lunes, 24 de septiembre de 2012

Casa de Nariño: El segundo hogar de muchos colombianos




Sí, vivimos en la Casa de Nariño. O vivimos metidos en la casa presidencial. Se sabe que es la casa de todos los colombianos, pero como trabajamos en ella,  la consideramos nuestro  segundo hogar. Diríamos que no tiene nada de diferente a trabajar en cualquier otro lugar. Aunque la gente piensa que la emoción de hacerlo dura toda la vida. Lo que sí se mantiene es el honor de hacerlo, que además comporta una responsabilidad, como los apellidos.

Lo cierto es que la casona en la que trabaja el mandatario tiene más de una historia.  Y nunca faltan  exageraciones que es bueno desechar.

Vamos por partes. El Palacio de Nariño se llamó primero Palacio de la Carrera, por estar situado en la Calle de la Carrera, que es un pedazo de la actual carrera Séptima que tomó ese nombre porque en ella se libraban carreras de caballos. Y de allí se empezó a llamar genéricamente carreras a las avenidas que iban de sur a norte en la ciudad.



El llamado palacio se construyó en el lugar donde quedaba la casa natal del precursor Antonio Nariño. Desde luego que Nariño no nació en el Palacio de Nariño, ni siquiera en el Palacio de la Carrera, como parecen creer algunos.


Es más, el actual palacio no tiene nada que ver con aquello. Porque aquella sede presidencial, cuya construcción fue ordenada por Rafael Reyes en 1908, solo ocupaba un pequeño pedazo de terreno con frente a la carrera Séptima.


Con el tiempo, esa casa con frente neoclásico, llamada con bastante generosidad palacio, se fue extendiendo hacia la parte trasera e incluso tuvo una entrada para carruajes y luego automóviles por la carrera Octava. El 9 de abril de 1948, por ejemplo, cuando era presidente Mariano Ospina Pérez, aun tenía ese tamaño largo y angosto que impedía ampliaciones apenas adecuadas.


Por eso cuando niños y grandes visitan la sede presidencial piensan que en sus salones transcurrió la historia de varios siglos, cuando en realidad diríamos que más de un 70 por ciento del edificio es nuevo, es decir, tiene solo unos treinta y tantos años de construido. 
Terminada la obra, los peatones podían cruzar frente al
Palacio. Poco tiempo después se instalaron las verjas de seguridad
Porque lo que se conoce como Casa de Nariño prácticamente viene de 1979, cuando se empezó a utilizar la obra hecha con amplitud y generosidad y derroche de piedra bogotana, en lo que durante años estuvo casi abandonado, desde 1954, cuando Rojas Pinilla decidió irse al Palacio de San Carlos y hasta 1980, cuando el presidente Turbay Ayala regresó a una obra impulsada por su antecesor López Michelsen (1974-78), que sin embargo había comenzado en 1972 pero con ambiciones mucho menores.


Y en esos 25 años tuvo distintos destinos, principalmente sede de la Cancillería, ya que el salón Amarillo o de credenciales, que aún lleva ese nombre, era el lugar indicado para recibir a los nuevos embajadores. La ley 10 de 1949 ordenó la construcción de la sede presidencial y el despeje de varias manzanas del centro bogotano para conformar una zona de edificios públicos, lo cual finalmente se hizo a medias y se concretó en el llamado Centro Administrativo Nacional (CAN).
Pero volvamos a la historia.
La citada ley ordenó  construir en Bogotá el nuevo palacio para residencia de los Presidentes de Colombia, “aprovechando para ello el sitio ocupado actualmente por el edificio llamado Palacio de la Carrera, y las zonas adyacentes de propiedad particular, comprendidas entre las carreras séptima y octava, así como las demás que juzgue necesarias”. 
 
La norma (art. 2°, declaró de utilidad pública la adquisición de las edificaciones necesarias para edificar sobre ellas el palacio y facultó al Personero Municipal de Bogotá para proceder a la compra o expropiación, si fuere el caso, de dichos inmuebles.
 
El artículo 3 establecía que el gobierno podría ocupar inmediatamente las edificaciones de propiedad particular comprendidas entre las carreras séptima y octava y las calles séptima y octava, y procedería a indemnizar de acuerdo con la ley a las personas naturales o jurídicas que las ocupaban el 28 de abril de 1948.  La misma ley dispuso incluir en las apropiaciones para la vigencia de 1950 “una partida no menor de un millón de pesos” con destino a los gastos que demandara la obra.


Del antiguo palacio queda solo el ala oriental, que fue agrandada hasta ocupar toda la manzana, lo que exigió demoler casas antiguas, entre ellas la que fuera residencia de Camilo Torres y un viejo taller de vehículos oficiales que había en lo que hoy es el extremo suroccidental del palacio. Y también durante varias décadas, como lo señalan las fotografías, lo que hoy es la plaza de armas de la Casa de Nariño fue parqueadero de automóviles luego de que se demolieran las construcciones que allí existieron.

En los 50, luego de demoler las casas, la manzana que hoy es plaza de armas del
palacio sirvió de estacionamiento. Allí quedó la Casa de la Expedición Botánica.


Cuentan los diarios de la época que el palacio construido por Reyes hace más de cien años y que fue diseñado por el francés Gastón Lelarge, costó 198.000 pesos. Y el barrio se conocía entonces como barrio del Palacio, que así se llamaba por el palacio virreinal que quedaba en sus inmediaciones. No La Candelaria, que queda algo lejos y arriba, en la carrera 4ª. con 11. Incluso es más apropiado hablar del barrio de La Catedral o de los cercanos barrios San Agustín, Santa Bárbara o Liévano.



