viernes, 16 de marzo de 2012

Hotel Gaitán Cortés

Los habitantes de Bogotá nos encontramos de vez en cuando con buenas noticias urbanas. En estos días nos enteramos de que la casa de Jorge Gaitán Cortés, por la que hemos pasado tantas veces en la vida en busca de la carrera 5ª., de camino al centro, no correrá la triste suerte de tantas construcciones demolidas,  convertida en hotel, sin perder su historia ni la de su creador.
 
El hotel, denominado Casa Gaitán Cortés, pertenece al grupo Pequeños Hoteles con Encanto (small charming hotels) , formado por haciendas, edificios o lugares con historia convertidos en exclusivos alojamientos.
 
Jorge Gaitán Cortés forma parte, con Virgilio Barco y otros pocos, de una baraja de los mejores alcaldes que Bogotá recuerde en su historia moderna.
 
Hay una imagen inolvidable de nuestra infancia, fuera de Colombia, cuando Gaitán Cortés, entonces gerente del diario El Tiempo, murió accidentalmente en Bogotá, y el presidente Carlos Lleras Restrepo se dirigió al país. El discurso de Lleras llegaba desde Bogotá a la ciudad  del sol por un radio de onda corta y aún recordamos la emoción del momento y las precisiones paternas sobre el personaje.

Años después, convertidos en residentes de Bogotá, la pasión por la ciudad y su urbanismo nos volvió a reunir con Gaitán Cortés y nos lo encontramos en las calles, en los libros, en las fotografías de sus obras y en sus obras mismas.

Julio D. Silva, en el libro que se publicó al terminar la era de Enrique Peñalosa en la alcaldía –también se publicó otra obra similar sobre Virgilio Barco– relata la gestión de Jorge Gaitán Cortés entre 1961 y 1966, cuando rigió los destinos de la capital de Colombia[i].

En esa década de 1960, la ciudad crecía pasos agigantados, a la par que sus necesidades sociales, y para ello la administración trabajaba con visión de largo plazo en llave con el concejo municipal, que era llamado concejo admirable, por la calidad de sus integrantes, que, por lo demás, no recibían sueldo. Nada parecido a lo que vemos ahora.

Anota Dávila que Gaitán, uno de los dos alcaldes arquitectos que tuvo la ciudad en el siglo XX –el otro fue Manuel de Vengoechea–, sentó bases firmes y profundas para el crecimiento de Bogotá y durante sus años de gestión la ciudad tuvo las más altas tasas de crecimiento.
 
Llama la atención al estudiar su vida un aspecto poco frecuente en nuestra clase dirigente, su sensibilidad social. Nacido –como diría López Michelsen–  con la cuchara de plata en la boca (Nueva York, 1920), este Gaitán demostró ante todo interés por las soluciones a las necesidades sociales.

El arquitecto Jorge Gaitán Cortés (Foto de Cromos)

Es interesante saber que Jorge Gaitán iba todos los días desde su casa en el barrio San Cristóbal, donde comienza el sur de Bogotá, hasta el Colegio de San Bartolomé, en el que estudiaba, situado en la plaza de Bolívar. Vivía en ese barrio popular donde quedaba también la fábrica de ladrillos de su familia y  hacía a diario el recorrido de 4 kilómetros  en tranvía y de vez en cuando en bicicleta. Así era su compenetración con la ciudad.  

Años más tarde, el arquitecto construyó su casa en la carrera 5ª. con calle 69, sector del nororiente bogotano que si no estamos mal se llama Bellavista.  Nadie soñaba con que algún día dejaría de ser una placida zona residencial y se apoderaría de ella una fiebre que convirtió decenas de casas, primero en oficinas, y recientemente en restaurantes.

Gaitán tuvo mucho que ver con la planeación del ensanche de Bogotá y con planes de vivienda de  impacto popular, como Los Alcázares.

Muchas construcciones bogotanas se levantaron con ladrillos con la marca “B. Gaitán”, producidos en la fábrica que fundara Benjamín Gaitán Matiz, abuelo de Jorge Gaitán. También conocida como la Ladrillera San Cristóbal, estaba ubicada en la calle 13 sur con carrera 10ª. y producía novedades como el ladrillo sombrero.

