lunes, 7 de mayo de 2012

Dos barrios, dos artistas y dos obras

Las casas de los artistas colombianos Ignacio Gómez Jaramillo y Manuel Hernández, situadas en sendos barrios de Bogotá,  desaparecieron hace  algunos años dentro del proceso de transformación urbana. En ambos caos, pinturas de los artistas fueron instaladas en los edificios que sustituyeron las viviendas y quedaron como testimonio de sus vidas y obras.


En el  caso de Gómez Jaramillo, el cuadro que ha sido respetuosamente salvado  adorna el vestíbulo de un edificio de apartamentos construido en la calle 85 con carrera novena, en el barrio La Cabrera.

Gómez Jaramillo nació en Medellín en 1970 y murió en Bogotá sesenta años más tarde. Formado académicamente en Barcelona y París, vivió en México, donde estudió pintura mural, especialidad que constituye su obra más destacada, hasta el punto de ser considerado una de las figuras clave en el muralismo colombiano.

El artista pintó dos murales en el Capitolio Nacional, que en 1948, durante el gobierno de Ospina Pérez, fueron cubiertos con cal, después de que el Concejo de Bogotá así lo dispusiera.  Y esto en medio de críticas de la prensa, encabezadas por El Siglo, que dirigía Laureano Gómez y que consideró los frescos como “emboscada a la estética”.

Por entonces, además de obras de Ignacio Gómez,  también cubrieron murales de Pedro Nel Gómez y los murales fueron restaurados años más tarde por  estudiantes de la Universidad Nacional.

Cabe anotar que a las críticas no fueron ajenos El Tiempo, El Espectador y La Razón, que dirigía Juan Lozano. Gómez Jaramillo solo tuvo el apoyo de El Liberal, que dirigía Alberto Lleras y de artistas como el también muralista Luis Alberto Acuña.

Autorretrato de Ignacio Gómez Jaramillo


Ignacio Gómez Jaramillo había sido nombrado en 1946 como segundo secretario de la Embajada de Colombia en México, donde realizó una importante labor de difusión cultural.

Además, entablo amistad con Rufino Tamayo y con los muralistas Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros. Precisamente este último dirigió una carta  a Ospina cuando el gobierno dio por terminada la misión diplomática del pintor. Los pintores mexicanos pedían que se permitiera a Gómez Jaramillo continuar estudios de pintura, ruego que no fue escuchado.

Gómez Jaramillo vivió en la calle 85 no. 9-15 y en esa zona sombreada por tos urapanes no se salvó prácticamente ninguna de las casas construidas en las décadas de 1940 y 50, en un barrio que quedó en la  literatura como hábitat de “la más aberrante oligarquía”, por cuenta de “Los Elegidos” de Alfonso López Michelsen. Muy cerca vivieron varios dirigentes políticos, por cierto liberales, empezando por Virgilio Barco, cuya casa colindaba con la del pintor
Un hecho semejante ocurrió en la casa del maestro Manuel Hernández, demolida hace más de quince años en el barrio Bella Suiza para construir apartamentos en ese apacible sector que lleva el nombre de un restaurante de carretera, famoso hace más de medio siglo, cuando la ciudad no había empezado a devorar la Sabana.

Hay quienes consideran a Hernández como el valor más alto en el arte abstracto y lo sitúan a la altura de aquellos que llamaran intocables –Negret, Obregón,  Ramírez Villamizar, Grau y Botero–, aunque quizá no se ha hecho justicia con su obra.   

Nacido en Bogotá en 1928, Manuel Hernández estudió Artes en la Universidad Nacional de Colombia, de la que fue profesor por muchos años; en la Academia de Bellas Artes de Santiago de Chile, en Roma y en el Art Students League, en Nueva York. Sus pinturas se han expuesto en casi todos los continentes.

De labios del pintor oímos detalles de la operación que remplazó su casa por edificios diseñados por el arquitecto Billy Goebertus, en cuya última planta se hizo un amplio apartamento para el artista, que alberga muchas de sus obras.

