jueves, 14 de junio de 2012

Entre por la salida y pague lo que quiera




Los autobuses que circulan en las ciudades del mundo tienen generalmente una o dos puertas para entrar o salir.  En algunos casos tres si los vehículos son muy grandes, como los articulados con fuelle intermedio.

Y como es lógico entender, esas puertas sirven para subir y bajar. Es más, por lo general una es para entrar y otra para salir. Pero a veces sirven para ambas cosas. Por ejemplo en Rio de Janeiro se ingresa a los autobuses por la puerta trasera y en Madrid por la delantera, mientras que en Londres los famosos Routemasters, los típicos vehículos rojos de dos pisos, tienen atrás una enorme puerta, una especie de estribo o vestíbulo que sirve para ambos propósitos. 

Pero en Bogotá no operan esas leyes de la lógica.  Por eso es normal que los pasajeros entren por la salida y eso tiene su historia. El caos propio de la incivilizada gente que habita en este valle y su vieja costumbre de hacerlo todo al revés, no podía dar nada diferente.

Los pasajeros se acostumbraron a entrar por la puerta de salida, la de atrás, y  ese vicio empezó por culpa de los choferes deshonestos, que de esa forma se embolsillan el importe de los pasajes al no marcar la registradora, ese torniquete que tienen los autobuses en la puerta delantera y que contabiliza el número de pasajeros. Cuando lo tienen.


Pero no era suficiente deshonestidad. Y por eso en nuestro propio código de ética, para qué pagar el valor legal del pasaje, si se puede pagar menos, la cantidad que uno tenga? Ya sea que los estudiantes se hayan gastado el dinero en dulces o que al obrero no le hayan pagado a tiempo. Se paga lo que se pueda. Al fin y al cabo el chofer se transa, como si comprendiera la mala situación. O es dinero que se embolsilla.

Los pasajeros desde la calle enseñan al chofer un billete de mil como diciéndole: lléveme por “esto”, así el pasaje valga 1.450,oo.

O los estudiantes que se comieron el dinero del transporte, van más allá y dicen: nos lleva a los cuatro por 2.000? A lo que el conductor accede generosamente abriendo la puerta trasera para que entren por ella. Y de paso molesten a los pasajeros que pagaron el pasaje completo y que van parados en el pasillo del vehículo.


Pero si los pasajeros pagan incompleto, los choferes no pierden tampoco, porque muchas veces se quedan con las “vueltas” y si se suma la moneda de 50,oo que dejan de dar a cada pasajero, al final del día han reunido más ganancias.

Es que somos vivos, dirán. Acá siempre hallamos formas sencillas de burlar los inventos y métodos universales de organización o de simple ordenamiento social. Aquí conseguimos en las esquinas antenas “robacanales para no tener que pagar la factura de la televisión.



Y si los aparatos de juegos tienen restricciones de fábrica qué importa. Acá les ponemos “el chip” por 20 mil pesos y quedan siendo “universales”. Mucho menos importancia tendrá leer un libro pirata o comprar discos de música o películas chiviadas.

Entonces si el derecho es subirse a un bus por delante, es decir, entrar por la entrada, aquí se entra por la salida.



Y por la entrada, sin pagar, saltándose a la torera el torniquete de la registradora, suben a la brava vendedores, pedidores, músicos y cantantes.

Y los que tienen la mendicidad como forma de vida con  su discurso chantajista, idéntico en todos los casos, para justificar lo que presentan como “mi forma de trabajo”.

“Yo prefiero no robar ni hacerles daño”.

Gracias, dice para sus adentros el pasajero.

Y apelan a la educación: "¡Buenas tardes!" Y claro, el que no conteste no es educado, como se lo enrostra el pedigüeño.