Son los mismos ladrillos que aún sobreviven en esa casa moderna convertida en hotel. Ojalá en la ciudad hubiera muchos hoteles Gaitán Cortés.
  

[1]  Dávila, Julio D. Planificación y política en Bogotá. La Vida de J. Gaitán Cortés, 2000.

Planificación y Política en Bogotá. Alcaldía Mayor de Bogotá, Instituto Distrital de Cultura y Turismo. Bogotá, 2000



martes, 28 de febrero de 2012

Edificios en el aire o torres que nunca fueron

Un edificio, como otras obras de la creación humana, es la culminación de esfuerzos y etapas y de seguro para su creador sea la realización o la materialización de un sueño que empezó con una idea o un bosquejo.

Pero alguna vez ese planteamiento no se cristaliza y todo queda en proyecto. Es el caso de algunos rascacielos pensados y propuestos, que alcanzaron a plantearse sin llegar a ser. No es que sean obras inconclusas, como la Sinfonía de Schubert, sino que nunca se pasaron del papel.

Los proyectos que pertenecen a esta categoría acaso encierran mayor misterio que si algún día se hubieran edificado, en especial para las nuevas generaciones. Es escasa la información disponible y casi que se basa en la tradición oral, pero hablamos de por lo menos tres grandes torres que nunca aparecieron en el horizonte de los rascacielos bogotanos: el Edificio Mazuera, la torre que alguna vez planeó la Caja Agraria y la que debía complementar el palacio de Justicia quemado y bombardeado en noviembre de 1985.

Edificio para Fernando Mazuera y cia.
Debía erigirse en la zona del Hotel Tequendama

En una reciente exposición de la obra del arquitecto Germán Samper Gnecco en el Museo de Bogotá, apareció una fotografía  de la maqueta del edificio que se pensó en 1971 para la constructora de Fernando Mazuela Villegas.

Se trataba de un edificio de 60 pisos y un área de 60 mil metros cuadrados diseñado junto a la compañía con Pizano Pradilla Caro y Restrepo y que, como suele decirse, iba a ser el más alto de Suramérica.

Dice Germán Samper que Mazuera, varias veces alcalde de la ciudad y que construyó numerosas barrios, cuyos nombres empiezan por M, como Modelia, Marantá, Milenta y Malibú, también pensó en tener una torre que inmortalizara su empresa.

“El lote es de buen tamaño y permite el diseño de una torre alta. Proponemos un bloque de 60 pisos, de planta cuadrada, y simétrica; cuatro columnas en esquina y un punto fijo, también cuadrado definen los elementos estructurales. La rigidez de las fachadas las proponemos con una malla de concreto en vigas diagonales y postensadas. Las columnas al llegar al primer piso se abren a manera de contrafuertes”, explicaba Samper.

Las medidas financieras del momento dieron al traste con el proyecto. Y un misterio resuelto: ¿donde iba a quedar? En el mismo terreno de la cra. 13 con 27 en el que años después se levantó la sede del Banco de Occidente, obra de Esguerra Sáenz y Samper, la compañía en la que trabajó el arquitecto.


Excavación para el palacio de Justicia y abajo plataforma de
cuatro  plantas que incluía una torre en el extremo derecho.
¿Se habría quemado también en 1985?
Las otras torres que nunca se construyeron fueron la del palacio de Justicia, diseñada por Roberto Londoño, el mimo arquitecto del actual palacio. Debía ocupar la equina nororiental de la manzana del palacio, detrás de la plataforma de cuatro pisos que se inauguró en 1971 y que fue demolida luego de los destrozos y el incendio ocasionados durante la toma guerrillera.

No hemos podido ubicar la maqueta o un boceto de la obra, que vimos publicada en la prensa en los años 70. Lo cierto es que si este edificio se hubiera construido, aún con la lentitud con la que fue terminada la plataforma de cuatro pisos, hubiera sobrepasado excesivamente la altura de las construcciones de la plaza de Bolívar y hubiera sido agresivo con su entorno.