En este caso, como en el de Gómez Jaramillo, una obra temprana y por ello muy valiosa de Hernández adorna la entrada de su edificio, bautizado Lausana, en ese lindo barrio bogotano de la Bella Suiza, donde casi todas las construcciones llevan nombres de la nación helvética.

La presencia de estos óleos de Gómez Jaramillo y Hernández en las puertas de sus casas reivindica sus obras y queda como recuerdo de las que fueran sus moradas.



jueves, 3 de mayo de 2012

Vías peatonales para carros y andenes para bicicletas y vendedores

Calle 14 con cra. 7a. El que fuera edificio del Grupo
Grancolombiano y ahora es sede judicial, tiene la
vía peatonal de estacionamiento de carros oficiales

El crecimiento demográfico y  el incremento del tráfico forzaron en las décadas de 1960, 70 y 80 la aparición de las primeras calles peatonales en las ciudades de muchos países. Colombia no fue excepción y en el centro de Bogotá, la insuficiencia de espacio llevó a las autoridades a convertir en peatonales varias calles.

Ese fue el caso, primero de las dos calles que de marcan la plaza de Bolívar, y más tarde de la 14 y 16 entre las carreras 5a, 7a y siguientes hacia el occidente, y algunas otras.
El parque Santander se agrandó en los 80 con la calle
16, frente a la torre de Avianca. Ahora los carros circulan
sin problemas y la secretaría de Gobierno de Bogotá
tiene convertido el lugar en estacionamiento.


Estas medidas constituyeron un desahogo en vehículos y un alivio en materia de espacio para los peatones. 

Bogotá dio un paso adelante en 1976 con la creación de las primeras ciclovías,  una costumbre dominical que pronto se extendió a otros países y que se complementó en la década de 1990 con las ciclorrutas, que hoy se mantienen en una extensión de cerca de 350 kilómetros.
Calle 10 hacia el occidente. para pasar hay
que esquivar ventas callejeras.

Pero estos avances fueron otras víctimas de la mala hora por la que atraviesa Bogotá después de años de trabajo y grandes resultados, de la mano de autoridades corruptas, mediocres e ineficientes.
Basta dar un vistazo para ver que las calles peatonales no solo están en mal estado sino que sirven para todo menos como vías para el tránsito de peatones. Las hay llenas de vendedores, con las baldosas rotas, convertidas en estacionamiento de carros oficiales o lugares para el paso de vehículos que tienen el descaro de pitarles a los transeúntes.
Con mística y cultura ciudadana, vemos habitantes de la ciudad que utilizan las ciclorrutas para llegar en bicicleta a sus trabajos, pero esas vías se encuentran en ocasiones con vendedores ambulantes invadiéndolas. O lo que es peor, sirven para el paso de vehículos de dos ruedas. Sí, de dos ruedas. Y hasta de tres, pues pasan bicicletas y triciclos de carga con pedidos para negocios u motocicletas a gran velocidad, retando a los peatones que persistan en ir por su camino a que se quiten, antes de ser embestidos por detrás.
Vía peatonal semidestruida en la que fuera la zona financiera
del Bogotá gran parte del siglo pasado
En el año 2000 la alcaldía de Bogotá promovió una exposición denominada así, dentro de su estrategia para concientizar a los ciudadanos de que el interés colectivo prevalece sobre ese espacio público.

Y es que en el medio capitalino los habitantes se encuentran a diario con abusos contra las áreas que son de todos y que en bastantes casos se convierten en propiedad privada.
Las bicicletas no usan esta ciclorruta 
en San Victorino. Los vendedores sí.

Ciclorruta en la 22 con 7a. No hay
lugar para peatones.

Ciclorruta que se adentra en la tenebrosa carrera 12,
zona de bodegas de reciclaje, ollas de droga y prostíbulos



Camino al teatro Colón

Como en otros casos, la solución tiene dos ingredientes, cultura, que significa educación y respeto por los demás; y autoridad, que implica el cumplimiento del deber por parte de quienes fueron elegidos para  desempeñar cargos públicos. 










miércoles, 11 de abril de 2012

Tribus urbanas y vandalismo




Estatua de Simón Bolívar hecha por Pietro Tenerani en Europa. La
 base fue diseñada por Fernando Martínez. Ahora en el segundo
 milenio, cambia la leyenda después de cada manifestación.


