lunes, 15 de febrero de 2016

Urbanidad y urbanistas (12) . Tras las huellas de Viktor Schmid (*)

 

 
Campanario de la iglesia de Santa Bibiana,
ubicada en el barrio Santa Ana, cerros orientales

  
 
El arquitecto de origen suizo Viktor Schmid, fallecido en Bogotá hace dos décadas, dejó un sello en el paisaje urbano de la ciudad, pero su obra lastimosamente ha sido arrasada casi hasta el exterminio.

Schmid, quien nació en Saint Gallen en 1909, tuvo un valor agregado y es que, más que  trabajar en una corriente de moda, creó su propia escuela, el entre nosotros llamado (y copiado) estilo suizo.

Ese estilo es el que aprendimos a reconocer de jóvenes en la pequeña iglesia de Santa Bibiana, los estudiantes en el colegio Helvetia, los amigos de las familias que vivían en casas de Bogotá y o pasaban temporadas en fincas diseñadas por el maestro, o simplemente los transeúntes que pasamos frente a sus construcciones, de las cuales quedan muy pocas.
 
Edificio en La Candelaria

Y ese valor agregado del arquitecto se lo daba, además de la riqueza de sus trabajos –que incorporaban los materiales del lugar, como nuestra tapia pisada–,  el hecho de ser además un maestro en los oficios de la ebanistería y la forja.

Entonces su labor no se limitaba a planear y construir, sino que se extendía a crear también muebles, puertas, lámparas,  chimeneas, herramientas, canales y bajantes, e incluso elaborarlos con sus propias manos.

Nuestra primera referencia de Schmid salió de una entrevista que le hizo en los 80 Antonio Morales Riveira pocos años antes de su muerte para la revista Diners (1). 

El recorte de la publicación, que conservo,  se ilustra con una estupenda foto del arquitecto encendiendo su pipa, que más parece un capitán de barco de Julio Verne.

“230 obras todas demolidas, quedan solo 17”, me dice a pocos días del 2015 su hijo, el también arquitecto Urs Schmid, gestor de la Fundación Víctor Schmid, y quien  vela por lo que queda del legado.

Esta casa de Schmid, con techo de paja,
 es parte hoy de la Universidad El Bosque

Pero sigamos con la historia. Schmid, que había estudiado arquitectura en Colonia (Alemania), llegó de carambola  a Colombia en 1940, a bordo del buque “Conte Biancamano”.

El entonces joven arquitecto huía de la guerra en Europa y pensaba llegar a Río de Janeiro, pero terminó quedándose en Colombia durante una escala en Buenaventura. Fue allí donde se topó con el cónsul suizo Walter Röthlisberger, que la abriría las puertas de la altiplanicie bogotana, en la que ya había una colonia de paisanos helvéticos.

Después de sus primeras construcciones, Viktor Schmid se asoció en 1945 con Alfonso Dávila Ortiz y otros bogotanos, que fundaron la empresa Construcol.

Alcanzamos a recordar en años de adolescencia aun en pie varias obras de Viktor Schmid, que cayeron sin piedad por intereses económicos, sin importar su valor urbanístico.



 

Casa en la calle 74 con carrera 4a

A finales de los 50, el arquitecto decidió regresar a su país, pero no logró acoplarse y volvió pocos años más tarde a Colombia. Dicen sus amigos que se sentía como un refugiado en su propio lugar de origen y por eso decidió retornar a Colombia, con 60 años a cuestas.

“Colombia para mí era y es mi versión del Edén”, dijo Schmid en la citada entrevista. Esa vez declaró también que para él “la arquitectura debe incluir ser constructor al tiempo que diseñar”.

En cuanto a los materiales y técnicas de la tierra, afirmó que  “una pared de tapia pisada vale tres veces menos que un muro de ladrillo y resiste más”.

“Mi modo de ver la arquitectura es casi antropológico”, expresó Schmid, que tenía la necesidad de hacer todo con las manos.

Esa vez confesó que tenía guardadas cajas con cuentos y novelas inéditos y una autobiografía.

Muchas creaciones de Schmid fueron encargos de la burguesía bogotana de la época, no solo de la colonia suiza.  “Mi padre le ofreció un toque de diferencia exótica, exclusividad y la elegancia de lo rústico”, dijo alguna vez su hijo. (2)

Así, salieron de su lápiz la Casa Röthlisberger (1941), que desafía honrosamente las posibilidades multimillonarias del negocio inmobiliario desde la esquina suroriental de la carrera 11 con calle 85.