El proyecto del palacio de Justicia destruido en 1985
incluía una torre de oficinas que nunca se construyó



En esta esquina, cra. 7a. con calle 24, la Caja
Agraria planeó en los 70 una torre de 40 pisos
La tercera y última torre, la de la Caja Agraria, hubiera quedado a media cuadra de la de Colpatria, en la esquina nororiental de la cra. 7ª. con 24, donde funciona actualmente un negocio de pollo asado.

Este terreno comprende parte del área en la que está planeada la ampliación del Museo de Arte Moderno de Bogotá, cuyo proyecto dejó listo antes de su muerte Rogelio Salmona, tal como nos informó hace pocos años Gloria Zea, directora del Museo y gestora del proyecto.


Proyecto de Martínez Sanabria en
la antigua fábrica de Bavaria

Le Corbusier también propuso construir numerosas torres de apartamentos y oficinas a lado y lado de la Séptima. Y también hubo en la década de los 40 y 50 proyectos para erigir un centro nacional que reuniera palacio presidencial y ministerios, en la zona en la hoy se encuentra la Casa de Nariño, la cual duró dos décadas antes de tomar forma.

En la década de los 50, Town Planning Associates entregó a Bogotá, en manos del alcalde militar de Bogotá, coronel Julio Cervantes, el Plan Regulador. Ese estudio entregado por Wiener y Sert proponía la construcción de un moderno presidencial bien en la manzana en la que está ahora, en la carrera 7a. con calle 8a. o en la carrera. 4a. entre calles 9 y 10, es decir, una manzana al oriente del Palacio de San Carlos, donde actualmente funciona la Cancillería.  


Edificio Pozzetto, de Vicente Nasi. Sólo se
 edificó la plataforma destinada al restaurante
Hay otros proyectos que quedaron en el papel, aunque de menores dimensiones. Uno de ellos, del que quizá pocos saben, es que el conocido restaurante Pozzetto, situado en la cara. 7ª. con calle 61 y que en 1986 fue escenario de los infortunados hechos conocidos. Además de los dos pisos que tiene, llevaba una torre de 10 pisos.

Este edificio fue diseñado por Vicente Nasi quien explicaba que la torre planteaba un problema al tratarse de un bloque moderno sobre una plataforma que tiene algo de estilo mediterráneo. La solución fue la interposición de un tercer piso entre la plataforma-restaurante y la torre de 10 plantas.

Del mismo maestro de origen italiano fue el proyecto de Edificio Colón del Norte, que se construyó luego con diseños distintos en la cra. 11 con calle 77. Allí se estableció la compañía Occidental Petroleum frente al parque Benito Juárez, muy cerca por cierto del terreno que ocupara la casa de Olaya Herrera, que fue precisamente una obra encargada a Nasi por su ilustre propietario.

Hubo también en 1976 un proyecto de remodelación urbana de la zona de Bavaria en San Martín, de la autoría de Fernando Martínez Sanabria, al que se unieron Esguerra Sáenz y Samper, Obregón y Valenzuela, y Pizano, Pradilla, Caro y  Retrepo. Éste comprendía un conjunto de torres en un área entre la carrera 13 y la avenida Caracas, de la calle 26 a la 28, donde años más tarde se levantó una obra totalmente diferente en varias fases.


  



martes, 21 de febrero de 2012

Urbanidad y urbanistas (1). Tras las huellas de Hernando Vargas Rubiano

Con este título queremos hacer justicia a profesionales que dejaron huella en el panorama urbano de la capital de Colombia y una obra que por falta de ilustración o documentación a veces no se conoce, así vivamos en medio de ella.  Como por urbanidad, digamos. Porque a diario pasamos frente a sus construcciones sin darnos cuenta.


(*) El arquitecto Hernando Vargas
 Rubiano, fallecido en 2008.
























Muchos nombres del urbanismo nacional y de Bogotá han sido objeto de excelentes monografías, perfiles, semblanzas y biografías. En este campo, merecen mención especial las publicaciones de editoriales especializadas como Escala y Proa, y más recientemente el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, durante los años en los que lo dirigió, hasta hace poco, Gabriel Pardo.

