuazo.

Tras un tiempo en Yugoslavia como diplomático, al caer el gobierno republicano español, Rodríguez Orgaz tuvo que exiliarse en París, donde también se encontraba Zuazo, a quien le fue ofrecido trabajo en Colombia.






Edificio de apartamentos en la cra. 5a. con 
calle 13, a un lado de la Biblioteca Luis Ángel Arango
 
 

Eran los tiempos del presidente Eduardo Santos, quien apoyó a los republicanos y les facilitó el exilio en Colombia. Zuazo, a quien el embajador colombiano, Gregorio Obregón, le ofreció trabajo en Bogotá, no aceptó, pero en su lugar propuso a Alfredo Rodríguez Orgaz.

A partir de entonces comenzaría una larga relación de Rodríguez Orgaz con Colombia, que terminó en 1972, cuando regresó a Madrid, ciudad en la que murió en 1994.




Academia Colombiana, una de las obras emblemáticas


En Bogotá el arquitecto trabajó en Ingecon, firma fundada por el también español Enrique García-Reyes,  y en Child Dávila, Luzardo y Cia.

De esta asociación (1941) es el trabajo de rediseño del edificio Pedro A. López (luego Federación de Cafeteros y hoy Ministerio de Agricultura), como lo atestigua una placa apenas visible en el muro de la esquina de la avenida Jiménez con carrera Octava. Ese edificio había sido construido por Robert Farrington y la ampliación de la Jiménez obligó a modificarlo.



Pero lo que marcaría a Rodríguez en Colombia sería la relación con el banco central. De esa época quedan numerosas obras, como la casa de la hemeroteca del banco, que ahora alberga la Colección Botero y que fue construida en reemplazo del palacio arzobispal y la nunciatura, destruidos el 9 de abril de 1948. Allí también funcionó por algún tiempo el Consejo de Estado.

Por encargo del banco, el arquitecto Rodríguez Orgaz diseño o reformó varias de las sedes en ciudades como Barranquilla, Cúcuta, Girardot y Buenaventura; planeó la sede administrativa de las salinas de Zipaquirá, y –atérrense–, fue uno de los autores de­ la primera Catedral de Sal.

También construyó el edificio de apartamentos encargados por Federico Lleras Restrepo (carrera 5ª. con 12), y el Instituto del Carmen (hoy Colegio Champagnat, La Magdalena).


Patio de San Bartolomé

Dos de sus obras más destacadas, a nuestro juicio, son el palacio cardenalicio que renovó la esquina suroriental de la Plaza de Bolívar y el patio de San Bartolomé, una plazuela que resultó de descubrir la esquina adyacente.
 





 
 


Distintas vistas del Palacio arzobispal









Son también creaciones de Alfredo Rodríguez Orgaz la iglesia de San Alfonso María de Ligorio, con notables influencias escurialenses, localizada en el barrio de la Soledad, sobre la avenida 28, cuyo interior fue decorado con parte de los ornamentos de la iglesia de Santa Inés, demolida en los años 50 para permitir la ampliación de la carrera Décima.

Igualmente diseño el edificio del Instituto Caro y Cuervo en la hacienda de Yerbabuena, en la Sabana de Bogotá.
 
Más recientes y de poco antes de dejar a Colombia, son trabajos como la Academia Colombiana, en la carrera Tercera con Jiménez, hecha para sustituir de la que existió en la Séptima, demolida para poder ampliar la calle 19; el Liceo Francés (calle 87 con Octava) y varias residencias particulares.


Sede del emisor que en los 50 reemplazó al Hotel Granada

Poco se habla hoy de Rodríguez Orgaz al hablar de urbanismo en Colombia, acaso por algo de chauvinismo. Pero la tarea realizada en las dos temporadas que vivió en Colombia, en tres décadas, nos hablan de un profesional que dejó  un recorrido importante, principalmente en Bogotá, y eso basta para preservar su memoria.

(1)  Carrasco Zaldúa, Luis Fernando. Alfredo Rodríguez Orgaz y su archivo de arquitectura, en Boletín Cultural y Bibliográfico. Bol. 46 Num. 83. 2012

 
 



Embajada de Ecuador, típica residencia de R. Orgaz en el barrio Chicó

 

 
 
 

 

 

 

 

 
 
 
 

miércoles, 12 de febrero de 2014

La burla eterna del SITP



 
Quienes llevamos toda la vida soñando con que nuestra ciudad tenga un modelo de transporte urbano digno y eficiente comenzamos a ver grandes cambios y avances cuando comenzaba el nuevo milenio y era alcalde Enrique Peñalosa, cuando circularon los primeros buses con fuelle intermedio de Transmilenio.