La construcción del actual Palacio de Nariño estuvo a cargo de Estruco Limitada y tuvo un costo de 149 millones de pesos de la época, de acuerdo con una crónica publicada en esos años en el diario El Tiempo. Su interventor fue el arquitecto Fernando Alsina, del Ministerio de Obras Públicas y quien contó con la ayuda de la también arquitecta Olga Tapias.

Otras fuentes históricas precisan que esta ampliación y reforma intervinieron Padilla, Trujillo y Cia. Ltda., que hizo el anteproyecto y estudio en 1968,  con la asesoría de Manuel de Vengoechea De Mier, conocido arquitecto y exalcalde de la ciudad. Padilla presentó otro estudio en 1975 y finalmente se acogió la propuesta de Obregón, Valenzuela y Cia.

Entretanto el diseño del pórtico de columnas de orden jónico que se enfrenta con la parte trasera del Capitolio, fue responsabilidad de los arquitectos Carlos Schloss Pombo y Gabriel Uribe Céspedes.  (2)


Crónica de El Tiempo en 1979

A la antigua casa presidencial, que  tenía 5 mil metros cuadrados, se le agregaron 27 mil metros cuadrados. 1
Entre los aspectos más llamativos de la obra figura el uso de la piedra caliza muy conocida en la ciudad como piedra muñeca o piedra bogotana, producida por la firma Canteras de Terreros, ubicada en Soacha. Allí se utilizaron 4.134 metros de ese noble material.

También merecen destacarse las rejas que circundan la casa casi en su totalidad y que fueron fabricadas por Talleres Grijalba, como lo atestigua la inscripción que llevan algunas torres de esa verja, que anota el año de 1979.

Es de recordar que esa empresa tuvo importante actividad en las décadas de 1940 y 50. Incluso tras los sucesos del 9 de abril de 1948, la empresa Grijalba publicó un aviso en la prensa lamentando los hechos y ofreciendo sus servicios, como puede verse en la imagen.
 


La dotación e inventario del palacio darían para otra crónica. Baste decir que funcionarios de la administración Turbay Ayala causaron una polémica cuando viajaron a Europa a comprar muebles y alfombras.


Pocos son los objetos realmente originales e históricos dentro del palacio y no hay prácticamente nada que haya sido de Bolívar, Santander o Nariño, como a veces se afirma con ligereza. La prensa consultada para este escrito afirma que el tríptico de Andrés de Santa María colgado en palacio estaba avaluado por aquella época en 30 millones de pesos, en tanto que el cuadro del venezolano Tito Salas, que aún adorna uno de los pasillos, estaba avaluado en  12 millones de pesos.

Otras leyendas urbanas aseguran que el palacio tiene una galería de túneles subterráneos e incluso hay quien afirma que Rojas Pinilla tuvo uno que llegaba hasta el aeropuerto para facilitar su huida en caso necesario. No tantos misterios. Si acaso sea cierto que el palacio tiene ventanas blindadas y que fue diseñado con bastante sentido del futuro y la duración, con materiales muy resistentes y paredes de gran grosor, con la experiencia de aquellos años en que se temía un ataque como el que se intentó en el Bogotazo.

Esta foto publicada por El Siglo en 1979 comparaba
la sede presidencial bogotana con la Casa Blanca


El palacio pronto se quedó pequeño y ya en 1987 el gobierno de Virgilio Barco comenzó a buscar para dónde crecer, lo que logró en principio incorporando al Departamento a Administrativo de la Presidencia de la República el edificio adjunto, que era de la Superintendencia Bancaria, y otro más que fue el hotel Imperial y que se utilizó pocos años como sede del Ministerio de Minas.

Por eso les será difícil a los transeúntes de hoy creer que alguna vez esa obra fue considerada signo de opulencia y de riqueza, cuando hoy en día es apenas un lugar digno para el despacho presidencial y hace años resulta insuficiente.



Patio de los Novios. Este sitio marca el fin de la casa
original del Palacio de 1908. Hacia el oeste todo es nuevo.
No parece probable que el palacio deje de serlo por lo pronto, ni que se vaya para otra parte de la ciudad. Hay que destacar que la presencia del gobernante en la zona sirve para mantener la seguridad de ese sector bogotano y ha ayudado a que tenga vida.

Aun así, los transeúntes de hace treinta y no sé cuántos años, cuando pasaban frente a la obra en construcción, se mostraban maravillados de su tamaño y recordamos que un día, aún adolescentes, hicimos una expedición a la distante región del centro, y escuchamos a un camionero que, al volante de su vieja y polvorienta volqueta, comentaba: “¿Van a  vivir mal los berracos, no?"

Notas

1.    El Tiempo, abril 29 de 1979 pág. 8 A. Abril 30 de 1979, pág. Última A.

lunes, 6 de agosto de 2012

El negocio del transporte y el SITP


Bogotá, la ciudad más grande de Colombia, posee también el peor sistema de transporte urbano del país, si es que puede llamarse sistema a un negocio que desde hace medio siglo engorda las barrigas de empresarios privados.  


Exceptuando, desde luego, el sistema Transmilenio, establecido en tiempos del alcalde Enrique Peñalosa hace doce años y que es el único esfuerzo serio de resolver el problema que se ha concretado en todas estas décadas. Tanto que aún hasta sus detractores, los alcaldes posteriores, viven del invento.