Y ni qué decir de las audiciones musicales sobre ruedas y en vivo, a volumen estridente. Música llanera por ejemplo, con arpa y todo dentro de una buseta, que antes de llegar al trabajo ya ha arruinado el día a los pasajeros. Y no estamos juzgando la manera de sobrevivir. Hemos estudiado durante meses este problema y ya vemos a diario las mismas caras en los mismos, sitios. Luego la actividad de alguna manera es rentable, es un verdadero modus vivendi.

Eso somos.  Esa es nuestra cultura, así sea una total incultura.

Pero ni autoridades ni empresas ni los propias víctimas ciudadanas hacen nada para evitarlo.

jueves, 7 de junio de 2012

La carrera pésima



Una imagen de la Décima durante décadas. Buses, humo, ladrones, caos
La carrera Décima, la vía abierta en la década de 1950 para modernizar y desahogar al pueblo que era Bogotá entonces, significó la llegada de un estilo de vida, de la moda, del comercio y del trabajo,  pero poco tardó poco en convertirse en un reflejo del absurdo capitalino y en resumen de todas sus desgracias.

Pasaron rápido los años de las modernas torres de oficinas y de las tiendas al estilo americano y de las aceras limpias y el separador arborizado y el tráfico fluido de enormes taxis y unos pocos autobuses.

La avenida lleva el nombre del empresario que fue alcalde varias veces y que la impulsó la obra

Ya en la década de los 70 la inseguridad,  congestión y contaminación se reunían en la que alguna vez fuera una amplia vía, que cayó en un abismo de degradación y deterioro cada vez más hondo.


Imagen recurrente de la Décima. El desorden y la contaminación

No hay bogotano que no asocie la décima con el caos y numerosos documentales muestran esta avenida como un río de autobuses viejos, contaminantes, destartalados, ruidosos y agresivos que tardan horas en llegar, atravesar o abandonar el centro de la ciudad con destino al norte, al sur, el oriente o el occidente de Bogotá.

El panorama de esta zona que partió el centro de Bogotá en dos lo completaba una mancha interminable de vendedores ambulantes y la no menos incómoda de raponeros merodeando entre oficinistas y estudiantes atemorizados.

Esa vía construida sobre kilómetro y medio de casas antiguas, la mitad del mercado principal e incluso un templo colonial, alguna vez se  consideró “la carrera de la modernidad” –así se titula un magnífico estudio publicado por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural en 2010– y a finales de la década pasada llegó al punto más bajo.

Víctimas principales de la postración de la Décima fueron sus edificios que pasaron a dividirse, desfigurarse, reformarse y subdividirse y degradarse. Así, las construcciones de oficinas y de apartamentos, ennegrecidas por la polución hasta perder el color del ladrillo, de la piedra, del aluminio o el vidrio, se convirtieron en improvisados centros comerciales, eso que la gente del medio conoce como “pajareras”, unos locales formados por perfiles de aluminio y vidrio en los caben la mercancía y una o dos personas de pie.

Edificios sobre el costado oriental de la Décima. Merecen un
baño y si se restauraran serían una  buena alternativa para vivienda
u oficinas. Sobre el aviso rojo de "Arde la brasa" funciona un burdel.

Y ya para terminar, los habitantes ilustres de la Décima se fueron a otras partes hastiados del caos. Primero se fueron la Sociedad de Agricultores de Colombia, Camacol, y el Banco Cafetero; y más tarde Colseguros, el Banco de Bogotá, y Colpatria, incluso la antigua Dirección de Prisiones, que quedaba encima de un almacén Tía. Y el más fiel de los moradores de la zona, Seguros Bolívar, que tenía estación de gasolina propia en el sótano, al estilo americano, resistió hasta el 2011, cuando salió de su imponente edificio de los 50 y se marchó a las nuevas zonas corporativas.

La torre del Banco de Bogotá, diseñada por Skidmore, Owings
& Merrill. Sufrió deterioro notable convertida en sede judicial
Hace unos cuatro años comenzó un largo y tortuoso camino para integrarla a la avenida a la fase 3 del sistema de autobuses articulados Transmilenio.