Esos gusanos rojos, similares a los que se veían en Madrid o Moscú, empezaron a circular por algunas arterias, en ese tiempo en que la ciudad conoció avances que ahora anhelamos y que están siendo anulados, por la corrupción primero, y ahora por la ineficacia y la mala gestión.

Transmilenio era parte apenas de un esquema ambicioso y completo que aún hoy en día se está implementando. De tal magnitud es la tarea de Peñalosa, que todavía se sigue construyendo sobre las bases que sentó su administración.

Y dentro de ese plan iban las troncales de Transmilenio por todas las grandes vías de la ciudad –pocos lo saben–, como la avenida Boyacá, la carrera Séptima, la avenida 68, en fin. Todo ello dentro de inversiones razonables que aconsejaban no embarcarse en la construcción del Metro por complejo y costoso.

Finalmente, para coronar la labor, se planteaba la desaparición gradual de los viejos buses de propiedad de los transportadores privados y su obsoleto modelo  de operación, basado en el capricho de los propietarios y el libertinaje de los choferes.

Nacería entonces el sistema de autobuses nuevos, capaces de reducir las elevada contaminación de la ciudad; con colores uniformados, para contribuir a mejorar la estética urbana, afeada por tantos carromatos de todos los colores; con rutas racionales –no solo las que sean negocio–, estaciones y paraderos fijos, y funcionamiento por medio de tarjetas electrónicas, para poner fin a la guerra del centavo y al trabajo inmisericorde de los choferes sin prestaciones. 

Se trataba del Sistema Integrado de Transporte Público, en el que se mezclaban Transmilenio y los citados autobuses nuevos con la sigla SITP.
 

Son cinco servicios: Troncal (buses de color rojo de Transmilenio, articulados, que pueden llevar 160 pasajeros; y biarticulados, para 260 pasajeros, que van por las troncales, Alimentador (verde, para 90 personas, que conectan barrios con portales), Urbano (azul, microbuses, busetas, busetones y buses de 19, 40, 50 y 80 pasajeros, respectivamente), Complementario (buses y busetas naranja, de 80 y 50 pasajeros) y Servicio Especial (microbuses de color vino tinto, zonas periféricas).



Todo iba al compás de un cronograma y en 2013 ya debía estar el SITP casi implantado.

No contábamos los bogotanos con que la ciudad caería en manos de  incompetentes, que solo se ocupan de la política y lucha de clases, a quienes  sencillamente le quedó grande el puesto.

El regente capitalino pensó –es solo un decir– que al llegar al despacho podía hacer tabla rasa de todo lo que habían programado sus antecesores y plantear a su antojo modelos de transporte por aquí y por allá: en lugar de buses, Metro; en lugar de tren de cercanías, tranvía; en vez de Avenida Longitudinal de Occidente, corredores ecológicos. Pensaron que al llegar a la alcaldía, temas como el SIP podían hacerse a un lado.



Pero el SITP es parte del Plan Maestro de Movilidad, reglamentado por el decreto 319 de 2006, que tiene vigencia por veinte años. Es decir, que su implementación es cosa seria.

Este esquema empezó a aparecer tímidamente en 2013 por medio de Urbanos de color azul y más tarde los primeros Complementarios de color naranja.

 


Al principio los buses circulaban vacíos en un evidente gasto de gasolina sin sentido y muchos de ellos se varaban con frecuencia y eran remolcados por grúas, desprestigiando el sistema, que en parte utiliza vehículos viejos repotenciados.

Se pensaba que eran ajustes y se propuso el mes de abril de 2014 como fecha límite para que estuviera funcionando el SITP. Se entiende que para entonces deberían estar fuera y chatarrizados los buses viejos y cubiertas todas las zonas de la ciudad con los nuevos vehículos.

Pero no. Esa fecha, como tantas otras de estos tiempos,  tampoco se cumplirá.