Hace pocos días el maestro Fernando Botero entregó a los habitantes de un sector popular de su ciudad una de sus esculturas monumentales de bronce. Esta vez se trató de un enorme gato, con los  bigotes correspondientes a su tamaño. No pasaron muchas horas antes de que alguien se robara uno de los pelos enormes. El pedazo del gato ya fue repuesto, pero queda aún la sensación de que los obras de arte de propiedad de la comunidad no pueden dormir tranquilas, porque ronda el peligro.

Los historiadores sitúan el surgimiento de los monumentos históricos en el Renacimiento, si bien es cierto que en el Imperio Romano y en Grecia abundaron las estatuas. En los pueblos latinoamericanos la costumbre de erigir monumentos tuvo auge tras las guerras de  independencia y también hubo exaltación de héroes en el siglo XX, tiempos de  definición de las jóvenes repúblicas.

En la época de nuestros abuelos solía guardarse gran respeto a los monumentos, tanto que en alguna época se consideraba una ofensa cruzar frente al busto de un prócer sin quitarse el sombrero. Ni qué decir de arrojar una colilla, escribir o escupir en esos monumentos. Los viejos decían que la cultura de un pueblo se medía por el respeto  los símbolos históricos.
Monumento a O'Higgins en la Avenida Chile

El cronista culto y gracioso que fue Alfredo Iriarte decía que el respeto por los monumentos mide el grado de cultura o barbarie de una civilización.  

  
Bogotá y otras ciudades colombianas y latinoamericanas siempre estuvieron dotadas de estatuas en plazas, parques y calles, en la medida de sus posibilidades económicas.


Estatua de Guillermo Marconi en la carrera
11 con calle 70, de Bogotá. Ya no existe.





Pero esa parte del amoblamiento urbano entró paulatinamente en desuso y salvo excepciones, poco importa hoy en día a las autoridades la suerte de bustos, estatuas y esculturas, muchas de la cuales han sido  profanadas, quedaron en ruinas o sencillamente se las llevaron, algunas veces con pedestal y todo.

En Bogotá se roban las placas, pintarrajean las estatuas y ensucian iglesias de cuatro siglos de historia, cuando no convierten los monumentos en orinales o basureros.

La iglesia bogotana de La Tercera, que se terminó de construir
 en 1780,  con nuevo testimonio gráfico de las cavernas.

Los estudiosos del problema afirman que se debe a la aparición de tribus urbanas y a cambios culturales. Pero lejos de ser un problema nuestro, el vandalismo contra monumentos afecta otros países, no solo del tercer mundo. El problema se ve incluso en países europeos.








Hace dos años, Atilio Caorsi, del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile, declaraba al diario El Mercurio que este fenómeno está pasando en todos los centros urbanos del mundo. “Es difícil de revertir, nació con el destrozo del muro de Berlín y no se ha podido detener”, dijo.

Estatua de Carlos Lleras Restrepo en la avenida Jiménez. Fue
instalada hace tres años, tras un concurso, y ya sirve para expresiones anárquicas.
















Y esta falta de urbanidad tampoco es exclusiva de los países subdesarrollados.  En la ciudad española de Valencia, ante la magnitud del problema se creó el Cercle Obert de Benicalap ante la proliferación de actos vandálicos contra monumentos y bienes culturales, pese a existir normas y dependencias para evitar los ataques contra bienes protegidos.

No hace mucho en Estados Unidos, un monumento erigido en memoria de los veteranos de la primera guerra mundial fue atacado la víspera del día de la independencia.
Busto del expresidente Carlos E. Restrepo
en la carrera 13 con calle 43, de Bogotá


En el caso de nuestra ciudad, da vergüenza el ataque recurrente a lugares como la plaza de Bolívar. Y es triste ver pedestales descabezados o monumentos rayados en los barrios tradicionales.