Este proceso lleva cuatro años causando incomodidades indecibles al centro de Bogotá y a sus residentes y visitantes, pero parece por fin que los trabajos van a terminar y que la vía va a tener una segunda oportunidad. Es difícil creer que la arteria enferma de tantos años pueda cambiar.

Sin haber sido inaugurada la fase 3 de Transmilenio,
los carriles de la Décima, hábitat de indigentes
Se espera que al entrar en operación los grandes vehículos y sus estaciones sobre la línea troncal, la Décima vuelva a ser la vía importante que debe ser y que una ciudad con tan precaria red vial como Bogotá necesita.

Con todo, esa nueva carrera Décima que la malicia popular convirtió en ‘carrera pésima’, sin haber sido inaugurada ya está sufriendo deterioro y absorbiendo indigentes que duermen tirados en los separadores, rasgan las bolsas de basura  y encienden fogatas en plena vía.

Muy pronto esta pared de la esquina de la Décima con Jiménez,
donde estuvo la primera Líbrería Panamericana, fue pintarrajeada.
Hay estaciones pintarrajeadas aún sin ser estrenadas y el trabajo arduo de las brigadas de aseo, cada mañana es arruinado por los vagabundos que enseguida riegan la basura en las calzadas como si fuera un deporte, como para dar su tono  al entorno, para marcar territorio.

Esta arteria es también blanco de los mamarrachos tan de moda pintados en paredes y puertas de los establecimientos comerciales. Y antes de darse al servicio, ya hay andenes destrozados por las ruedas de los viejos autobuses que se niegan a perder su reinado de humo negro y chatarra.

Vista al norte, hacia el hotel Tequendama. Al centro
el paso subterráneo entre estaciones de Transmilenio

Con todo, la inminente entrada en operación de las nuevas obras ha despertado las primeras reacciones y ya son varios los edificios que han lavado sus fachadas que para sorpresa de los transeúntes, muestran algo de su esplendor original.

Así lo hizo Residencias Colón, un edificio inmenso concebido para hotel, situado diagonal al Tequendama y que perteneció a la viuda de Pedro Nel Ospina. Su primer nombre fue Residencias El Parque. Edificio que por cierto y guardadas las proporciones, transportaba al observador a viejas películas de ambiente neoyorquino.


 
Residencias Colón, en un comienzo llamadas El Parque.
En mayo de 2012 fue el primer edificio "lavado"
del humo y la suciedad de la carrera Décima.
Es aventurado pensarlo pero ahora que Bogotá tiene déficit de terrenos para construir, la Décima tiene una gran capacidad instalada que, solo con algunas adecuaciones y la generosa inversión privada o estatal –una corporación que se empeñe en ese propósito de grandes dividendos–, podría volver a ser un buen vividero y un centro financiero y comercial. Falta que alguien dé el primer paso.



Frente al Parque Tercer Milenio, a dos cuadras del palacio presidencial,
cualquier parte de la avenida es buena como dormitorio de urgencia.

Poco antes de darse al servicio Transmilenio, así se veía un
día festivo la zona más concurrida de la Décima hacia el sur
Hacia el sur, la Décima se adentra en zonas de menor calidad urbana.

lunes, 4 de junio de 2012

Adiós a los tiempos del Jockey




La bandera del Jockey Club de Bogota ondea en la
 fachada de la casona tradicional, pocos días antes del cierre

Hace pocos días, en nuestros recorridos habituales por el centro de Bogotá y más exactamente por el Parque Santander, nos encontramos con la sorpresa de que la tradicional casa de piedra amarilla del Jockey Club había cerrado sus puertas.

La sede de la carrera 6 no. 15-18, inaugurada en 1940, tenías las rejas cerradas y ya no estaba abierta la escalera señorial alfombrada de rojo, con  pasamanos relucientes de bronce, por la que se ascendía al vestíbulo de uno de los centros sociales más distinguidos de la ciudad, luego de franquear la puerta de cristal y madera.