A finales de 2013, la Contraloría Distrital presentó un informe en el que advirtió que había fallas en materia de información, tarjetas de pago, paraderos y frecuencias de las rutas, aparte de problemas de costos y pérdidas económicas.

Según ese organismo, entre junio del 2012, cuando los buses azules comenzaron a operar, hasta agosto de 2013, sólo se logró recuperar el 24 % de los costos del sistema.
 
Y algo más, se esperan para abril de 2014 más de 9 mil vehículos en  funcionamiento pero los que están andando, según la Contraloría,  no llegan a 2 mil.

De acuerdo también con la misma dependencia, se debían chatarrizar 7.650 buses y busetas y solo se ha hecho con 1.904.



Los responsables del sistema aseguran que éste a febrero de 2014 está operando en más de un 50 por ciento. Y mucho se ha logrado con la unificación de las tarjetas inteligentes rojas de TM y las verdes del SITP, así como su validez en las entradas a las estaciones, así como con la puesta en operación de los buses duales rojos y grises (una especie de Transmilenio chiquito) que circulan por la carrera Séptima y sirven tanto para estaciones de TM como para los paraderos tradicionales.

Pero expertos como Eduardo Behrentz, decano de  Ingeniería de la Universidad de los Andes, consideran que el avance del SITP sencillamente es de cero. ¿Por qué? Porque mientras sigan operando los buses viejos y los bogotanos dependiendo de su mal servicio, no puede hablarse de operación del SITP.

A veces parece que Bogotá está condenada a otros cien años de mal servicio de transporte, cuando está tan cerca de poder tener un modelo que revolucionaría la vida de 7 millones de habitantes y sería otro ejemplo de progreso digno de copiar en otros países.

 

 

 

 

 
 
 
 

viernes, 7 de febrero de 2014

Embajadas en Colombia

Las casas de los embajadores pueden ser uno de los submundos fascinantes ocultos dentro de las ciudades. Desde los tiempos de la infancia, las residencias diplomáticas parecían decirnos algo de cada país, de su riqueza y cultura. Y ello sucede igual en Washington que en París, en Brasilia que en Tokio, en El Cairo que en Madrid.

Así por ejemplo, las sedes diplomáticas estadounidenses usualmente muestran grandes despliegues de seguridad, las europeas algo de la grandeza de antiguos imperios, las de países lejanos parecen exóticas –Japón, por ejemplo–, las hay misteriosas –Rusia y Cuba en algún tiempo– u ostentosas, como las de ciertos países del Medio Oriente. Y de nuestras vecinas y hermanas repúblicas vemos en sus embajadas el deseo de emular con los poderosos y rodear de esplendor la misión que ocupan temporalmente los que conquistan las mieles de la diplomacia y disfrutan de años sabáticos en el exterior.

Bogotá no es la excepción y desde el siglo pasado se destacaron sectores de la ciudad favoritos para establecer las casas de embajada, que se mantienen a grandes rasgos en la actualidad.

Casa de Ecuador. Obra del español Alfredo Rodríguez Orgaz.
 

Intentamos acercarnos al origen de las casas de embajadas en nuestra ciudad y si bien la historia no está escrita, hay material valioso para  esa asignatura pendiente.

En algunos casos  hay que diferenciar la sede de la Embajada y la residencia del embajador. Nos dedicaremos casi exclusivamente a las casas residenciales

Sobre el tema, Villegas Editores publicó hace seis o siete años un volumen sobre Casas de Embajadas en Washington D.C.

Y por cierto Estados Unidos tiene mucho que mostrar en casas diplomáticas. Su embajada en La Haya es obra de Marcel Breuer y la de ese país en Atenas estuvo a cargo de Walter Gropius. (1)

Nuestra propia Colombia, por ejemplo, tiene anécdotas interesantes en la materia. Basta citar la embajada en Brasilia, obra del arquitecto caleño César Barney, establecido en esa ciudad hace muchos años, y localizada en el llamado “Setor de Embaixadas”, al lado de la de Venezuela y las restantes.

Pero sin alejarnos, a finales del siglo XIX había en Bogotá un buen número de consulados y legaciones, como se llamaban entonces las embajadas. Por entonces las dependencias oficiales eran precarias y modestas, y los viajeros anotaban que ni siquiera había una sede digna para los mandatarios, cuya casa recibía el pomposo nombre de palacio.