Pero es sabido que Transmilenio fue concebido como parte del Sistema Integrado de Transporte Público y ambas cosas han sido dilatadas en las últimas administraciones capitalinas, con negligencia y mala fe, hasta llegar a comprometer su supervivencia.


Al nuevo alcalde se le ha oído decir que el SITP va a entrar en operación gradualmente en este segundo semestre y para ello supuestamente se hacen pruebas piloto. Ojalá así fuera, por el bien  de los habitantes de esta ciudad convulsionada por la inoperancia de sus autoridades. Pero aún no  se ve mayor cosa.


A nadie le cabe en la cabeza que en pleno 2012 los habitantes de una ciudad de cerca de 8 millones de habitantes tengan que acudir para llegar a sus sitios de trabajo, estudio, negocio o familia en vehículos tan inapropiados, que se detienen en cualquier parte y que hacen recorridos eternos, contaminando el ambiente, maltratando a los pasajeros y estorbando a los demás, lo que se traduce en una gran pérdida de tiempo.


Hace diez años el expresidente Alfonso López Michelsen se refirió al problema de las chimeneas ambulantes con algo de preocupación por su impacto en la calidad de vida de los capitalinos.


“Es un sistema prácticamente inexplicable. Cien buses con un solo pasajero, con el precio de la gasolina subiendo de mes en mes. Haciendo recorridos larguísimos, un bus detrás de otro, sin que uno se explique cómo pueden sostener económicamente personas sin recursos ese gasto consistente en el precio de los combustibles y en el desgaste de los equipos”, declaró el fallecido estadista al periodista Carlos Gustavo Álvarez.1


Pero López seguramente sabía que detrás de esos convoyes de chatarra, de carromatos de circo, de buses destartalados y humeantes, se esconde un gran negocio que pasa como servicio desde hace cinco o seis décadas.


Uno se pregunta por qué en las avenidas de Bogotá los autobuses no circulan con una frecuencia determinada, cada 5 o cada 10 minutos, por ejemplo, sino que transitan de tres en tres de compañías diferentes en una guerra por los pasajeros. Y por qué generalmente no se detienen en las paradas demarcadas sino en otras partes –incluyendo la mitad de las vías–­, en una especie de reto a las normas. Parecen marcando territorio.


Esa es la explicación por la que se retrasa y se aplaza cada dos o tres meses la entrada en marcha del Sistema Integrado, que contempla medidas tan elementales como tener vehículos apropiados, paraderos fijos, tarifas unificadas y una administración de horarios y frecuencias, y conductores medianamente calificados.


En cuanto a la parte ambiental, Bogotá se ha hecho legendaria por su atmósfera turbia  y negra, y sus edificios manchados por el humo de los buses viejos. Tampoco a nadie le cabe en la cabeza que puedan circular estos generadores de gas carbónico y que las autoridades no hagan nada.  En eso tiene mucha responsabilidad la mala calidad del combustible nacional.


Pero dentro de este panorama de confusión, sale a decir un ministro de Minas  que el diesel que se vende en Bogotá es tan bueno como el de Frankfurt o de Boston.  Uno se pregunta si el diesel que se vende en Colombia es uno de los más limpios del mundo, con qué clase de purgante trabajan los buses y busetas de Bogotá, inclusive los articulados de Transmilenio.


Y mientras tanto se mantiene el negocio para los transportistas y el suplicio para los habitantes de la ciudad. La administración actual tiene en sus manos la posibilidad que desecharon casi todas las anteriores de pasar a la historia. Pero por ahora todo son globos, como los del tranvía, el tren ligero, el metro ligero y otras tonterías que tiene de todo menos hacerse ligero. En esto no se puede seguir improvisando y dilatando.



(1)  Bogotá de Memoria. EPM, Bogotá 2002

lunes, 30 de julio de 2012

Urbanidad y urbanistas (2). Tras las huellas de Fernando Martínez Sanabria



Hace varios años un grupo de edificios residenciales ubicados en la carrera 7ª con calle 84, de Bogotá, se encuentra deshabitado y abandonado a la espera del turno de demolición y de seguro se espera utilizar estos terrenos enormemente valorizados para construir edificios de oficinas.


En ese mismo lugar ya fue demolido hace algunos años un pequeño edificio construido por el fallecido arquitecto hispano-colombiano Fernando Martínez Sanabria, que precisamente vivió allí hasta su muerte en diciembre de 1991, en un amplio apartamento que se destacaba por su gigantesco estudio abarrotado de libros.


  
Martínez Sanabria, conocido por sus amigos como “Chuli”, fue el autor también de los edificios restantes que ocupan el costado occidental de la 7ª entre la 84 y 85 y por si fuera poco, también diseñó el edificio del frente.


Se trata, de sur a norte, de los edificios de Blanca M. de Ponce, Elvira de Ogliastri, Alfonso Giraldo y El Retiro, y un poco más allá el edificio Mallarino, éste último burdamente desfigurado.


Autoridad en música y artes plásticas, Martínez Sanabria tuvo una renombrada  biblioteca y una famosa colección de discos en el enorme estudio de su apartamento del Edificio Ogliastri, demolido hace diez años, y cuyo terreno fue cerrado con una tapia de bloques que ahora sirve de tablero de carteles de espectáculos.

Edificio Ogliastri, donde vivió Martínez Sanabria hasta su muerte (*)

Y la sucesión de construcciones del autor en la 7ª con 84  no termina allí, pues al frente se encuentra el edificio Colinsa, propiedad de Julio Mario Santo Domingo, que tenía un enorme penthouse con cancha de tenis.