Hay personajes que aún quedan por estudiar, pero esta labor es relativamente sencilla, porque su obra está allí.

Hernando Vargas  Rubiano es uno de ellos. Nacido en Tunja en 1917 y fallecido hace año y medio, fue alumno de la primera promoción de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Nacional, creada en 1936. Se graduó en 1940, luego de tener decanos como Guillermo Herrera Carrizosa, Arturo Jaramillo, Carlos Martínez y  Roberto Ancízar, y entre sus profesores a Karl Brunner, Gabriel Serrano Camargo,  José Gómez Pinzón y Julio Casanovas.

En 1979, con motivo de una reseña de su obra publicada en la revista Proa[i], Vargas Rubiano confesaba con modestia que “buena parte de ella no merece tal distinción.  Pero como se trata de mostrar una trayectoria que se inicia con el nacimiento mismo de la primera escuela de arquitectura en Colombia y que a lo largo de cuatro décadas se ha mantenido siempre en la búsqueda de nuevas posibilidades arquitectónicas y constructoras, no dudo en presentarla”.

Hablaba el profesional que tuvo a su cargo nada menos que la restauración del antiguo Panóptico Nacional para convertirlo en el Museo Nacional, en 1948, con motivo de la IX Conferencia Panamericana.

Vargas Rubiano era de los que comparten la visión de que el siglo XX en Colombia comenzó en 1930 y que el atraso del país se debió a que el siglo anterior se dedicó a guerrear. Por eso la década de 1930 fue también de florecimiento de la arquitectura, con la llegada de arquitectos extranjeros y el regreso de colombianos formados en otros países.




(*) Clínica del Country, situada en el lugar en el que
quedaba el Country Club de Bogotá.




















Vargas trabajo en el recién creado ICT y desde allí impulsó un sistema de construcción de vivienda destinado a abaratar los altos costos de las casas populares, a imitación de la ancestral tapia pisada. Se trataba de un material de  tierra pisada con baja mezcla de cemento que vio en Estados Unidos y que se llamó “Terracrete” o “soil cement” y que en Colombia fue bautizado como “terra-concreto” o “suelo-cemento”.

En el invierno 1941-42, Vargas Rubiano hizo un curso en la Universidad de Pensilvania denominado “Low cost houses”. En 1947 fue elegido presidente de la Sociedad Colombiana de Arquitectos y tuvo asiento en el Centro Interamericano de Vivienda (Cinva). De su interés y del trabajo del ingeniero chileno Raúl Ramírez, salieron las famosas maquinas para fabricar bloques  de “suelo-cemento”, conocidas como Cinva-Ram y populares en los planes de autoconstrucción promovidos en América Latina hace algunas  décadas.

La fundación de su firma de arquitectos, como otros hechos de la historia de Colombia,  se sitúa también en 1948, junto al ingeniero José Ramón Leiva.

En el plano académico, H.V.R. fue profesor de la Universidad Nacional y miembro del grupo de fundadores de la Universidad de los Andes.

Sus obras

Edificio Banco Ganadero (Hoy Procuraduría
General de la nación)

Los habitantes de Bogotá pasamos a diario por muchas de las obras que dejo como legado este arquitecto. Edificios bancarios, torres de oficinas y conjuntos de apartamentos sin siquiera saber el nombre del autor.

A quienes nos intriga conocer sobre los gestores del patrimonio arquitectónico nos ha sorprendido descubrir la firma de este arquitecto detrás de tantos hitos del panorama urbano de Bogotá.

La Clínica del Country, el edificio del Icetex en las Aguas, la torre del Banco Ganadero en  la carrera 5a con calle 16, el World Trade Center, de Bogotá y varios edificios residenciales en El  Chicó y Santa Bárbara. Ello sin contar los trabajos que infortunadamente fueron arrasados por el crecimiento de la ciudad, como casas de los años 60 en el Chicó.