Tampoco estaba el portero de librea que vigilaba la entrada de la casona de tres plantas, que fue testigo de la historia y de la aristocracia, donde se decía que se tomaban las grandes decisiones del país.

Hace años se hablaba de que la crisis económica de los 90, el deterioro paulatino del centro capitalino y la migración de empresarios y ejecutivos hacia el norte de la ciudad, además de la aparición de nuevos clubes, estaban minando las finanzas de la entidad.

Se sabe también que el que antes fuera un espacio cerrado de difícil acceso, que desairó a numerosos aspirantes a socios –Jorge Eliécer Gaitán el más mencionado–, intentó capotear los problemas económicos diversificando sus servicios y acogiendo a grupos que antes no eran bienvenidos, como asociaciones de abogados sin abolengo.

La casona del Jockey al lado de sus vecinas
desaparecidas del costado oriental del Parque
Santander. Allí vivieron Silva y Nariño

Aunque el Jockey Club estableció hace pocos años una nueva sede alterna en el barrio Rosales, y se trasladó definitivamente a ella, ésta es reducida en tamaño e inferior a la original. Por esas razones, al parecer los socios buscan otro espacio más amplio para la institución.

Es inevitable que afloren la nostalgia y las anécdotas propias y ajenas. Vienen a la memoria recuerdos. Allí apenas adultos, supimos por primera vez, gracias a amigos socios,  lo que era un baño turco. Y dentro de él, banqueros, ministros y abogados arreglando el país.


La barbería que “Calibán”, el abuelo de Juan Manuel Santos elogiaba en su Danza de las horas, en El Tiempo.

Y “Carlitos”, el eterno portero de elegante figura que se sabía de memoria los nombres todos los socios y de sus hijos, y quien decía, conversando con socios, que vivía en una covacha en el sur de la ciudad.  

En los almuerzos chispeaban la distinción y la flema en las mesas de al lado.  Media Bolsa de Bogotá. Banqueros y uno que otro ministro y parlamentario dignos del club, si los hubiera. Y al atardecer numerosos bogotanos en los salones, whisky en mano, como narraban las columnas de Klim, algunos de ellos arrastrando difícilmente la lengua por el exceso de alcohol.



El Jockey a la hora de almuerzo
poco antes del cierre de la sede del centro

Se escuchaban los inevitables “yo conocí mucho a tu papá”, “usted no sabe con quién se está metiendo”, “cuántos años sin verte” o “aquí no hay voluntad de atender al socio”, de labios de bogotanos enfurecidos, siempre distantes –años luz– de los empleados.

Los que frecuentaban el club hablaban de los que para ellos eran los mejores platos que salían de la cocina. Nos pareció inmejorable manjar el bogotanísimo ajiaco. Alguien hablaba de los Huevos Cocotte.


Son varios los libros que tocaron al Jockey, algunos en tono burlón,  como “El delfín” de Álvaro Salom Becerra, quien lo menciona como el “Lucky”, y en “Baile blanco en el Jockey Club”, de Roberto Gómez Caballero.


Y por supuesto el delicioso personaje de don Alegrías Figueredo y Arbolín, que creara Klim con tanta chispa y tanta realidad.


El Jockey, como tantas cosas de la antigua Bogotá, fue fundado en 1874 a imagen de los clubes londinenses que Julio Verne pinta en “La vuelta al mundo en 80 días”. Como los hubo en Buenos Aires y en Santiago. 
(*) Planos del Jockey Club de Bogotá, elaborados en
1937 por el arquitecto Gabriel Serrano Camargo

Fueron sus fundadores Ricardo Portocarrero, varios miembros de la familia Holguín, Rodolfo Samper y Salvador Camacho Roldán, aficionados a la hípica. Su primera sede estuvo en la calle 11 con carrera 7ª, al lado de la famosa botillería “La rosa blanca”.