La Rebeca, la mujer desnuda, traída de París, que se baña en una alberca y que usaban los gamines para hacer lo mismo hace tres décadas, fue restaurada hace algunos años de la barbarie. Pero una vez más, esta mujer desnuda que escandalizaba a algunos transeúntes del desparecido parque del Centenario, en sus comienzos, cambiará una vez más de entorno cuando acaben -si es que algún día acaban- las obras de Transmilenio por la 26. Por el momento está convertida en momia, es decir, forrada en lienzo.

La Rebeca, del escultor quindiano Henao Buriticá, lleva varios
años convertida en momia, esperando que termine la obra eterna.
















No vale la pena entrar a discutir el caso de la estatua construida hace algunos años por una empresa privada en el norte de Bogotá en homenaje a Américo Vespucio, atacada una y otra vez. Y las esculturas Mariposa, de Negret, ubicada en San Victorino, y Rita 5.40, de Grau, instalada hace más de diez años en el parque Nacional, son testigos de los bajos institntos de ciertos capitalinos.


Estatua de José M. Carbonell, del escultor
Bernardo Vieco, en la calle 63 con carrera 8a.
El problema es de ignorancia pero también de falta de autoridad, porque los agresores del aerosol que se ceban en el Bolívar de Tenerani, en las paredes de los templos de San Francisco y La Veracruz,  o en la estatua de Carlos Lleras Restrepo instalada recientemente en la avenida Jiménez, lo hacen frente a sedes oficiales y en áreas vigiladas. Y se amparan en la inutilidad de quienes están obligados a defender el patrimonio de los ciudadanos.


viernes, 16 de marzo de 2012

Hotel Gaitán Cortés

Los habitantes de Bogotá nos encontramos de vez en cuando con buenas noticias urbanas. En estos días nos enteramos de que la casa de Jorge Gaitán Cortés, por la que hemos pasado tantas veces en la vida en busca de la carrera 5ª., de camino al centro, no correrá la triste suerte de tantas construcciones demolidas,  convertida en hotel, sin perder su historia ni la de su creador.
 
El hotel, denominado Casa Gaitán Cortés, pertenece al grupo Pequeños Hoteles con Encanto (small charming hotels) , formado por haciendas, edificios o lugares con historia convertidos en exclusivos alojamientos.
 
Jorge Gaitán Cortés forma parte, con Virgilio Barco y otros pocos, de una baraja de los mejores alcaldes que Bogotá recuerde en su historia moderna.
 
Hay una imagen inolvidable de nuestra infancia, fuera de Colombia, cuando Gaitán Cortés, entonces gerente del diario El Tiempo, murió accidentalmente en Bogotá, y el presidente Carlos Lleras Restrepo se dirigió al país. El discurso de Lleras llegaba desde Bogotá a la ciudad  del sol por un radio de onda corta y aún recordamos la emoción del momento y las precisiones paternas sobre el personaje.

Años después, convertidos en residentes de Bogotá, la pasión por la ciudad y su urbanismo nos volvió a reunir con Gaitán Cortés y nos lo encontramos en las calles, en los libros, en las fotografías de sus obras y en sus obras mismas.

Julio D. Silva, en el libro que se publicó al terminar la era de Enrique Peñalosa en la alcaldía –también se publicó otra obra similar sobre Virgilio Barco– relata la gestión de Jorge Gaitán Cortés entre 1961 y 1966, cuando rigió los destinos de la capital de Colombia[i].

En esa década de 1960, la ciudad crecía pasos agigantados, a la par que sus necesidades sociales, y para ello la administración trabajaba con visión de largo plazo en llave con el concejo municipal, que era llamado concejo admirable, por la calidad de sus integrantes, que, por lo demás, no recibían sueldo. Nada parecido a lo que vemos ahora.