Sin embargo, ninguna de esas obras tiene tanta fascinación en nuestros recuerdos de infancia y luego en nuestro paso diario por razones laborales como el edificio UGI, localizado en la carrera 13 entre calles 39 y 40, en la zona bogotana del antiguo colegio Sagrado Corazón. Esta obra es de 1973, cuando empezábamos los años de bachillerato y los compañeros repetían lo que oían a sus padres, que el edificio se construía de arriba hacia abajo.

Y sí, así fue. Un núcleo o columna central de la cual fueron desprendiéndose las plantas de arriba abajo, para lo cual fue preciso diseñar una plataforma metálica deslizante que soportaba, además del entrepiso, los equipos y materiales de obra. Los constructores sostienen que este sistema de andamio metálico descendente permitió economizar costos y trabajar bajo cubierta, lo cual en Bogotá no deja de ser interesante por el clima. 





(*) Edificio Ugi, construido en 1972.






















La torre UGI tuvo el diseño estructural del prestigioso ingeniero Guillermo González Zuleta y en el 2002 fue remodelada para actualizar redes y sistemas.

Por cierto que a esta torre siguió la del Banco Ganadero en 1973. Esta última, que más tarde pasó a ser de la Corporación de Ahorro y Vivienda Corpavi y actualmente es sede de la Procuraduría, ocupa el terreno que en los años 30 y 40 fuera sede de la empresa de acueducto de Bogotá,  obra de José Maria Montoya Valenzuela.

De la última obra de H.V.R. quedan numerosos edificios en los que coincide la forma estriada de vidrios opacos y antepechos de concreto, como el Saturno, en la 7ª. con 83, que recuerdan el de UGI el del Banco Ganadero.






Edificio Saturno, situado en la cra, 7 con 84


















Para los interesados en los temas en urbanos, es útil preservar la memoria de Hernando Vargas Rubiano, el constructor que dejó su impronta discreta pero valiosa en la ciudad y el oficio, y quien hablaba de tomar acciones para “evitar la inminente catástrofe urbana y social”. Esto hace treinta años.



[i] Revista Proa No. 284, Agosto 1979.


Las fotografías que ilustran esta nota marcadas con (*) pertenecen al archivo de Hernando Vargas Caicedo.








miércoles, 4 de enero de 2012

Eje ambiental y espacio público

Bogotá ha escuchado en las últimas dos décadas las discusiones sobre la escasez  del espacio público, situación que se acrecienta a medida que crece la población y las calles, andenes y plazas se vuelven insuficientes.

Algo se ha hecho para que los ciudadanos disfruten de la ciudad, con la conversión de vías en calles peatonales. Y un hito dentro de esa labor fue la creación del llamado Eje Ambiental, diseñado por el fallecido arquitecto Rogelio Salmona sobre la avenida Jiménez de Quesada, que a su vez nació en los años 30 sobre lo que fueran las aguas del río San Francisco o Vicachá, canalizado y cubierto de asfalto.

Y esa zona, donde abundan edificios de varios estilos y tamaños, construcciones de formas sinuosas que bordean la avenida por lo que antes era el recorrido del río, se convirtió en los últimos diez años en una auténtica postal de la Bogotá de comienzos del milenio, como lo fue hace 60 o 70 años.

La obra se complementó con una ruta exclusiva para autobuses articulados del sistema Transmilenio, cuyo movimiento pausado, como si fueran gusanos, le imprime otra dosis de modernismo y orden al centro capitalino, elogiado fuera del país.


Pero poco tiempo duró el interesante experimento que nos dejó la alcaldía de Enrique Peñalosa, desde el barrio de Las Aguas hasta la carrera Décima, y que en estos años de desgreño, abandono e inmoralidad administrativa que sufre la capital colombiana, ya no tiene corrientes de agua, sino agua estancada, sirve de basurero y sus pisos y zócalos empiezan a exhibir señales de deterioro.



Taxis fantasmas y choferes oficiales díscolos o abusivos circulan sin ningún empacho por el Eje Ambiental de medianoche o madrugada, pues dentro de la frescura de su mentalidad prima la idea de que nadie circula a esa hora, cuando nadie me ve, como dice la canción de Alejandro Sanz.