Del mismo año es la finca El Refugio, de Rómulo Lara, situada en Sasaima, y en la cual funciona hoy en día un hotel spa.


Esta casa parece una granja europea
enclavada en el barrio la Cabrera


Siguen en la lista la modernista casa del pintor Sergio Trujillo Magnenat (1946) en la calle 58 con 3a, restaurada hace poco; la de  Gabriel Toro (1946), en la carrera 8ª no 87-43, que parece una granja de algún cantón extraviada en La Cabrera;  y la de Alberto Isaza (1948),  en la calle 74 con 7a, que conocimos pocos años antes de su demolición.



Esta construcción de la 7a con 74 cayó
a pesar de los llamados para conservarla
Esta última villa, que parecía sacada de un barrio de Roma o Ginebra y cayó en 1992, fue vendida años después a Jorge Mejía Salazar, y finalmente funcionó allí la Financiera Industrial.

“Nadie pudo salvar la joya de Schmid”, publicó El Tiempo al registrar la demolición para dar paso a un edificio de apartamentos construido por Camilo y Nicolás Samper.

Algún libro de arquitectura menciona detalles de la casa de Marcelo Uribe (1950) en la 81 con 5a , que tenía 8 habitaciones y capilla. Y que ya no existe.

Son obras de Schmid el Colegio Helvetia (1952), la casa de Aurelio Samper (1952) en la calle 75 con 15, y la de Jorge Castello (1953), ahora Embajada de Perú, en la 7ª con calle 81.



La casa Castello, actual Embajada de Perú
La vivienda de Aurelio Samper se salvó. Ahora es parte
de la sede norte de la Universidad Central
Como también el edificio ubicado en plena zona histórica de La Candelaria, en la calle 11 con carrera 2a., que se conserva en buen estado.

Schmid hizo su propia casa (1951) en la carrera 8a con 65, que fue además tienda de objetos. Y también la casa Miguel Jencso (1954), una de sus obras supervivientes en una zona de alta cotización inmobiliaria, a pocas cuadras del parque de la 93.

Por ser quizá su única obra de tipo religioso, nos detenemos en la capilla de Santa Bibiana (1957), que se edificó sobre antiguas pesebreras de la hacienda de Tomás Rueda Vargas, Santa Ana.



 

Otras vistas de Santa Bibiana, capilla que nació de
antiguos establos de la casa de don Tomás Rueda Vargas

 
La capillita de la carrera 1ª. con 108, bautizada en memoria de doña Bibiana Vargas de Rueda,  ha sido sitio de moda para matrimonios y tiene las funciones adicionales de eje de circulación y parque.

Urs Schmid también me indicó que él y su grupo la restauraron y recuperaron el esplendor de varios alteraciones infligidas por alguno de los párrocos.
 
Casa Carrizosa, también en Santa Ana

Y para terminar citamos las casas de Ernesto Carrizosa (1962), hoy camuflada entre mallas de alambre y setos en Santa Ana, muy cerca de Santa Bibiana –para protegerse de la inseguridad–  de Jaime Correal (1962), en la carrera 14 con 94, hasta hace poco restaurante de mariscos; y la de Humberto Vegalara (1963).

Todo ello sin olvidar sus objetos, como los que decoran el interior del edificio Casa Medina. Todo lo que influenció a arquitectos locales que pergeñaron el estilo suizo y hasta mueblerías que intentaron ofrecer sus diseños. Mecedoras, mesas y repisas con canales de color rojo,  camas y sillas con espaldares con un corazón en el centro, y lámparas de cobre y pergamino.


Casa del pintor Sergio Trujillo Magnenat 

A finales de 1991, el Museo Nacional de Colombia  organizó la exposición ‘40 años de Viktor Schmid arquitecto’.