Anota Dávila que Gaitán, uno de los dos alcaldes arquitectos que tuvo la ciudad en el siglo XX –el otro fue Manuel de Vengoechea–, sentó bases firmes y profundas para el crecimiento de Bogotá y durante sus años de gestión la ciudad tuvo las más altas tasas de crecimiento.
 
Llama la atención al estudiar su vida un aspecto poco frecuente en nuestra clase dirigente, su sensibilidad social. Nacido –como diría López Michelsen–  con la cuchara de plata en la boca (Nueva York, 1920), este Gaitán demostró ante todo interés por las soluciones a las necesidades sociales.

El arquitecto Jorge Gaitán Cortés (Foto de Cromos)

Es interesante saber que Jorge Gaitán iba todos los días desde su casa en el barrio San Cristóbal, donde comienza el sur de Bogotá, hasta el Colegio de San Bartolomé, en el que estudiaba, situado en la plaza de Bolívar. Vivía en ese barrio popular donde quedaba también la fábrica de ladrillos de su familia y  hacía a diario el recorrido de 4 kilómetros  en tranvía y de vez en cuando en bicicleta. Así era su compenetración con la ciudad.  

Años más tarde, el arquitecto construyó su casa en la carrera 5ª. con calle 69, sector del nororiente bogotano que si no estamos mal se llama Bellavista.  Nadie soñaba con que algún día dejaría de ser una placida zona residencial y se apoderaría de ella una fiebre que convirtió decenas de casas, primero en oficinas, y recientemente en restaurantes.

Gaitán tuvo mucho que ver con la planeación del ensanche de Bogotá y con planes de vivienda de  impacto popular, como Los Alcázares.

Muchas construcciones bogotanas se levantaron con ladrillos con la marca “B. Gaitán”, producidos en la fábrica que fundara Benjamín Gaitán Matiz, abuelo de Jorge Gaitán. También conocida como la Ladrillera San Cristóbal, estaba ubicada en la calle 13 sur con carrera 10ª. y producía novedades como el ladrillo sombrero.

Son los mismos ladrillos que aún sobreviven en esa casa moderna convertida en hotel. Ojalá en la ciudad hubiera muchos hoteles Gaitán Cortés.
  

[1]  Dávila, Julio D. Planificación y política en Bogotá. La Vida de J. Gaitán Cortés, 2000.

Planificación y Política en Bogotá. Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo. Bogotá, 2000



martes, 28 de febrero de 2012

Edificios en el aire o torres que nunca fueron

Un edificio, como otras obras de la creación humana, es la culminación de esfuerzos y etapas y de seguro para su creador sea la realización o la materialización de un sueño que empezó con una idea o un bosquejo.

Pero alguna vez ese planteamiento no se cristaliza y todo queda en proyecto. Es el caso de algunos rascacielos pensados y propuestos, que alcanzaron a plantearse sin llegar a ser. No es que sean obras inconclusas, como la Sinfonía de Schubert, sino que nunca se pasaron del papel.

Los proyectos que pertenecen a esta categoría acaso encierran mayor misterio que si algún día se hubieran edificado, en especial para las nuevas generaciones. Es escasa la información disponible y casi que se basa en la tradición oral, pero hablamos de por lo menos tres grandes torres que nunca aparecieron en el horizonte de los rascacielos bogotanos: el Edificio Mazuera, la torre que alguna vez planeó la Caja Agraria y la que debía complementar el palacio de Justicia quemado y bombardeado en noviembre de 1985.

Edificio para Fernando Mazuera y cia.
Debía erigirse en la zona del Hotel Tequendama

En una reciente exposición de la obra del arquitecto Germán Samper Gnecco en el Museo de Bogotá, apareció una fotografía  de la maqueta del edificio que se pensó en 1971 para la constructora de Fernando Mazuela Villegas.

Se trataba de un edificio de 60 pisos y un área de 60 mil metros cuadrados diseñado junto a la compañía con Pizano Pradilla Caro y Restrepo y que, como suele decirse, iba a ser el más alto de Suramérica.

