Las casas de los embajadores pueden ser uno de los submundos fascinantes
ocultos dentro de las ciudades. Desde los tiempos de la infancia, las
residencias diplomáticas parecían decirnos algo de cada país, de su riqueza y
cultura. Y ello sucede igual en Washington que en París, en Brasilia que en
Tokio, en El Cairo que en Madrid.
Así por ejemplo, las sedes diplomáticas estadounidenses usualmente
muestran grandes despliegues de seguridad, las europeas algo de la grandeza de
antiguos imperios, las de países lejanos parecen exóticas –Japón, por ejemplo–,
las hay misteriosas –Rusia y Cuba en algún tiempo– u ostentosas, como las de ciertos
países del Medio Oriente. Y de nuestras vecinas y hermanas repúblicas vemos en
sus embajadas el deseo de emular con los poderosos y rodear de esplendor la
misión que ocupan temporalmente los que conquistan las mieles de la diplomacia
y disfrutan de años sabáticos en el exterior.
Bogotá no es la excepción y desde el siglo pasado se destacaron
sectores de la ciudad favoritos para establecer las casas de embajada, que se
mantienen a grandes rasgos en la actualidad.
Intentamos acercarnos al origen de las casas de embajadas en nuestra
ciudad y si bien la historia no está escrita, hay material valioso para esa asignatura pendiente.
En algunos casos hay que
diferenciar la sede de la Embajada y la residencia del embajador. Nos
dedicaremos casi exclusivamente a las casas residenciales
Sobre el tema, Villegas Editores publicó hace seis o siete años un
volumen sobre Casas de Embajadas en Washington D.C.
Y por cierto Estados Unidos tiene mucho que mostrar en casas
diplomáticas. Su embajada en La Haya es obra de Marcel Breuer y la de ese país
en Atenas estuvo a cargo de Walter Gropius. (1)
Nuestra propia Colombia, por ejemplo, tiene anécdotas interesantes en
la materia. Basta citar la embajada en Brasilia, obra del arquitecto caleño
César Barney, establecido en esa ciudad hace muchos años, y localizada en el
llamado “Setor de Embaixadas”, al lado de la de Venezuela y las restantes.
Pero sin alejarnos, a finales del siglo XIX había en Bogotá un buen
número de consulados y legaciones, como se llamaban entonces las embajadas. Por entonces las dependencias oficiales eran precarias y modestas, y los viajeros anotaban que ni siquiera había una sede digna para los mandatarios, cuya casa recibía el pomposo nombre de palacio.
El Atlas Histórico de Bogotá, que conocimos por su autor, Alberto
Escovar, ofrece las direcciones exactas de una docena de sedes extranjeras,
pero no se precisa si eran solo oficinas o incluían la vivienda de los
diplomáticos. (2)
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El diario El Tiempo publicó esta imagen de la Legación Británica en la Belle Epoque. No ubicamos el lugar de la mansión |
El Atlas señala las direcciones exactas de las misiones en 1891, todas
en el centro histórico de la ciudad, lo cual nos permite ubicarnos en el lugar.
Así por ejemplo, la de Alemania quedaba en la 8ª con 13, donde hoy hay
un edificio de parqueaderos; la de España en San Victorino, la de Estados
Unidos en la 7 con 13, donde ahora hay almacenes de ropa y zapaterías, la de
Francia en la 16 con 9ª, donde hoy se venden discos y libros piratas en el
espacio público; y la legación inglesa en la carrera 10ª con 10ª, sitio
arrasado para ampliar la avenida 10ª frente a San Victorino.
Alcides Arguedas, cuyo libro “La danza de las sombras” es un verdadero retrato
de los colombianos de comienzos del siglo pasado, vivió en un hotel del centro
bogotano (Hotel del Pacífico) mientras fue ministro (embajador) de Bolivia en un año crucial en el
que terminó el gobierno de Abadía Méndez (y con él la Hegemonía Conservadora– y
empezó la República Liberal con Enrique Olaya Herrera.
La costumbre de residir en hoteles, pensiones y hostales era habitual
entonces entre los diplomáticos, El mismo Arguedas relata que en el hotel
coincidió con el poeta Guillermo Valencia y con otros diplomáticos. (3)
Por tradición el cuerpo diplomático tiene como decano al nuncio apostólico y su casa, es decir, la Nunciatura ha sido una sede de importancia. Aún lo es pero el 9 de abril de 1948, cuando quedaba en la calle 11 con carrera Cuarta, fue incendiada y quedó reducida a escombros.
El esplendor de las casas de embajada vendría en los años 40. Los
bogotanos acaudalados emigraron hacia el norte y las embajadas siguieron el
mismo curso y de igual manera terminaron en amplios y confortables chalets de
estilos que iban desde el Tudor hasta el moderno.
Con todo, muchas veces las embajadas no fueron construidas de nueva
planta, sino que las casas de personalidades o de los ricos terminaban siendo
adquiridas por otros gobiernos para destinarlas a residencias de sus embajadores.
Era una época en la que los grandes empresarios se destacaban por sus
casas de generosos espacios y diseños.
Y así sobresalieron varias zonas,
que enseguida revisamos, sin ser exhaustivos.
En los 50 hubo residencias de embajadas en la avenida Caracas, como la
de Brasil, ahora sede universitaria, o la de Ecuador, en una casa que ha tenido
varios cambios de destinación.