La sede actual, construida sobre terrenos que ocuparon las casas en las que vivieran Nariño y José Asunción Silva, fue obra de Gabriel Serrano Camargo y se dio al servicio en 1940. El trabajo minucioso y excelente de dibujo el proyecto le mereció al autor el reconocimiento de la institución social.
(*) Cortes de la sede de la cra. 6 no. 15-18, con
la minuciosidad de su autor en el dibujo

Es de suponer que el centro social exclusivo de antes –hoy con la mitad de socios– haya adoptado alguna especie de reingeniería para adecuarse a los nuevos tiempos. Sobre su suerte física, resulta difícil sustituir la sede de la vieja Bogotá, construida especialmente para sus funciones.



No es fácil llevarse tantos muebles y trastos, y adornos tan valiosos como su colección de cuadros, entre los que recordamos el estupendo de “Los fusileros”, pintado en 1885 por Andrés de Santamaría. Se dice que el Gobierno pensó en comprar la casa para el Ministerio del Interior y que también podría convertirse en hotel.



Niños de la familia Emberá juguetan a las puertas
del Jockey Club de Bogota, cerradas en mayo de 2012


Hoy por la alfombra roja de la escalera del Jockey no suben banqueros, juristas ni financistas de trajes de corte inglés y luminosas corbatas de seda con rayas diagonales. Ya no hay portero de librea y aunque todavía ondea la bandera azul oscuro y oro, con la gorra de la hípica y la fusta,  en los salones ya no se dan bailes de gala ni se decide la suerte del país.

Y en los baños turcos se apagaron las nubes de vapor con falsos ingleses en bata, con bogotanos cortados con las tijeras de Phileas Fogg, lejos del Reform Club de Londres, siempre con un “qué tal estás” y un “me alegra verte” a flor de labios.

(*) Fotos tomadas de Semblanza de Gabriel Serrano Camargo, arquitecto. Ediciones Proa. Bogotá, 1983




Casa del arquitecto Guillermo Herrera Carrizoza, en el
barrio Rosa.es, a la que se trasladó el Jockey en 2012

lunes, 7 de mayo de 2012

Dos barrios, dos artistas y dos obras

Las casas de los artistas colombianos Ignacio Gómez Jaramillo y Manuel Hernández, situadas en sendos barrios de Bogotá,  desaparecieron hace  algunos años dentro del proceso de transformación urbana. En ambos caos, pinturas de los artistas fueron instaladas en los edificios que sustituyeron las viviendas y quedaron como testimonio de sus vidas y obras.


En el  caso de Gómez Jaramillo, el cuadro que ha sido respetuosamente salvado  adorna el vestíbulo de un edificio de apartamentos construido en la calle 85 con carrera novena, en el barrio La Cabrera.

Gómez Jaramillo nació en Medellín en 1970 y murió en Bogotá sesenta años más tarde. Formado académicamente en Barcelona y París, vivió en México, donde estudió pintura mural, especialidad que constituye su obra más destacada, hasta el punto de ser considerado una de las figuras clave en el muralismo colombiano.

El artista pintó dos murales en el Capitolio Nacional, que en 1948, durante el gobierno de Ospina Pérez, fueron cubiertos con cal, después de que el Concejo de Bogotá así lo dispusiera.  Y esto en medio de críticas de la prensa, encabezadas por El Siglo, que dirigía Laureano Gómez y que consideró los frescos como “emboscada a la estética”.

Por entonces, además de obras de Ignacio Gómez,  también cubrieron murales de Pedro Nel Gómez y los murales fueron restaurados años más tarde por  estudiantes de la Universidad Nacional.

Cabe anotar que a las críticas no fueron ajenos El Tiempo, El Espectador y La Razón, que dirigía Juan Lozano. Gómez Jaramillo solo tuvo el apoyo de El Liberal, que dirigía Alberto Lleras y de artistas como el también muralista Luis Alberto Acuña.

Autorretrato de Ignacio Gómez Jaramillo


Ignacio Gómez Jaramillo había sido nombrado en 1946 como segundo secretario de la Embajada de Colombia en México, donde realizó una importante labor de difusión cultural.