Dice Germán Samper que Mazuera, varias veces alcalde de la ciudad y que construyó numerosas barrios, cuyos nombres empiezan por M, como Modelia, Marantá, Milenta y Malibú, también pensó en tener una torre que inmortalizara su empresa.

“El lote es de buen tamaño y permite el diseño de una torre alta. Proponemos un bloque de 60 pisos, de planta cuadrada, y simétrica; cuatro columnas en esquina y un punto fijo, también cuadrado definen los elementos estructurales. La rigidez de las fachadas las proponemos con una malla de concreto en vigas diagonales y postensadas. Las columnas al llegar al primer piso se abren a manera de contrafuertes”, explicaba Samper.

Las medidas financieras del momento dieron al traste con el proyecto. Y un misterio resuelto: ¿donde iba a quedar? En el mismo terreno de la cra. 13 con 27 en el que años después se levantó la sede del Banco de Occidente, obra de Esguerra Sáenz y Samper, la compañía en la que trabajó el arquitecto.


Excavación para el palacio de Justicia y abajo plataforma de
cuatro  plantas que incluía una torre en el extremo derecho.
¿Se habría quemado también en 1985?
Las otras torres que nunca se construyeron fueron la del palacio de Justicia, diseñada por Roberto Londoño, el mimo arquitecto del actual palacio. Debía ocupar la equina nororiental de la manzana del palacio, detrás de la plataforma de cuatro pisos que se inauguró en 1971 y que fue demolida luego de los destrozos y el incendio ocasionados durante la toma guerrillera.

No hemos podido ubicar la maqueta o un boceto de la obra, que vimos publicada en la prensa en los años 70. Lo cierto es que si este edificio se hubiera construido, aún con la lentitud con la que fue terminada la plataforma de cuatro pisos, hubiera sobrepasado excesivamente la altura de las construcciones de la plaza de Bolívar y hubiera sido agresivo con su entorno.



El proyecto del palacio de Justicia destruido en 1985
incluía una torre de oficinas que nunca se construyó



En esta esquina, cra. 7a. con calle 24, la Caja
Agraria planeó en los 70 una torre de 40 pisos
La tercera y última torre, la de la Caja Agraria, hubiera quedado a media cuadra de la de Colpatria, en la esquina nororiental de la cra. 7ª. con 24, donde funciona actualmente un negocio de pollo asado.

Este terreno comprende parte del área en la que está planeada la ampliación del Museo de Arte Moderno de Bogotá, cuyo proyecto dejó listo antes de su muerte Rogelio Salmona, tal como nos informó hace pocos años Gloria Zea, directora del Museo y gestora del proyecto.


Proyecto de Martínez Sanabria en
la antigua fábrica de Bavaria

Le Corbusier también propuso construir numerosas torres de apartamentos y oficinas a lado y lado de la Séptima. Y también hubo en la década de los 40 y 50 proyectos para erigir un centro nacional que reuniera palacio presidencial y ministerios, en la zona en la hoy se encuentra la Casa de Nariño, la cual duró dos décadas antes de tomar forma.

En la década de los 50, Town Planning Associates entregó a Bogotá, en manos del alcalde militar de Bogotá, coronel Julio Cervantes, el Plan Regulador. Ese estudio entregado por Wiener y Sert proponía la construcción de un moderno presidencial bien en la manzana en la que está ahora, en la carrera 7a. con calle 8a. o en la carrera. 4a. entre calles 9 y 10, es decir, una manzana al oriente del Palacio de San Carlos, donde actualmente funciona la Cancillería.  


Edificio Pozzetto, de Vicente Nasi. Sólo se
 edificó la plataforma destinada al restaurante
Hay otros proyectos que quedaron en el papel, aunque de menores dimensiones. Uno de ellos, del que quizá pocos saben, es que el conocido restaurante Pozzetto, situado en la cara. 7ª. con calle 61 y que en 1986 fue escenario de los infortunados hechos conocidos. Además de los dos pisos que tiene, llevaba una torre de 10 pisos.