Y este edificio de siete plantas tiene una historia según la cual una pared irregular que sobresale de la fachada de manera diagonal y caprichosa, fue un recurso con el que se logró agrandar el apartamento de Santo Domingo con el único fin de que cupiera la mesa de unos muebles de comedor traídos por el empresario de Polinesia.



Resulta muy interesante para el observador urbano constatar que gran parte de la obra de Martínez Sanabria está concentrada en unos pocos sectores casi contiguos. El Retiro, Antiguo Country, El Refugio y Rosales; entre las calles 70 y 87 hay una huella urbana  suya que puede recorrerse prácticamente en minutos.


Pese a que su obra, como la de otros constructores, fue parcialmente arrasada, lo que dificulta reconstruirla dentro de la memoria urbana, hay dos o tres lugares en los que sus construcciones sucesivas ocupan manzanas continuas. Y diríamos que el arquitecto se especializó en construir por zonas.


Nacido en Madrid en 1925, el urbanista llegó a Bogotá con su familia en 1938, por invitación del Presidente Eduardo Santos. Su padre, Fernando Martínez Dorrien, fue secretario de Manuel Azaña. En Bogotá, Martínez terminó estudios en el Gimnasio Moderno y se graduó de arquitecto en la Universidad Nacional en 1947, es decir, a los 22 años.


Hace pocos meses el Presidente Juan Manuel Santos recordó que Martínez Sanabria fue quien diseñó la casa de su padre, Enrique Santos Castillo, situada en los cerros orientales, en el sector conocido como El Refugio. Ésta colindaba con la de Hernando Santos Castillo y estaba muy cerca de las casas Wilkie y Calderón, todas ellas obra del arquitecto, construidas alrededor de 1960 y ejemplos de mejor arquitectura moderna colombiana.


“Tuve el inmenso privilegio de crecer en una casa –en los cerros de Bogotá– construida por el arquitecto español Fernando Martínez Sanabria; le decían El Chuli –nacionalizado colombiano–, quien fue pionero de la arquitectura moderna en Colombia y es muy recordado, es muy querido en toda Iberoamérica” afirmó Juan Manuel Santos el 11 de octubre de 2011, en la VII Bienal Iberoamericana de Arquitectura y Urbanismo, en Medellín.


“Y entonces discutían y finalmente le decía El Chuli a mi padre –mi padre era periodista–: Mira, Enrique. Tú dedícate a titular bien las noticias y yo me dedico a construir bien tu casa”, recordó Santos ese mismo día, para terminar confesando que desde entonces entendió la importancia de la arquitectura hecha con pasión y que una buena obra impacta a la vista y genera sentimientos de arraigo y de pertenencia.


Es cierto que la obra de Martínez Sanabria tuvo mucho que ver con casas y pequeños edificios residenciales.


Por fortuna se conservan la casa de Enrique Santos y la vecina de su hermano Hernando, ambas de 1962, situadas en la carrera 4a con 87, así como las de sus parientes Teresa Calderón de Wilkie y Cecilia de Calderón, esta última de 1964.


También se han salvado de la demolición la casa de Hans Ungar (1960), en la cuesta de la 80, y la de Alberto Zalamea y Marta Traba, del mismo año, que se construyó en la calle 77 con 1ª, muy cerca de la de los padres del arquitecto.


Con menos suerte corrieron una serie de casas adosadas por los lados de la 14 con 84 y 85, varias de ellas pertenecientes a la familia Ponce de León, cliente frecuente del autor.


Pero no por todo esto puede olvidarse su participación en obras de repercusión masiva, digamos, como la “nueva” plaza de Bolívar, que diseñó en 1960, por concurso, y que aún se conserva. Ese espacio público, acaso el más importante de la nación, exhibe desde entonces una forma de explanada, y la inclinación natural del terreno se salvó  con dos ligeros declives.



Y el que fuera hotel Bogotá Hilton, edificio de 41 pisos pensado inicialmente como Residencias San Martín, en la zona homónima. Hoy, luego de dos décadas de abandono, este edificio funciona como torre de oficinas al lado de un desafortunado rascacielos complementario que por fin empezó a tener uso.


Era más discreto el desaparecido edificio de la Presidencia de Bavaria, en la calle 94 con 8ª y camuflado entre los árboles del Chicó.


El arquitecto hispano-colombiano también alcanzó a hacer una propuesta para la revitalización del área de la antigua fábrica de Bavaria, en la misma zona de San Martín, que nunca se construyó.




Martínez Sanabria fue uno de los anfitriones de la visita de Le Corbusier a Bogotá y mantuvo estrecha amistad no solo con éste, sino con Paul Lester Wiener y José Luis Sert. Además, fue gran amigo de Rogelio  Salmona. De ello se conserva una interesante correspondencia.


No cabe en esta nota más historia del arquitecto. Cosas increíbles como que por ejemplo que en los 50 hubo detectives detrás de él en busca de argumentos para expulsarlo el país.


Lastimosamente no se ha hecho justicia con toda su obra. Eso pasó con esa manzana de obra viviente de Martínez quien incluye su propio edificio de habitación, ya demolido, y otros tres que podrán correr una suerte similar. Hagamos algo para preservarlos, pero en buenas condiciones.