Además, entablo amistad con Rufino Tamayo y con los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Precisamente este último dirigió una carta  a Ospina cuando el gobierno dio por terminada la misión diplomática del pintor. Los pintores mexicanos pedían que se permitiera a Gómez Jaramillo continuar estudios de pintura, ruego que no fue escuchado.

Gómez Jaramillo vivió en la calle 85 no. 9-15 y en esa zona sombreada por tos urapanes no se salvó prácticamente ninguna de las casas construidas en las décadas de 1940 y 50, en un barrio que quedó en la  literatura como hábitat de “la más aberrante oligarquía”, por cuenta de “Los Elegidos” de Alfonso López Michelsen. Muy cerca vivieron varios dirigentes políticos, por cierto liberales, empezando por Virgilio Barco, cuya casa colindaba con la del pintor
Un hecho semejante ocurrió en la casa del maestro Manuel Hernández, demolida hace más de quince años en el barrio Bella Suiza para construir apartamentos en ese apacible sector que lleva el nombre de un restaurante de carretera, famoso hace más de medio siglo, cuando la ciudad no había empezado a devorar la Sabana.

Hay quienes consideran a Hernández como el valor más alto en el arte abstracto y lo sitúan a la altura de aquellos que llamaran intocables –Negret, Obregón,  Ramírez Villamizar, Grau y Botero–, aunque quizá no se ha hecho justicia con su obra.   

Nacido en Bogotá en 1928, Manuel Hernández estudió Artes en la Universidad Nacional de Colombia, de la que fue profesor por muchos años; en la Academia de Bellas Artes de Santiago de Chile, en Roma y en el Art Students League, en Nueva York. Sus pinturas se han expuesto en casi todos los continentes.

De labios del pintor oímos detalles de la operación que remplazó su casa por edificios diseñados por el arquitecto Billy Goebertus, en cuya última planta se hizo un amplio apartamento para el artista, que alberga muchas de sus obras.

En este caso, como en el de Gómez Jaramillo, una obra temprana y por ello muy valiosa de Hernández adorna la entrada de su edificio, bautizado Lausana, en ese lindo barrio bogotano de la Bella Suiza, donde casi todas las construcciones llevan nombres de la nación helvética.

La presencia de estos óleos de Gómez Jaramillo y Hernández en las puertas de sus casas reivindica sus obras y queda como recuerdo de las que fueran sus moradas.



jueves, 3 de mayo de 2012

Vías peatonales para carros y andenes para bicicletas y vendedores

Calle 14 con cra. 7a. El que fuera edificio del Grupo
Grancolombiano y ahora es sede judicial, tiene la
vía peatonal de estacionamiento de carros oficiales

El crecimiento demográfico y  el incremento del tráfico forzaron en las décadas de 1960, 70 y 80 la aparición de las primeras calles peatonales en las ciudades de muchos países. Colombia no fue excepción y en el centro de Bogotá, la insuficiencia de espacio llevó a las autoridades a convertir en peatonales varias calles.

Ese fue el caso, primero de las dos calles que de marcan la plaza de Bolívar, y más tarde de la 14 y 16 entre las carreras 5a, 7a y siguientes hacia el occidente, y algunas otras.
El parque Santander se agrandó en los 80 con la calle
16, frente a la torre de Avianca. Ahora los carros circulan
sin problemas y la secretaría de Gobierno de Bogotá
tiene convertido el lugar en estacionamiento.


Estas medidas constituyeron un desahogo en vehículos y un alivio en materia de espacio para los peatones. 

Bogotá dio un paso adelante en 1976 con la creación de las primeras ciclovías,  una costumbre dominical que pronto se extendió a otros países y que se complementó en la década de 1990 con las ciclorrutas, que hoy se mantienen en una extensión de cerca de 350 kilómetros.
Calle 10 hacia el occidente. para pasar hay
que esquivar ventas callejeras.