“¡Lástima que no se haya entendido suficientemente el valor de su arquitectura y que el afán de lucro para hacer más rentables los terrenos haya permitido la demolición!”, manifestó entonces su amigo y socio Alfonso Dávila.  (5)

Y Bogotá, que le debe un homenaje al maestro, puede empezar por comprometerse a que vivan para siempre las obras de Viktor Schmid que sobrevivieron al exterminio. Y a estimular esa especie de “schmidsonian” que podría ser su museo en Bogotá. (6)

La casa Jencso sobrevive solitaria en la cra. 10
 con calle 93. No sería nada sin su rica vegetación 


Notas

1.Morales Riveira, Antonio. Víctor Schmid. En Revista Diners, Junio de 1980

2.En pocas palabras.  Juan  Manuel Pombo Abondano. Revista Cambio. Septiembre 15 de 2002

3.Nadie pudo salvar la joya de Schmid. El Tiempo, viernes 27 de noviembre de 1992. Pág. 1D

4.Rozo, Eugenia Catalina. Víctor Schmid, Arquitecto y artista. Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, 2011. Trabajo inédito publicado en la web de la entidad y en la biblioteca digital Issu.

5. Dávila Ortiz, Alfonso. Folleto de la exposición "40 años de Víctor Schmid Arquitecto", Museo Nacional,  Bogotá, septiembre de 1991.

6. Guillén, Gonzalo, Revista Plan B. Noviembre 2006.

 

(*) Agradecimiento especial al arquitecto Urs Schmid.

 
Las fotografías en blanco y negro son del archivo de Paul Beer, y fueron tomadas de  la Biblioteca Luis Ángel Arango.


 
 

El periódico de Clark Kent y el hotel de Times Square


Nueva York ofrece tan abundante información urbana que uno podría no solo caminar por sus calles y laberintos durante años, sino que también podría hablar sin pausa y llenar miles de páginas.

Dos detalles urbanos entre los muchos que nos llamaron la atención y que en algún momento irán apareciendo, se refieren a la sede del diario The Daily News, Planeta, el que conocimos en Superman, y un viejo hotel cargado de historia en Times Square, ambos en Manhattan.  
 


El periódico de Clark Kent aún existe…
La puerta del periódico sobre la calle 42
 
 
El Daily News Building, situado en el 220 Este de la calle 42, en el Midtown de Manhattan, fue construido en 1929, en estilo Art Deco. Los arquitectos fueron Raymond Hood y John Mead Howells.

Fue inscrito en el  Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos en 01982-11-14 1982.

Esta torre fue utilizada en la ficción como sede del Daily Planet en el que trabajaba Clark Kent, ocultando su identidad de Supermán.

El Daily News llegó a ser el quinto periódico del país en circulación, con más de 700 ejemplares diarios.

La sede del periódico se mantiene intacta viendo pasar el tiempo, en una vía que pasa por sitios legendarios y archiconocidos en postales y en cine como Bryant Park, la estación Grand Central, el edificio Chrysler, Naciones Unidas y hasta el museo de Madame Tussauds.

Y el hotel ...
 
Times Square, en el midtown de Manhattan, es considerada la más grande intersección comercial del mundo. Por ello encontrar por allí un hotel que se llame Times Square, donde hay centenares, es algo para tener en cuenta.


La entrada es de película

Times Square Hotel fue construido en 1922 por el emprendedor Henry Claman, presidente de West Forty-eighth Street Realty Company. Está localizado en el número 255 oeste de la calle 43, esquina con la avenida 8, en una de las manzanas de espectáculos del Theatre District.
Sus arquitectos fueron Gronenberg & Leuchtag, que hicieron una obra de estilo Renaissance (renacimiento). El edificio fue inscrito en 1995 en el Registro Nacional de Sitios Históricos de EEUU.
 
Las torres del T.S. Hotel de frente, sobre la 43
 
Claman había comprado a Charles A. Christmas varios edificios que estaban en esa esquina.

Un año más tarde el hotel fue adquirido por Manger Brothers, que cambió el nombre a Times Square Hotel, que tenía un piso reservado para mujeres.

Una sociedad liderada por Arthur Schwebel controló el edificio entre 1962 y 1981.



En 1963, Shwebel modificó el nombre del hotel y le puso Times Square Motor Hotel, debido a que el establecimiento funcionó por entonces con precios moderados y estacionamiento gratuito.
A comienzos de los 70, el hotel se convirtió en hogar de veteranos de la guerra de Vietnam y beneficiarios del sistema de bienestar público.

A la entrada del hotel una placa rinde tributo 
    a la memoria de Henry Claman (1872-1924)


 Otra placa de bronce recuerda a Arthur Schwebel


Tras un período de deterioro, el edificio fue adquirido por Covenant House en  1984.