El Atlas Histórico de Bogotá, que conocimos por su autor, Alberto Escovar, ofrece las direcciones exactas de una docena de sedes extranjeras, pero no se precisa si eran solo oficinas o incluían la vivienda de los diplomáticos. (2)


El diario El Tiempo publicó esta imagen de la Legación
Británica en la Belle Epoque. No ubicamos el lugar de la mansión 
El Atlas señala las direcciones exactas de las misiones en 1891, todas en el centro histórico de la ciudad, lo cual nos permite ubicarnos en  el lugar.

Así por ejemplo, la de Alemania quedaba en la 8ª con 13, donde hoy hay un edificio de parqueaderos; la de España en San Victorino, la de Estados Unidos en la 7 con 13, donde ahora hay almacenes de ropa y zapaterías, la de Francia en la 16 con 9ª, donde hoy se venden discos y libros piratas en el espacio público; y la legación inglesa en la carrera 10ª con 10ª, sitio arrasado para ampliar la avenida 10ª frente a San Victorino.

Alcides Arguedas, cuyo libro “La danza de las sombras” es un verdadero retrato de los colombianos de comienzos del siglo pasado, vivió en un hotel del centro bogotano (Hotel del Pacífico) mientras fue ministro (embajador) de Bolivia en un año crucial en el que terminó el gobierno de Abadía Méndez (y con él la Hegemonía Conservadora– y empezó la República Liberal con Enrique Olaya Herrera.

La costumbre de residir en hoteles, pensiones y hostales era habitual entonces entre los diplomáticos, El mismo Arguedas relata que en el hotel coincidió con el poeta Guillermo Valencia y con otros diplomáticos. (3)

Por tradición el cuerpo diplomático tiene como decano al nuncio apostólico y su casa, es decir, la Nunciatura ha sido una sede de importancia. Aún lo es pero el 9 de abril de 1948,  cuando quedaba en la calle 11 con carrera Cuarta, fue incendiada y quedó reducida a escombros.

El esplendor de las casas de embajada vendría en los años 40. Los bogotanos acaudalados emigraron hacia el norte y las embajadas siguieron el mismo curso y de igual manera terminaron en amplios y confortables chalets de estilos que iban desde el Tudor hasta el moderno.

Con todo, muchas veces las embajadas no fueron construidas de nueva planta, sino que las casas de personalidades o de los ricos terminaban siendo adquiridas por otros gobiernos para destinarlas a residencias de sus embajadores.

Era una época en la que los grandes empresarios se destacaban por sus casas de generosos espacios y diseños.


Aquí estuvo la Embajada de Ecuador

Y así  sobresalieron varias zonas, que enseguida revisamos, sin ser exhaustivos.

En los 50 hubo residencias de embajadas en la avenida Caracas, como la de Brasil, ahora sede universitaria, o la de Ecuador, en una casa que ha tenido varios cambios de destinación.

Casa de los embajadores de Italia

Otro punto de encuentro de moradas diplomáticas está en la carrera Séptima entre 77 y 85, zona de embajadas como las de Italia, España, Perú y Venezuela.

La de los embajadores de Venezuela, también de Herrera Carrizosa

En los altos del barrio Los Rosales, están o estaban las de Estados Unidos, Rusia y China. Y otro punto de encuentro, también en Rosales, es el de la carrera 4ª con 74 (Brasil, Suecia y Chile).
 
 
Uno de los puntos de esplendor –aún algo se conserva– fue el de la avenida 87 entre 8a. y 10,  donde coincidían las casas de los embajadores de Francia, Holanda y Gran Bretaña, y en una época la de México.
 

La casa del Embajador de España, situada en la carrera Séptima no. 78-01, obra del arquitecto Manuel de Vengoechea, fue de Gregorio Obregón, un empresario barranquillero que además de la empresa familiar de tejidos, fue directivo de la cervecería Germania y  de Avianca, y alcalde de Bogotá en 1949, además de miembro de numerosas juntas directivas.


La casa del embajador de España fue de propiedad del 
empresario Gregorio Obregón y la construyó Vengoechea
Como hemos reseñado en otra ocasión, a ésta mansión se le subió hacia 1977 la tapia que la circundaba, cuando comenzaron los problemas de seguridad de este país y se amplió la vía, cercenándole parte del antejardín. Además, fueron talados dos grandes pinos que había en el andén. Más recientemente se dañó un poco la fisonomía de la casa con  vidrios blindados, una garita de vigilancia, concertinas y cámaras de TV.