Pero estos avances fueron otras víctimas de la mala hora por la que atraviesa Bogotá después de años de trabajo y grandes resultados, de la mano de autoridades corruptas, mediocres e ineficientes.
Basta dar un vistazo para ver que las calles peatonales no solo están en mal estado sino que sirven para todo menos como vías para el tránsito de peatones. Las hay llenas de vendedores, con las baldosas rotas, convertidas en estacionamiento de carros oficiales o lugares para el paso de vehículos que tienen el descaro de pitarles a los transeúntes.
Con mística y cultura ciudadana, vemos habitantes de la ciudad que utilizan las ciclorrutas para llegar en bicicleta a sus trabajos, pero esas vías se encuentran en ocasiones con vendedores ambulantes invadiéndolas. O lo que es peor, sirven para el paso de vehículos de dos ruedas. Sí, de dos ruedas. Y hasta de tres, pues pasan bicicletas y triciclos de carga con pedidos para negocios u motocicletas a gran velocidad, retando a los peatones que persistan en ir por su camino a que se quiten, antes de ser embestidos por detrás.
Vía peatonal semidestruida en la que fuera la zona financiera
del Bogotá gran parte del siglo pasado
En el año 2000 la alcaldía de Bogotá promovió una exposición denominada así, dentro de su estrategia para concientizar a los ciudadanos de que el interés colectivo prevalece sobre ese espacio público.

Y es que en el medio capitalino los habitantes se encuentran a diario con abusos contra las áreas que son de todos y que en bastantes casos se convierten en propiedad privada.
Las bicicletas no usan esta ciclorruta 
en San Victorino. Los vendedores sí.

Ciclorruta en la 22 con 7a. No hay
lugar para peatones.

Ciclorruta que se adentra en la tenebrosa carrera 12,
zona de bodegas de reciclaje, ollas de droga y prostíbulos



Camino al teatro Colón

Como en otros casos, la solución tiene dos ingredientes, cultura, que significa educación y respeto por los demás; y autoridad, que implica el cumplimiento del deber por parte de quienes fueron elegidos para  desempeñar cargos públicos. 










miércoles, 11 de abril de 2012

Tribus urbanas y vandalismo




Estatua de Simón Bolívar hecha por Pietro Tenerani en Europa. La
 base fue diseñada por Fernando Martínez. Ahora en el segundo
 milenio, cambia la leyenda después de cada manifestación.


Hace pocos días el maestro Fernando Botero entregó a los habitantes de un sector popular de su ciudad una de sus esculturas monumentales de bronce. Esta vez se trató de un enorme gato, con los  bigotes correspondientes a su tamaño. No pasaron muchas horas antes de que alguien se robara uno de los pelos enormes. El pedazo del gato ya fue repuesto, pero queda aún la sensación de que los obras de arte de propiedad de la comunidad no pueden dormir tranquilas, porque ronda el peligro.

Los historiadores sitúan el surgimiento de los monumentos históricos en el Renacimiento, si bien es cierto que en el Imperio Romano y en Grecia abundaron las estatuas. En los pueblos latinoamericanos la costumbre de erigir monumentos tuvo auge tras las guerras de  independencia y también hubo exaltación de héroes en el siglo XX, tiempos de  definición de las jóvenes repúblicas.

En la época de nuestros abuelos solía guardarse gran respeto a los monumentos, tanto que en alguna época se consideraba una ofensa cruzar frente al busto de un prócer sin quitarse el sombrero. Ni qué decir de arrojar una colilla, escribir o escupir en esos monumentos. Los viejos decían que la cultura de un pueblo se medía por el respeto  los símbolos históricos.
Monumento a O'Higgins en la Avenida Chile

El cronista culto y gracioso que fue Alfredo Iriarte decía que el respeto por los monumentos mide el grado de cultura o barbarie de una civilización.  