Actualmente ofrece alojamiento a trabajadores y personas con alguna discapacidad.
 
Y hasta aquí esta doble historia neoyorquina, de las muchas consignadas en una libreta de apuntes de esa inagotable fuente que es esta ciudad que nunca dueme.
 
 
 
 

 

 

 

 
 
 


 

 

 

martes, 11 de agosto de 2015

La calle de los anticuarios

Capilla de Santa María de los Ángeles, a cuyo alrededor
se formó la vía de las antigüedades en el norte de Bogotá
 
 
La calle 79B, una vía estrecha y empinada que sube desde la carrera 9ª hacia el oriente, o baja desde la 7ª al occidente, en el barrio bogotano de El Nogal, se convirtió hace pocos años en la Calle de los Anticuarios y pasó a ser atractivo no solo para coleccionistas, sino también para caminantes y turistas.
 
Todo porque prosperaron negocios de antigüedades en la zona, de la misma manera que,  por esa particularidad de Bogotá, hay zonas de tiendas de artículos eléctricos, zonas de tiendas de bicicletas, zonas de almacenes de muebles, zonas de ventas de lámparas, zonas de negocios de repuestos, zonas de ópticas; zonas de instrumentos musicales y muchas especialidades más.
 
La Calle de los Anticuarios vista hacia
el occidente, con sus problemas de parqueo
En esta bella casa hay un jardín infantil
 
 
   
Pero ese camino tan particular, sin andenes pero con árboles a lado y lado, en algún tiempo fue una tranquila calle de barrio y mucho antes fue parte de una hacienda familiar ligada a la historia de la república y a ilustres apellidos.
 
Sin ir muy lejos, antes de su atractivo actual –los anticuarios–, la 79B era una calle que se desprendía de la capilla de Santa María de los Ángeles o que terminaba al pasar a lado y lado de la pequeña iglesia que perteneciera a los Holguín, una familia en la que hubo presidentes, lingüistas, músicos, pintores, escritores, filósofos y diplomáticos.  
 
Fue precisamente en ese sitio donde estuvo la casa solariega de don Carlos Holguín,  presidente a finales de siglo –como lo fueron su hermano Jorge y su cuñado Miguel Antonio Caro– y de su esposa Margarita. La capilla fue construida gracias a Margarita Holguín y Caro en un extremo de la vía, en la que surgieron poco a poco las residencias de otros holguines.
 
 
            
 
 El altar de la Santa María de los Ángeles y la tumba de Carlos Holguín.
Los murales  y el relieve en piedra son obra de su hija Margarita
 
La pequeña capilla se construyó en 1920 y en 1948 la familia la confió al cuidado de los hermanos agustinos. (1)
 
El templo de pequeña factura tiene planta cruciforme y en los extremos se encuentran las tumbas de Carlos Holguín y Margarita Caro de Holguín. Carlos Holguín Mallarino (1832-1894) fue presidente de la República entre 1888-1892.
 
Daniel Arango muestra unas pinceladas que sirven para este esbozo de historia de la calle bogotana. Recuerda su amistad con el poeta y humanista Andrés Holguín, a quien conocimos y admiramos en la adolescencia. Arango cuenta que en la calle semiprivada que partía por detrás de la Santa María de los Ángeles residían algunos de los Holguín, razón por la cual los amigos llamaban ese sitio ‘Holguinópolis’. (2)
 
La iglesita, que estuvo de moda durante años para matrimonios, guarda recuerdos de la familia donante como el lienzo del altar, que muestra a la Virgen y San José mirando al niño y protegidos por ángeles en un cobertizo de paja, con un rebaño a sus pies. Pues esa pintura es  obra  de la pintora y escultora Margarita Holguín y Caro, hija del presidente, nacida en 1875 y fallecida en 1959.
 
 
 La casa de la izquierda, de las más antiguas y próximas a la iglesia, está
 vacía hace más de dos años. Más abajo su vecina en buen estado y en uso.
 
La zona se consolidó en los años 40 y 50 y en 1953 la capilla pasó a ser Parroquia de Santa Mónica, si bien se le conoce con el otro nombre.
 