Este edificio fue diseñado por Vicente Nasi quien explicaba que la torre planteaba un problema al tratarse de un bloque moderno sobre una plataforma que tiene algo de estilo mediterráneo. La solución fue la interposición de un tercer piso entre la plataforma-restaurante y la torre de 10 plantas.

Del mismo maestro de origen italiano fue el proyecto de Edificio Colón del Norte, que se construyó luego con diseños distintos en la cra. 11 con calle 77. Allí se estableció la compañía Occidental Petroleum frente al parque Benito Juárez, muy cerca por cierto del terreno que ocupara la casa de Olaya Herrera, que fue precisamente una obra encargada a Nasi por su ilustre propietario.

Hubo también en 1976 un proyecto de remodelación urbana de la zona de Bavaria en San Martín, de la autoría de Fernando Martínez Sanabria, al que se unieron Esguerra Sáenz y Samper, Obregón y Valenzuela, y Pizano, Pradilla, Caro y  Retrepo. Éste comprendía un conjunto de torres en un área entre la carrera 13 y la avenida Caracas, de la calle 26 a la 28, donde años más tarde se levantó una obra totalmente diferente en varias fases.


  



martes, 21 de febrero de 2012

Urbanidad y urbanistas (1). Tras las huellas de Hernando Vargas Rubiano

Con este título queremos hacer justicia a profesionales que dejaron huella en el panorama urbano de la capital de Colombia y una obra que por falta de ilustración o documentación a veces no se conoce, así vivamos en medio de ella.  Como por urbanidad, digamos. Porque a diario pasamos frente a sus construcciones sin darnos cuenta.


(*) El arquitecto Hernando Vargas
 Rubiano, fallecido en 2008.
























Muchos nombres del urbanismo nacional y de Bogotá han sido objeto de excelentes monografías, perfiles, semblanzas y biografías. En este campo, merecen mención especial las publicaciones de editoriales especializadas como Escala y Proa, y más recientemente el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, durante los años en los que lo dirigió, hasta hace poco, Gabriel Pardo.

Hay personajes que aún quedan por estudiar, pero esta labor es relativamente sencilla, porque su obra está allí.

Hernando Vargas  Rubiano es uno de ellos. Nacido en Tunja en 1917 y fallecido hace año y medio, fue alumno de la primera promoción de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, creada en 1936. Se graduó en 1940, luego de tener decanos como Guillermo Herrera Carrizosa, Arturo Jaramillo, Carlos Martínez y  Roberto Ancízar, y entre sus profesores a Karl Brunner, Gabriel Serrano Camargo,  José Gómez Pinzón y Julio Casanovas.

En 1979, con motivo de una reseña de su obra publicada en la revista Proa[i], Vargas Rubiano confesaba con modestia que “buena parte de ella no merece tal distinción.  Pero como se trata de mostrar una trayectoria que se inicia con el nacimiento mismo de la primera escuela de arquitectura en Colombia y que a lo largo de cuatro décadas se ha mantenido siempre en la búsqueda de nuevas posibilidades arquitectónicas y constructoras, no dudo en presentarla”.

Hablaba el profesional que tuvo a su cargo nada menos que la restauración del antiguo Panóptico Nacional para convertirlo en el Museo Nacional, en 1948, con motivo de la IX Conferencia Panamericana.

Vargas Rubiano era de los que comparten la visión de que el siglo XX en Colombia comenzó en 1930 y que el atraso del país se debió a que el siglo anterior se dedicó a guerrear. Por eso la década de 1930 fue también de florecimiento de la arquitectura, con la llegada de arquitectos extranjeros y el regreso de colombianos formados en otros países.




(*) Clínica del Country, situada en el lugar en el que
quedaba el Country Club de Bogotá.




















Vargas trabajo en el recién creado ICT y desde allí impulsó un sistema de construcción de vivienda destinado a abaratar los altos costos de las casas populares, a imitación de la ancestral tapia pisada. Se trataba de un material de  tierra pisada con baja mezcla de cemento que vio en Estados Unidos y que se llamó “Terracrete” o “soil cement” y que en Colombia fue bautizado como “terra-concreto” o “suelo-cemento”.