(*) Edificio Ogliastri (1957)

Foto de Hernán Díaz tomada el libro Fernando Martínez Sanabria, de Alberto Zalamea, Fernando Montenegro y Rodolfo Velázquez. Bogotá, Molinos Velásquez Editores, 2008



miércoles, 11 de julio de 2012

Iglesias no se construyen todos los días





Este título no es nuestro; lo tomamos prestado al arquitecto Fernando Correa Muñoz, que si no estoy mal en 1990 escribió un simpático artículo en la revista Habitar, que fundó y dirigió por años, para anunciar la inauguración de un moderno templo en Bogotá.

En esa ocasión se trataba de la parroquia de San Juan de Ávila, ubicada en el barrio capitalino de El Contador, que dos décadas más tarde se mantiene como interesante ejemplo de arquitectura religiosa y de integración con la comunidad y el entorno.
Crucifijo de hierro que hace juego con las figuras
laterales de la Virgen y san Norberto
No es que no abunden nuevos templos, porque lo que se llama alegremente iglesias surge con  facilidad y hasta en los garajes.
Pero esta vez queremos hablar de otro hito en el panorama de Bogotá, la parroquia de San Norberto, localizada en el sector de La Calleja, en el norte de la ciudad, que ha sido una grata sorpresa urbana.


Desde la fachada, una cruz sirve de ventana
El moderno edificio es obra del arquitecto Carlos Campuzano y de Valdenebro Ingenieros. Su dirección exacta es carrera 21 # 127B-07, a poca distancia de la Clínica Reina Sofía, el Colegio Italiano Leonardo Da Vinci y otras sedes institucionales del sector, que aún conserva su carácter residencial y su rica arborización, que lo semejan a un vecindario de ciudad estadounidense.
La iglesia ofrece muchas sorpresas. No solo su fachada blanca y moderna, sino aspectos como el estacionamiento subterráneo con capacidad para 45 vehículos, sin hablar de lo que guarda en su interior.

El sagrario y los candelabros, dos elementos
tradicionales que rompen el modernismo del templo
El templo, además de la nave principal –el área propiamente dedicada al culto–, está dotado de  salones de reuniones, capilla del sagrario, despacho del párroco, cenizarios y baños.
Nos sorprendió saber que esta obra fue distinguida este año el premio Cemex en la categoría institucional-industrial. "Inmerso en un barrio residencial, quiere proyectar una imagen de sobriedad y respeto por la comunidad y un interior íntimo bañado por la luz del arco iris", señaló el fallo del jurado.
Pero las sorpresas no paran allí y tal vez el interior es lo que ofrece más e impresionantes detalles. Unos largos vitrales nada menos que del gran artista venezolano Carlos Cruz-Diez, situados a lado y lado de la nave principal, que regulan la iluminación lateral de la capilla. Son 'transcromías',  estructuras de láminas móviles y transparentes de colores, que logran una particular visión de la luz durante el día y bañan el recinto de luces.

En general edificio, elementos decorativos y mobiliario guardan una coherencia moderna, aunque se reservaron algunos detalles tradicionales como el sagrario y los vasos sagrados. Detalles como la sillería, la pila bautismal y los escaparates de la sacristía también lucen prácticos y contemporáneos. Para bautizar la iglesia, la Curia escogió a san Norberto, obispo alemán que murió en 1134. 

Si este recinto sorprende al observador común, cómo será el recogimiento que produce al hombre y la mujer de fe que acuden a orar y huyen unos minutos del bullicio de la gran ciudad. Y pueden hacerlo en un lugar sagrado tan cálido como un loft.




Dicen algunos vecinos que este templo es el resultado de más de diez años de bazares  y empanaditas de parroquia, en los que las misas se oficiaban en parques y garajes de las casas del barrio. Dentro de esa historia, los protagonistas fueron la propia comunidad y el sacerdote vallecaucano Marino Marín Marmolejo –el párroco ahora es Pedro Salamanca–, quien tuvo que sortear varios cierres ordenados por las autoridades.
Pila bautismal en granito
Desde tiempos bíblicos los pueblos construían templos para honrar a los dioses y es sabido que  en la colonia se construyeron en las principales ciudades del Nuevo Mundo templos que alcanzaron el esplendor. Pero ahora no es tan fácil.
Iglesias no se construyen todos los días. Y menos con tal riqueza, con esa categoría y con tantos detalles.
La sillería de plástico tiene un interesante
y funcional sistema para los reclinatorios

jueves, 14 de junio de 2012

Entre por la salida y pague lo que quiera




Los autobuses que circulan en las ciudades del mundo tienen generalmente una o dos puertas para entrar o salir.  En algunos casos tres si los vehículos son muy grandes, como los articulados con fuelle intermedio.

Y como es lógico entender, esas puertas sirven para subir y bajar. Es más, por lo general una es para entrar y otra para salir. Pero a veces sirven para ambas cosas. Por ejemplo en Rio de Janeiro se ingresa a los autobuses por la puerta trasera y en Madrid por la delantera, mientras que en Londres los famosos Routemasters, los típicos vehículos rojos de dos pisos, tienen atrás una enorme puerta, una especie de estribo o vestíbulo que sirve para ambos propósitos. 

Pero en Bogotá no operan esas leyes de la lógica.  Por eso es normal que los pasajeros entren por la salida y eso tiene su historia. El caos propio de la incivilizada gente que habita en este valle y su vieja costumbre de hacerlo todo al revés, no podía dar nada diferente.