Y de día, nuestros queridos amigos, los habitantes de la calle, retan a los buses articulados cual toreros. No viene al caso hablar de los accidentes que pueden sufrir ellos mismos en una embestida o el vehículo cargado y sus pasajeros en un frenazo causado por un chiste.

Por si fuera poco, varios residentes estatales de la Jiménez se han tomado el Eje Ambiental  como una especie de propiedad privada. Es el caso de los ministerios de Agricultura y de Justicia. El primero ocupa el viejo edificio Pedro A. López a la altura de la carrera Octava y



resolvió utilizar los andenes como estacionamiento. Es decir, el poco espacio que dejan libre los miles de esmeralderos que se agolpan metros arriba, frente al edificio Henri Faux, o los vendedores estacionarios.




Las imágenes que acompañan esta publicación muestran cómo los vehículos del ministro, los viceministros y los visitantes utilizan como parqueo uno de los carriles.







Cabe recordar que por allí suben hacia el oriente los buses articulados de Transmilenio.
Y el personal de escolta asignado al Ministerio tiene hay desfachatez de obligar a los transeúntes a retirarse para que circule por el andén una camioneta Nissan Pathfinder en la que llega el ministro.

Algo parecido ocurre 100 metros más abajo, cuando llega un personaje al Ministerio de justicia, como se aprecia en la imagen.


En ambos casos la situación se origina porque los ministerios citados carecen de estacionamiento o de instalaciones adecuadas para el funcionamiento de una entidad de esas categorías en pleno año 2012. ¿Falta de previsión? ¿Afán de mudanza? ¿Crecimiento estatal acelerado?

Pero también en ambos casos el público no tiene la culpa ni tiene por qué compartir las aceras con los vehículos invasores. 

El Decreto 1504 de 1998, que reglamenta el manejo del espacio público en los planes de ordenamiento territorial, señala que “es deber del Estado velar por la protección de la integridad del espacio público y por su destinación al uso común, el cual prevalece sobre el interés particular”.

La norma indica que el espacio público comprende, entre otros aspectos, los bienes de uso público, o sea aquellos inmuebles de dominio público cuyo uso pertenece a todos los habitantes del territorio nacional, destinados al uso o disfrute colectivo.

Y  cita entre los elementos constitutivos de ese espacio público “las áreas integrantes de los perfiles viales peatonal y vehicular”, que son, entre otras, las  zonas de mobiliario urbano, túneles peatonales, puentes peatonales, escalinatas, bulevares, alamedas, rampas para discapacitados, andenes, malecones, paseos marítimos, camellones, sardinales, cunetas y  ciclovías.

El artículo 28 del referido decreto dispone que “la ocupación en forma permanente de los parques públicos, zonas verdes y demás bienes de uso público, el encerramiento sin la debida autorización de las autoridades municipales (…)   y la ocupación temporal o permanente del espacio público con cualquier tipo de amoblamiento o instalaciones dará lugar a la imposición de las sanciones urbanísticas que señala el artículo 104 de la Ley 388 de 1997”.

Corresponde a expertos establecer si la ocupación del espacio por parte de los vehículos oficiales constituye violación del espacio público desde el punto de vista legal. En la práctica no hay discusión de que lo es. 

Lo cierto es que para el peatón, para el ciudadano de a pie, literalmente, se habían logrado conquistas en materia de espacio público. Y éstas pueden perderse por la arbitrariedad de dos o tres guardaespaldas. Porque estamos seguros de que todo un señor, como el que ocupa esa cartera, sería incapaz de patrocinar esos abusos.


El resto es relativamente fácil. Que las autoridades de Bogotá cumplan con su deber de mantener la ciudad limpia y en buen estado.






martes, 3 de enero de 2012

Piedra amarilla

                                                                                         So goodbye yellow brickroad
                                                                                                            Elton John

Las ciudades se diferencian por los materiales de sus construcciones, el color que unifica su paisaje. Las ciudades andaluzas son blancas y los poblados medievales de piedra grisácea. Los asentamientos populares del tercer mundo son de color ocre como la tierra que circunda.  