En el invierno 1941-42, Vargas Rubiano hizo un curso en la Universidad de Pensilvania denominado “Low cost houses”. En 1947 fue elegido presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos y tuvo asiento en el Centro Interamericano de Vivienda (Cinva). De su interés y del trabajo del ingeniero chileno Raúl Ramírez, salieron las famosas maquinas para fabricar bloques  de “suelo-cemento”, conocidas como Cinva-Ram y populares en los planes de autoconstrucción promovidos en América Latina hace algunas  décadas.

La fundación de su firma de arquitectos, como otros hechos de la historia de Colombia,  se sitúa también en 1948, junto al ingeniero José Ramón Leiva.

En el plano académico, H.V.R. fue profesor de la Universidad Nacional y miembro del grupo de fundadores de la Universidad de los Andes.

Sus obras

Edificio Banco Ganadero (Hoy Procuraduría
General de la nación)

Los habitantes de Bogotá pasamos a diario por muchas de las obras que dejo como legado este arquitecto. Edificios bancarios, torres de oficinas y conjuntos de apartamentos sin siquiera saber el nombre del autor.

A quienes nos intriga conocer sobre los gestores del patrimonio arquitectónico nos ha sorprendido descubrir la firma de este arquitecto detrás de tantos hitos del panorama urbano de Bogotá.

La Clínica del Country, el edificio del Icetex en las Aguas, la torre del Banco Ganadero en  la carrera 5a con calle 16, el World Trade Center, de Bogotá y varios edificios residenciales en El  Chicó y Santa Bárbara. Ello sin contar los trabajos que infortunadamente fueron arrasados por el crecimiento de la ciudad, como casas de los años 60 en el Chicó.

Sin embargo, ninguna de esas obras tiene tanta fascinación en nuestros recuerdos de infancia y luego en nuestro paso diario por razones laborales como el edificio UGI, localizado en la carrera 13 entre calles 39 y 40, en la zona bogotana del antiguo colegio Sagrado Corazón. Esta obra es de 1973, cuando empezábamos los años de bachillerato y los compañeros repetían lo que oían a sus padres, que el edificio se construía de arriba hacia abajo.

Y sí, así fue. Un núcleo o columna central de la cual fueron desprendiéndose las plantas de arriba abajo, para lo cual fue preciso diseñar una plataforma metálica deslizante que soportaba, además del entrepiso, los equipos y materiales de obra. Los constructores sostienen que este sistema de andamio metálico descendente permitió economizar costos y trabajar bajo cubierta, lo cual en Bogotá no deja de ser interesante por el clima. 





(*) Edificio Ugi, construido en 1972.






















La torre UGI tuvo el diseño estructural del prestigioso ingeniero Guillermo González Zuleta y en el 2002 fue remodelada para actualizar redes y sistemas.

Por cierto que a esta torre siguió la del Banco Ganadero en 1973. Esta última, que más tarde pasó a ser de la Corporación de Ahorro y Vivienda Corpavi y actualmente es sede de la Procuraduría, ocupa el terreno que en los años 30 y 40 fuera sede de la empresa de acueducto de Bogotá,  obra de José Maria Montoya Valenzuela.

De la última obra de H.V.R. quedan numerosos edificios en los que coincide la forma estriada de vidrios opacos y antepechos de concreto, como el Saturno, en la 7ª. con 83, que recuerdan el de UGI el del Banco Ganadero.






Edificio Saturno, situado en la cra, 7 con 84


















Para los interesados en los temas en urbanos, es útil preservar la memoria de Hernando Vargas Rubiano, el constructor que dejó su impronta discreta pero valiosa en la ciudad y el oficio, y quien hablaba de tomar acciones para “evitar la inminente catástrofe urbana y social”. Esto hace treinta años.



[i] Revista Proa No. 284, Agosto 1979.


Las fotografías que ilustran esta nota marcadas con (*) pertenecen al archivo de Hernando Vargas Caicedo.