Los pasajeros se acostumbraron a entrar por la puerta de salida, la de atrás, y  ese vicio empezó por culpa de los choferes deshonestos, que de esa forma se embolsillan el importe de los pasajes al no marcar la registradora, ese torniquete que tienen los autobuses en la puerta delantera y que contabiliza el número de pasajeros. Cuando lo tienen.


Pero no era suficiente deshonestidad. Y por eso en nuestro propio código de ética, para qué pagar el valor legal del pasaje, si se puede pagar menos, la cantidad que uno tenga? Ya sea que los estudiantes se hayan gastado el dinero en dulces o que al obrero no le hayan pagado a tiempo. Se paga lo que se pueda. Al fin y al cabo el chofer se transa, como si comprendiera la mala situación. O es dinero que se embolsilla.

Los pasajeros desde la calle enseñan al chofer un billete de mil como diciéndole: lléveme por “esto”, así el pasaje valga 1.450,oo.

O los estudiantes que se comieron el dinero del transporte, van más allá y dicen: nos lleva a los cuatro por 2.000? A lo que el conductor accede generosamente abriendo la puerta trasera para que entren por ella. Y de paso molesten a los pasajeros que pagaron el pasaje completo y que van parados en el pasillo del vehículo.


Pero si los pasajeros pagan incompleto, los choferes no pierden tampoco, porque muchas veces se quedan con las “vueltas” y si se suma la moneda de 50,oo que dejan de dar a cada pasajero, al final del día han reunido más ganancias.

Es que somos vivos, dirán. Acá siempre hallamos formas sencillas de burlar los inventos y métodos universales de organización o de simple ordenamiento social. Aquí conseguimos en las esquinas antenas “robacanales para no tener que pagar la factura de la televisión.



Y si los aparatos de juegos tienen restricciones de fábrica qué importa. Acá les ponemos “el chip” por 20 mil pesos y quedan siendo “universales”. Mucho menos importancia tendrá leer un libro pirata o comprar discos de música o películas chiviadas.

Entonces si el derecho es subirse a un bus por delante, es decir, entrar por la entrada, aquí se entra por la salida.



Y por la entrada, sin pagar, saltándose a la torera el torniquete de la registradora, suben a la brava vendedores, pedidores, músicos y cantantes.

Y los que tienen la mendicidad como forma de vida con  su discurso chantajista, idéntico en todos los casos, para justificar lo que presentan como “mi forma de trabajo”.

“Yo prefiero no robar ni hacerles daño”.

Gracias, dice para sus adentros el pasajero.

Y apelan a la educación: "¡Buenas tardes!" Y claro, el que no conteste no es educado, como se lo enrostra el pedigüeño.

Y ni qué decir de las audiciones musicales sobre ruedas y en vivo, a volumen estridente. Música llanera por ejemplo, con arpa y todo dentro de una buseta, que antes de llegar al trabajo ya ha arruinado el día a los pasajeros. Y no estamos juzgando la manera de sobrevivir. Hemos estudiado durante meses este problema y ya vemos a diario las mismas caras en los mismos, sitios. Luego la actividad de alguna manera es rentable, es un verdadero modus vivendi.

Eso somos.  Esa es nuestra cultura, así sea una total incultura.

Pero ni autoridades ni empresas ni los propias víctimas ciudadanas hacen nada para evitarlo.

jueves, 7 de junio de 2012

La carrera pésima



Una imagen de la Décima durante décadas. Buses, humo, ladrones, caos
La carrera Décima, la vía abierta en la década de 1950 para modernizar y desahogar al pueblo que era Bogotá entonces, significó la llegada de un estilo de vida, de la moda, del comercio y del trabajo,  pero poco tardó poco en convertirse en un reflejo del absurdo capitalino y en resumen de todas sus desgracias.

Pasaron rápido los años de las modernas torres de oficinas y de las tiendas al estilo americano y de las aceras limpias y el separador arborizado y el tráfico fluido de enormes taxis y unos pocos autobuses.

La avenida lleva el nombre del empresario que fue alcalde varias veces y que la impulsó la obra

Ya en la década de los 70 la inseguridad,  congestión y contaminación se reunían en la que alguna vez fuera una amplia vía, que cayó en un abismo de degradación y deterioro cada vez más hondo.


Imagen recurrente de la Décima. El desorden y la contaminación

No hay bogotano que no asocie la décima con el caos y numerosos documentales muestran esta avenida como un río de autobuses viejos, contaminantes, destartalados, ruidosos y agresivos que tardan horas en llegar, atravesar o abandonar el centro de la ciudad con destino al norte, al sur, el oriente o el occidente de Bogotá.

El panorama de esta zona que partió el centro de Bogotá en dos lo completaba una mancha interminable de vendedores ambulantes y la no menos incómoda de raponeros merodeando entre oficinistas y estudiantes atemorizados.

Esa vía construida sobre kilómetro y medio de casas antiguas, la mitad del mercado principal e incluso un templo colonial, alguna vez se  consideró “la carrera de la modernidad” –así se titula un magnífico estudio publicado por el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural en 2010– y a finales de la década pasada llegó al punto más bajo.

Víctimas principales de la postración de la Décima fueron sus edificios que pasaron a dividirse, desfigurarse, reformarse y subdividirse y degradarse. Así, las construcciones de oficinas y de apartamentos, ennegrecidas por la polución hasta perder el color del ladrillo, de la piedra, del aluminio o el vidrio, se convirtieron en improvisados centros comerciales, eso que la gente del medio conoce como “pajareras”, unos locales formados por perfiles de aluminio y vidrio en los caben la mercancía y una o dos personas de pie.