Salvo contadas excepciones, las casas de la 79B se mantienen casi sin alteraciones en pleno 2015. Y suponemos que no han sido pocas las presiones para demolerlas y llenar esa cuesta de los anticuarios de torres de apartamentos, como ya ocurrió hace dos y tres décadas en la calle del norte y la del sur que enmarcan este cachaquísimo lugar.
 
 
 
A lado y lado de la vía, en un  trayecto de 300 metros, hay tres restaurantes –uno de ellos se transforma en bar en las noches–, una galería de arte, una inmobiliaria, una peluquería, un negocio de decoración, un jardín infantil, una tienda de papeles finos, una tienda de regalos para niños, una tienda de ropa de mujer, otra de ropa para bebé y varias oficinas profesionales.
 
 
 
Otros dos negocios de la 79B amigables con el estilo de dos antiguas casas de familia
 
Hay, por supuesto, anticuarios, sobreviven solamente dos casas de familia y una de las casas es la casa cural de Santa Mónica.
 
Y a un lado, con frente sobre la 7ª  se encuentra el edificio residencia de los agustinos que regentan la parroquia, que son los mismos que dirigen el Liceo de Cervantes El Retiro, cuatro cuadras al norte.
 

 
Costado de la iglesia de Santa María de los Ángeles. Detrás, el
edificio vivienda de los agustinos. La calle da la vuelta al templo.
 
Aunque el área está protegida por las normas de conservación urbana, al menos tres predios fueron transformados y uno se halla en plena construcción. La mayoría de las construcciones de la 79B entre 7ª y 9ª está inscrita como Inmuebles de Interés Cultural del Ámbito Distrital. Ello no impide que algunos de los predios hayan sido excluidos,  demolidos o alterados.
 
Alfonso Guzmán Pinto, arquitecto y presidente de la Asociación de Anticuarios de Colombia, me dijo que “en tiempos de apogeo llegó a haber 20 anticuarios. Ahora quedan ocho”.
 
 
Anticuario de Alfonso Guzmán y restaurante Il Tinello.
A la derecha, El Bandido, bistró situado al final de la calle.
 
Guzmán, que tiene su tienda de antigüedades en la 79B desde hace 25 años, recuerda que el primer anticuario que hubo en ese lugar fue el de las hermanas Julia y Belén Casas, hace más de tres décadas.
 
Añadió que lo interesante es que alrededor de los anticuarios surgieron otro tipo de establecimientos, como por ejemplo restaurantes y galerías de arte.
 
Actualmente el pavimento de la calle está bastante deteriorado, lo cual no es raro en la Bogotá de los últimos años. Pero independientemente de visiones de clase, la zona debería merecer la atención de las autoridades.
 
La calle de los anticuarios es, en fin, un tema que aparece en nuestro cuento “Calle de lágrimas”, que publicaremos en breve.
 


(2) ARANGO, Daniel. Andrés Holguín en el recuerdo.
Thesaurus Tomo LIII, Núm. 3 (1988)

 

 
 

 

 

 

 

 
 

 

 

 

 

 

Tumba de Carlos Holguín. Relieve realizado por su hija Margarita Holguín y Caro en el extremo sur de la capilla de Santa María de los Ángeles, Bogotá.

 

 

miércoles, 5 de agosto de 2015

¡Tierra! ¡Tierra! para el nuevo Colón

El pasado 5 de agosto, durante la presentación de los resultados del Ministerio de Cultura, el Presidente Santos citó entre las 296 obras de infraestructura cultural entregadas el Teatro Colón, de Bogotá.


El Teatro  con el atrio y la pérgola
añadidos en el siglo XXI

“Quedó espectacular”, aunque agregó algo importante: “Le falta una tercera fase”.

El teatro de Cristóbal Colón, el teatro por excelencia de Bogotá, testigo de más de un siglo de vida cultural capitalina, está creciendo para convertirse en un complejo cultural y en una especie de manzana de las artes, integrada a la vez al distrito de la cultura del corazón de la ciudad.

En lo que fuera antes el Coliseo de Ramírez o de don Bruno Maldonado, en 1892 se inauguró el Colón paras celebrar cuatro siglos del descubrimiento de América.

El recinto le había dado nombre a la Calle del Coliseo, la empinada calle 10, una de las más importantes de la ciudad de entonces, frente al Palacio de San Carlos y al lugar por el que se dice que saltó Bolívar de una ventana en aquella “nefanda nocte septembrina” de 1828.