Otro punto de encuentro de moradas diplomáticas está en la carrera
Séptima entre 77 y 85, zona de embajadas como las de Italia, España, Perú y
Venezuela.
En los altos del barrio Los Rosales, están o estaban las de Estados
Unidos, Rusia y China. Y otro punto de encuentro, también en Rosales, es el de
la carrera 4ª con 74 (Brasil, Suecia y Chile).
Uno de los puntos de esplendor –aún algo se conserva– fue el de la
avenida 87 entre 8a. y 10, donde
coincidían las casas de los embajadores de Francia, Holanda y Gran Bretaña, y
en una época la de México.
La casa del Embajador de España, situada en la carrera Séptima no.
78-01, obra del arquitecto Manuel de Vengoechea, fue de Gregorio Obregón, un
empresario barranquillero que además de la empresa familiar de tejidos, fue directivo de la
cervecería Germania y de Avianca, y
alcalde de Bogotá en 1949, además de miembro de numerosas juntas directivas.
La casa del embajador de España fue de propiedad del empresario Gregorio Obregón y la construyó Vengoechea |
Como hemos reseñado en otra ocasión, a ésta mansión
se le subió hacia 1977 la tapia que la circundaba, cuando comenzaron los
problemas de seguridad de este país y se amplió la vía, cercenándole parte del
antejardín. Además, fueron talados dos grandes pinos que había en el andén. Más
recientemente se dañó un poco la fisonomía de la casa con vidrios blindados, una garita de vigilancia, concertinas
y cámaras de TV.
La actual sede del Club del Comercio fue alguna vez Embajada de Rusia y antes residencia de la familia Salazar |
También de su propia
residencia, ahora sede del Jockey Club de Bogotá, en la carrera 4a. con calle
72.
Al lado de la casa de
Guillermo Herrera y frente la una de la otra, las bellas casas de Jorge Camacho
Reyes, actual embajada de Brasil, y la casa de Salvador Camacho Reyes, embajada
de Suecia, de estilos muy diferentes.
Residencia del Embajador de Brasil, una de las tres obras de Herrera Carrizosa en la carrera 4 con calle 74 |
Como decíamos la Embajada de Ecuador tuvo en los años 70 del año pasado
como residencia una de las tres casas del
arquitecto Manuel de Vengoechea, construidas
para las hijas de don Leo Kopp. Fue en los años 70 del siglo pasado Embajada de
Ecuador, que ahora se encuentra en la carrera 10ª con calle 94.
Y como anticipábamos,
dos de las más grandes casas dedicadas a esta función fueron obra de Guillermo
Herrera. Se trata de la de Venezuela, en la Séptima con 85, que también fue
tocada por la ampliación de la avenida hace 35 años; y la de Rusia, que en 1948,
cuando Colombia rompió con Moscú, cambio de uso para ser el Club del Comercio,
en la misma avenida a la altura de la calle 62.
La casa del Perú, de Víctor Schmid, también sufrió por la ampliación de la Séptima. Ahora se utiliza para las oficinas |
La Embajada de
Perú estuvo hasta hace unos años en la
casona de la Séptima con 80 diseñada por Víctor Schmid, a la cual también le
pasó por las narices la ampliación de la avenida en 1978. Ahora están allí las
oficinas y el embajador se fue a vivir en lo alto del Chicó.
La casa del embajador
de Francia, literalmente afrancesada y construida en la 87 con 9ª, es obra de
Manuel de Vengoechea. Muy cerca de allí está la de los Países bajos, con frontis
y columnas.
Y al final de esta
calle señorial y sombreada, la de Gran Bretaña, que es tal vez una de las más
grandes y suntuosas. Ocupa una manzana entera, fue diseñada por Vengoechea y
perteneció al político Camilo De Brigard Silva, secretario de la IX Conferencia
Panamericana que deliberaba en Bogotá cuando ocurrieron los hechos del 9 de abril
de 1948.
Una residencia de
embajada que alcanzamos a conocer en pie antes de ser demolida era la de
Canadá, en la carrera 13 con 91. Fue demolida para levantar una edificio de
apartamentos de Luis Restrepo.
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La casa de Japón es reciente y se edificó sobre una hermosa mansión de los 70, que fue demolida |
Ojalá no ocurra eso
con la de Argentina, que sobrevive rodeada de edificios en una sinuosa calle de
Rosales, carrera 1ª. con 70, cerca del lecho de la quebrada La Vieja y que
entre sus comodidades tiene una piscina.
Hubiéramos querido
detenernos en la Embajada de Estados Unidos, que queda en Rosales y cuyos
linderos dan hacia la avenida Circunvalar, en la parte oriental, y hacia la
carrera 4ª al occidente. No es fácil obtener datos de esta amplia sede, por
elementales razones de seguridad.
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Casa del embajador de EEUU, un 4 de julio
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Notas
(1) Loeffler, Jane C. The Architecture of Diplomacy: Building America's
Embassies. Princeton Architectural Press. New York, 1998.
(2) Escovar, Alberto
et al, Atlas Histórico de Bogotá 1538-1910. Editorial Planeta, Bogotá, 2004.
(3) Arguedas, Alcides. La danza de las sombras. Banco de la República, Bogotá, 1982.
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