Edificios sobre el costado oriental de la Décima. Merecen un
baño y si se restauraran serían una  buena alternativa para vivienda
u oficinas. Sobre el aviso rojo de "Arde la brasa" funciona un burdel.

Y ya para terminar, los habitantes ilustres de la Décima se fueron a otras partes hastiados del caos. Primero se fueron la Sociedad de Agricultores de Colombia, Camacol, y el Banco Cafetero; y más tarde Colseguros, el Banco de Bogotá, y Colpatria, incluso la antigua Dirección de Prisiones, que quedaba encima de un almacén Tía. Y el más fiel de los moradores de la zona, Seguros Bolívar, que tenía estación de gasolina propia en el sótano, al estilo americano, resistió hasta el 2011, cuando salió de su imponente edificio de los 50 y se marchó a las nuevas zonas corporativas.

La torre del Banco de Bogotá, diseñada por Skidmore, Owings
& Merrill. Sufrió deterioro notable convertida en sede judicial
Hace unos cuatro años comenzó un largo y tortuoso camino para integrarla a la avenida a la fase 3 del sistema de autobuses articulados Transmilenio.

Este proceso lleva cuatro años causando incomodidades indecibles al centro de Bogotá y a sus residentes y visitantes, pero parece por fin que los trabajos van a terminar y que la vía va a tener una segunda oportunidad. Es difícil creer que la arteria enferma de tantos años pueda cambiar.

Sin haber sido inaugurada la fase 3 de Transmilenio,
los carriles de la Décima, hábitat de indigentes
Se espera que al entrar en operación los grandes vehículos y sus estaciones sobre la línea troncal, la Décima vuelva a ser la vía importante que debe ser y que una ciudad con tan precaria red vial como Bogotá necesita.

Con todo, esa nueva carrera Décima que la malicia popular convirtió en ‘carrera pésima’, sin haber sido inaugurada ya está sufriendo deterioro y absorbiendo indigentes que duermen tirados en los separadores, rasgan las bolsas de basura  y encienden fogatas en plena vía.

Muy pronto esta pared de la esquina de la Décima con Jiménez,
donde estuvo la primera Líbrería Panamericana, fue pintarrajeada.
Hay estaciones pintarrajeadas aún sin ser estrenadas y el trabajo arduo de las brigadas de aseo, cada mañana es arruinado por los vagabundos que enseguida riegan la basura en las calzadas como si fuera un deporte, como para dar su tono  al entorno, para marcar territorio.

Esta arteria es también blanco de los mamarrachos tan de moda pintados en paredes y puertas de los establecimientos comerciales. Y antes de darse al servicio, ya hay andenes destrozados por las ruedas de los viejos autobuses que se niegan a perder su reinado de humo negro y chatarra.

Vista al norte, hacia el hotel Tequendama. Al centro
el paso subterráneo entre estaciones de Transmilenio

Con todo, la inminente entrada en operación de las nuevas obras ha despertado las primeras reacciones y ya son varios los edificios que han lavado sus fachadas que para sorpresa de los transeúntes, muestran algo de su esplendor original.

Así lo hizo Residencias Colón, un edificio inmenso concebido para hotel, situado diagonal al Tequendama y que perteneció a la viuda de Pedro Nel Ospina. Su primer nombre fue Residencias El Parque. Edificio que por cierto y guardadas las proporciones, transportaba al observador a viejas películas de ambiente neoyorquino.


 
Residencias Colón, en un comienzo llamadas El Parque.
En mayo de 2012 fue el primer edificio "lavado"
del humo y la suciedad de la carrera Décima.
Es aventurado pensarlo pero ahora que Bogotá tiene déficit de terrenos para construir, la Décima tiene una gran capacidad instalada que, solo con algunas adecuaciones y la generosa inversión privada o estatal –una corporación que se empeñe en ese propósito de grandes dividendos–, podría volver a ser un buen vividero y un centro financiero y comercial. Falta que alguien dé el primer paso.



Frente al Parque Tercer Milenio, a dos cuadras del palacio presidencial,
cualquier parte de la avenida es buena como dormitorio de urgencia.

Poco antes de darse al servicio Transmilenio, así se veía un
día festivo la zona más concurrida de la Décima hacia el sur
Hacia el sur, la Décima se adentra en zonas de menor calidad urbana.

lunes, 4 de junio de 2012

Adiós a los tiempos del Jockey




La bandera del Jockey Club de Bogota ondea en la
 fachada de la casona tradicional, pocos días antes del cierre

Hace pocos días, en nuestros recorridos habituales por el centro de Bogotá y más exactamente por el Parque Santander, nos encontramos con la sorpresa de que la tradicional casa de piedra amarilla del Jockey Club había cerrado sus puertas.

La sede de la carrera 6 no. 15-18, inaugurada en 1940, tenías las rejas cerradas y ya no estaba abierta la escalera señorial alfombrada de rojo, con  pasamanos relucientes de bronce, por la que se ascendía al vestíbulo de uno de los centros sociales más distinguidos de la ciudad, luego de franquear la puerta de cristal y madera.

Tampoco estaba el portero de librea que vigilaba la entrada de la casona de tres plantas, que fue testigo de la historia y de la aristocracia, donde se decía que se tomaban las grandes decisiones del país.

Hace años se hablaba de que la crisis económica de los 90, el deterioro paulatino del centro capitalino y la migración de empresarios y ejecutivos hacia el norte de la ciudad, además de la aparición de nuevos clubes, estaban minando las finanzas de la entidad.