  
Bogotá y otras ciudades colombianas y latinoamericanas siempre estuvieron dotadas de estatuas en plazas, parques y calles, en la medida de sus posibilidades económicas.


Estatua de Guillermo Marconi en la carrera
11 con calle 70, de Bogotá. Ya no existe.





Pero esa parte del amoblamiento urbano entró paulatinamente en desuso y salvo excepciones, poco importa hoy en día a las autoridades la suerte de bustos, estatuas y esculturas, muchas de la cuales han sido  profanadas, quedaron en ruinas o sencillamente se las llevaron, algunas veces con pedestal y todo.

En Bogotá se roban las placas, pintarrajean las estatuas y ensucian iglesias de cuatro siglos de historia, cuando no convierten los monumentos en orinales o basureros.

La iglesia bogotana de La Tercera, que se terminó de construir
 en 1780,  con nuevo testimonio gráfico de las cavernas.

Los estudiosos del problema afirman que se debe a la aparición de tribus urbanas y a cambios culturales. Pero lejos de ser un problema nuestro, el vandalismo contra monumentos afecta otros países, no solo del tercer mundo. El problema se ve incluso en países europeos.








Hace dos años, Atilio Caorsi, del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile, declaraba al diario El Mercurio que este fenómeno está pasando en todos los centros urbanos del mundo. “Es difícil de revertir, nació con el destrozo del muro de Berlín y no se ha podido detener”, dijo.

Estatua de Carlos Lleras Restrepo en la avenida Jiménez. Fue
instalada hace tres años, tras un concurso, y ya sirve para expresiones anárquicas.
















Y esta falta de urbanidad tampoco es exclusiva de los países subdesarrollados.  En la ciudad española de Valencia, ante la magnitud del problema se creó el Cercle Obert de Benicalap ante la proliferación de actos vandálicos contra monumentos y bienes culturales, pese a existir normas y dependencias para evitar los ataques contra bienes protegidos.

No hace mucho en Estados Unidos, un monumento erigido en memoria de los veteranos de la primera guerra mundial fue atacado la víspera del día de la independencia.
Busto del expresidente Carlos E. Restrepo
en la carrera 13 con calle 43, de Bogotá


En el caso de nuestra ciudad, da vergüenza el ataque recurrente a lugares como la plaza de Bolívar. Y es triste ver pedestales descabezados o monumentos rayados en los barrios tradicionales.









La Rebeca, la mujer desnuda, traída de París, que se baña en una alberca y que usaban los gamines para hacer lo mismo hace tres décadas, fue restaurada hace algunos años de la barbarie. Pero una vez más, esta mujer desnuda que escandalizaba a algunos transeúntes del desparecido parque del Centenario, en sus comienzos, cambiará una vez más de entorno cuando acaben -si es que algún día acaban- las obras de Transmilenio por la 26. Por el momento está convertida en momia, es decir, forrada en lienzo.

La Rebeca, del escultor quindiano Henao Buriticá, lleva varios
años convertida en momia, esperando que termine la obra eterna.
















No vale la pena entrar a discutir el caso de la estatua construida hace algunos años por una empresa privada en el norte de Bogotá en homenaje a Américo Vespucio, atacada una y otra vez. Y las esculturas Mariposa, de Negret, ubicada en San Victorino, y Rita 5.40, de Grau, instalada hace más de diez años en el parque Nacional, son testigos de los bajos institntos de ciertos capitalinos.


Estatua de José M. Carbonell, del escultor
Bernardo Vieco, en la calle 63 con carrera 8a.
El problema es de ignorancia pero también de falta de autoridad, porque los agresores del aerosol que se ceban en el Bolívar de Tenerani, en las paredes de los templos de San Francisco y La Veracruz,  o en la estatua de Carlos Lleras Restrepo instalada recientemente en la avenida Jiménez, lo hacen frente a sedes oficiales y en áreas vigiladas. Y se amparan en la inutilidad de quienes están obligados a defender el patrimonio de los ciudadanos.