Guillermo Herrera Carrizosa construyó varias de las grandes residencias bogotanas que hoy alojan casas de embajadas. Entre ellas las casas de dos de los hermanos Salazar Grillo, que pasaron a mediados del siglo pasado a ser el Club del Comercio y la residencia de la Embajada de Venezuela, respectivamente.

La actual sede del Club del Comercio fue alguna vez Embajada
de Rusia y antes residencia de la familia Salazar
 
También de su propia residencia, ahora sede del Jockey Club de Bogotá, en la carrera 4a. con calle 72.

Al lado de la casa de Guillermo Herrera y frente la una de la otra, las bellas casas de Jorge Camacho Reyes, actual embajada de Brasil, y la casa de Salvador Camacho Reyes, embajada de Suecia, de estilos muy diferentes.


Residencia del Embajador de Brasil, una de las tres
 obras de Herrera Carrizosa en la carrera 4 con calle 74
 
Como decíamos la Embajada de Ecuador tuvo en los años 70 del año pasado como residencia una de las tres casas  del arquitecto  Manuel de Vengoechea, construidas para las hijas de don Leo Kopp. Fue en los años 70 del siglo pasado Embajada de Ecuador, que ahora se encuentra en la carrera 10ª con calle 94.

Y como anticipábamos, dos de las más grandes casas dedicadas a esta función fueron obra de Guillermo Herrera. Se trata de la de Venezuela, en la Séptima con 85, que también fue tocada por la ampliación de la avenida hace 35 años; y la de Rusia, que en 1948, cuando Colombia rompió con Moscú, cambio de uso para ser el Club del Comercio, en la misma avenida a la altura de la calle 62.

La casa del Perú, de Víctor Schmid, también sufrió por la
ampliación de la Séptima. Ahora se utiliza para las oficinas

La Embajada de Perú  estuvo hasta hace unos años en la casona de la Séptima con 80 diseñada por Víctor Schmid, a la cual también le pasó por las narices la ampliación de la avenida en 1978. Ahora están allí las oficinas y el embajador se fue a vivir en lo alto del Chicó.

La casa del embajador de Francia, literalmente afrancesada y construida en la 87 con 9ª, es obra de Manuel de Vengoechea. Muy cerca de allí está la de los Países bajos, con frontis y columnas.

Y al final de esta calle señorial y sombreada, la de Gran Bretaña, que es tal vez una de las más grandes y suntuosas. Ocupa una manzana entera, fue diseñada por Vengoechea y perteneció al político Camilo De Brigard Silva, secretario de la IX Conferencia Panamericana que deliberaba en Bogotá cuando ocurrieron los hechos del 9 de abril de 1948.


Corte y estado actual de la casa de la Embajada de Gran Bretaña
 
Una residencia de embajada que alcanzamos a conocer en pie antes de ser demolida era la de Canadá, en la carrera 13 con 91. Fue demolida para levantar una edificio de apartamentos de Luis Restrepo.
 
La casa de Japón es reciente y se edificó sobre una
hermosa mansión de los 70, que fue demolida
 
Ojalá no ocurra eso con la de Argentina, que sobrevive rodeada de edificios en una sinuosa calle de Rosales, carrera 1ª. con 70, cerca del lecho de la quebrada La Vieja y que entre sus comodidades tiene una piscina.


Residencia moderna del Embajador
de Chile, también en Rosales
 
Hubiéramos querido detenernos en la Embajada de Estados Unidos, que queda en Rosales y cuyos linderos dan hacia la avenida Circunvalar, en la parte oriental, y hacia la carrera 4ª al occidente. No es fácil obtener datos de esta amplia sede, por elementales razones de seguridad.
 

Casa del embajador de EEUU, un 4 de julio

 
Notas

(1) Loeffler, Jane C. The Architecture of Diplomacy: Building America's Embassies. Princeton Architectural Press. New York, 1998.
 
(2) Escovar, Alberto et al, Atlas Histórico de Bogotá 1538-1910. Editorial Planeta, Bogotá, 2004.

(3) Arguedas, Alcides. La danza de las sombras. Banco de la República, Bogotá, 1982.