Se sabe también que el que antes fuera un espacio cerrado de difícil acceso, que desairó a numerosos aspirantes a socios –Jorge Eliécer Gaitán el más mencionado–, intentó capotear los problemas económicos diversificando sus servicios y acogiendo a grupos que antes no eran bienvenidos, como asociaciones de abogados sin abolengo.

La casona del Jockey al lado de sus vecinas
desaparecidas del costado oriental del Parque
Santander. Allí vivieron Silva y Nariño

Aunque el Jockey Club estableció hace pocos años una nueva sede alterna en el barrio Rosales, y se trasladó definitivamente a ella, ésta es reducida en tamaño e inferior a la original. Por esas razones, al parecer los socios buscan otro espacio más amplio para la institución.

Es inevitable que afloren la nostalgia y las anécdotas propias y ajenas. Vienen a la memoria recuerdos. Allí apenas adultos, supimos por primera vez, gracias a amigos socios,  lo que era un baño turco. Y dentro de él, banqueros, ministros y abogados arreglando el país.


La barbería que “Calibán”, el abuelo de Juan Manuel Santos elogiaba en su Danza de las horas, en El Tiempo.

Y “Carlitos”, el eterno portero de elegante figura que se sabía de memoria los nombres todos los socios y de sus hijos, y quien decía, conversando con socios, que vivía en una covacha en el sur de la ciudad.  

En los almuerzos chispeaban la distinción y la flema en las mesas de al lado.  Media Bolsa de Bogotá. Banqueros y uno que otro ministro y parlamentario dignos del club, si los hubiera. Y al atardecer numerosos bogotanos en los salones, whisky en mano, como narraban las columnas de Klim, algunos de ellos arrastrando difícilmente la lengua por el exceso de alcohol.



El Jockey a la hora de almuerzo
poco antes del cierre de la sede del centro

Se escuchaban los inevitables “yo conocí mucho a tu papá”, “usted no sabe con quién se está metiendo”, “cuántos años sin verte” o “aquí no hay voluntad de atender al socio”, de labios de bogotanos enfurecidos, siempre distantes –años luz– de los empleados.

Los que frecuentaban el club hablaban de los que para ellos eran los mejores platos que salían de la cocina. Nos pareció inmejorable manjar el bogotanísimo ajiaco. Alguien hablaba de los Huevos Cocotte.


Son varios los libros que tocaron al Jockey, algunos en tono burlón,  como “El delfín” de Álvaro Salom Becerra, quien lo menciona como el “Lucky”, y en “Baile blanco en el Jockey Club”, de Roberto Gómez Caballero.


Y por supuesto el delicioso personaje de don Alegrías Figueredo y Arbolín, que creara Klim con tanta chispa y tanta realidad.


El Jockey, como tantas cosas de la antigua Bogotá, fue fundado en 1874 a imagen de los clubes londinenses que Julio Verne pinta en “La vuelta al mundo en 80 días”. Como los hubo en Buenos Aires y en Santiago. 
(*) Planos del Jockey Club de Bogotá, elaborados en
1937 por el arquitecto Gabriel Serrano Camargo

Fueron sus fundadores Ricardo Portocarrero, varios miembros de la familia Holguín, Rodolfo Samper y Salvador Camacho Roldán, aficionados a la hípica. Su primera sede estuvo en la calle 11 con carrera 7ª, al lado de la famosa botillería “La rosa blanca”.

La sede actual, construida sobre terrenos que ocuparon las casas en las que vivieran Nariño y José Asunción Silva, fue obra de Gabriel Serrano Camargo y se dio al servicio en 1940. El trabajo minucioso y excelente de dibujo el proyecto le mereció al autor el reconocimiento de la institución social.
(*) Cortes de la sede de la cra. 6 no. 15-18, con
la minuciosidad de su autor en el dibujo

Es de suponer que el centro social exclusivo de antes –hoy con la mitad de socios– haya adoptado alguna especie de reingeniería para adecuarse a los nuevos tiempos. Sobre su suerte física, resulta difícil sustituir la sede de la vieja Bogotá, construida especialmente para sus funciones.



No es fácil llevarse tantos muebles y trastos, y adornos tan valiosos como su colección de cuadros, entre los que recordamos el estupendo de “Los fusileros”, pintado en 1885 por Andrés de Santamaría. Se dice que el Gobierno pensó en comprar la casa para el Ministerio del Interior y que también podría convertirse en hotel.



Niños de la familia Emberá juguetan a las puertas
del Jockey Club de Bogota, cerradas en mayo de 2012


Hoy por la alfombra roja de la escalera del Jockey no suben banqueros, juristas ni financistas de trajes de corte inglés y luminosas corbatas de seda con rayas diagonales. Ya no hay portero de librea y aunque todavía ondea la bandera azul oscuro y oro, con la gorra de la hípica y la fusta,  en los salones ya no se dan bailes de gala ni se decide la suerte del país.

Y en los baños turcos se apagaron las nubes de vapor con falsos ingleses en bata, con bogotanos cortados con las tijeras de Phileas Fogg, lejos del Reform Club de Londres, siempre con un “qué tal estás” y un “me alegra verte” a flor de labios.

(*) Fotos tomadas de Semblanza de Gabriel Serrano Camargo, arquitecto. Ediciones Proa. Bogotá, 1983




Casa del arquitecto Guillermo Herrera Carrizoza, en el
barrio Rosa.es, a la que se trasladó el Jockey en 2012