Placa conmemorativa instalada en el frente del Colón

El Colón actual, que tiene capacidad para 900 espectadores y 2.400 metros cuadrados de área, fue obra del arquitecto italiano Pietro Cantini.

Un aspecto interesante de esa obra colosal para entonces es que además de Cantini, se trajo al país un contingente de artistas o artesanos italianos (o de otras nacionalidades europeas) en el que también se encontraban Luigi Ramelli, maestro de la ornamentación en yeso; el escultor Cesare Sighinolfi, y Aníbale Gatti, autor del telón de boca. El grupo de constructores echó raíces en Bogotá y formó familias colombianas.

Desde el 2008 el Colón entró en la reforma más ambiciosa que haya sufrido en 120 años, incluso más que la de 1975, cuando fue declarado monumento nacional por decreto.
 
Agregar leyenda


Actualmente se anuncia la tercera fase en unas vallas instaladas en el sitio bogotano en el que hubo tiendas de artículos religiosos, marqueterías y cafeterías, particularmente en la esquina suroriental de la carrera 6ª con calle 11.

 
 
Es decir, parte trasera del Colón e intersección en la que hoy confluyen felizmente no solo el área posterior de la Catedral Primada, sino además el acertado ámbito de circulación creado por el Centro Cultural Gabriel García Márquez, construido por el Fondo de Cultura Económica, de México.
 

Esa tercera fase incluirá una sala alterna de 450 butacas, otra experimental de 200, área de espera y una cafetería de 2.750 metros cuadrados.


Vista por la carrera 6a hacia el suroriente

Alberto Escovar, Director de Patrimonio del Ministerio de Cultura, dijo hace poco en entrevista publicada por Semana que hasta comienzos de año se habían invertido aproximadamente 55 mil millones de pesos en las tres etapas.

La primera etapa comprendió la restauración del teatro, reforzamiento estructural, arreglo de la platea y los palcos, ornamentación en yeso, pintura mural y muebles, incluyendo las terriblemente incomodas butacas. Demandó una inversión total de más de 13 mil millones de pesos y terminó en 2011.

En una segunda etapa, desde el 2011 hasta comienzos del 2015, se modificó la caja escénica, se restauró el telón de boca y se renovaron los equipos de iluminación y sonido, con una inversión de más de  31 mil millones de pesos.

En la tercera etapa, ya en marcha, se anunció en el 2012 la ampliación del recinto cultural para complementarlo con salas alternas de enseñanza y producción teatral, con un costo de más de 10 mil millones de pesos, aportados por Mincultura. Con esto se busca crear una verdadera escuela de técnicos y actores.

Sala alterna para 250 personas
Nueva sala con 600 sillas
Así, la actual sala Delia Zapata Olivella pasará a ser parte del complejo, que tendrá  tres salas. Una de ensayos para la Orquesta Sinfónica y las dos que mencionábamos con capacidad para 600 y 250 personas.

Así mismo, habrá salas de ensayo para danza, música y teatro, estacionamiento subterráneo, restaurante y tienda de museo.

En este proceso de restauración, algunos críticos han hecho reparos a lo  invertido en la platea y a la entrada, en la que se hizo un atrio con rampa para discapacitados. Esto se sumó a la pérgola colocada hace cuatro años en la entrada principal.

Critican también que después de tanto tiempo y de recursos tan cuantioso, el Colón aún no opere sino esporádicamente.

El hecho es que el Colón sigue en obra.
Futura entrada a las nuevas salas 
Así lucirá la nueva parte posterior del complejo cultural


Y algo parecido sucede con la iglesia de San Ignacio, a muy pocos metros de distancia. Este templo de la Compañía de Jesús, diseñado por el italiano Juan Bautista Coluccini –acaso el más valioso de los de antiguos la ciudad por su colección pictórica–, se encuentra en obra desde 2003.

Su cierre priva de los servicios no solo a los feligreses y a los devotos del ‘agua de San Ignacio’, sino también a los visitantes y vecinos del lugar interesados en las riquezas que atesora. Me dicen funcionarios del Ministerio de Cultura que esta restauración está adelantada pero está en suspenso por falta de fondos.

Pero este será tema para otra ocasión.

 

(1)  Semana. “El Teatro Colón no ha incurrido en sobrecostos”.