Edificio Pedro A. López, hoy Ministerio de
Agricultura, en la avenida Jiménez
Bogotá es ampliamente conocida en tiempos modernos por el rojo del ladrillo usado en sus edificios y de ese tono de la arcilla son las imágenes panorámicas de algunas de sus zonas. Sin embargo, en una parte importante de la riqueza urbana predomina un solo tono: el de la piedra amarilla. Los visitantes de la ciudad se preguntan por ese material característico, que lo es  tanto que se conoce como piedra bogotana.

Pero también a este elemento se le llama piedra muñeca. Los expertos la denominan piedra caliza o piedra arenisca, que es una roca sedimentaria que tiene contenido de calcita. Conocida en algunas partes como Limestone, es un material resistente, que se caracteriza por su dureza,  apropiado para revestir fachadas.

En la capital de Colombia esta piedra fue usada en el último siglo, generalmente en obras monumentales de estilo neoclásico o francés.

Teatro de Cristóbal Colón
Parte de esa piedra amarilla se ha producido en las montañas de la zona de San Mateo, situada en la población de Soacha, en el sur de Bogotá. De las Canteras de Terreros, por ejemplo.


Costado noroccidental del Capitolio
La piedra amarilla es el material y el tono que predominan en la plaza de Bolívar y en muchas áreas adyacentes, como la Casa de Nariño (1976), el ejemplo por excelencia del trabajo en piedra amarilla.
Lado oriental del palacio presidencial,
desde la carrera Séptima(1976)

Están revestidos de esa piedra el Capitolio, el palacio de Justicia, la Catedral, la capilla del Sagrario, el Palacio Cardenalicio  –joven, solo tiene medio siglo–, el Colegio de San Bartolomé, el edificio nuevo del Congreso, el ya nombrado palacio presidencial y para cerrar el cuadrilátero de la plaza, la Alcaldía, que solo tiene el pórtico de la priomer aplanta en piedra amarilla, pero tiene su nuevo edificio situado en la parte posterior cubierto de láminas del enchape que nos ocupa.

Edificio Bicentenario, parte posterior de
la Alcaldía, inaugurado en 2011
Edificio de los Ministerios. Construido sobre
el demolido Claustro de San Agustín


También el edificio moderno de los Ministerios (hoy Ministerio de Hacienda), el Palacio Echeverri y unas calles más al oriente y norte, el Teatro Colón y el palacio de San Carlos. En la avenida Jiménez la antigua gobernación de Cundinamarca y el edificio Pedro A. López, ocupado por el Ministerio de Agricultura.

Palacio Echeverri, obra de Gaston Lelarge
La piedra amarilla de vetas rojas o marrones, similares a las vetas de la madera, resalta con el sol capitalino casi tanto como el rojo del ladrillo en los atardeceres.

Pero no es patrimonio exclusivo del centro o de la zona antigua de la ciudad. Parte de la zona empresarial del Centro Internacional está revestida de la piedra bogotana. Para la muestra tres botones: el viejo edificio de Bavaria, la torre de Seguros Tequendama y el Planetario Distrital.

Un aporte generoso al espacio público. Andenes de
 piedra en el edificio Avianca. Se pensó en grande.
En el centro financiero de la avenida Chile algunos edificios utilizan la piedra muñeca, el mismo elemento que cubre el frontis de la iglesia de Lourdes. Y si los edificios ubicados a lado y lado de la carrera Décima lavaran sus fachadas, volvería a lucir la piedra amarilla sepultada bajo kilos de hollín producido por los tubos de escape de los autobuses destartaladas en cuatro décadas.

El servicio de este material a la identidad bogotana no se reduce a los revestimientos o a las fachadas. Son de piedra amarilla las baldosas de la plaza de Bolívar y los andenes de algunas calles del centro. También los pedestales de la inmensa mayoría de las estatuas y el cauce del Eje Ambiental, que recorre la ruta del antiguo río San Francisco.


Limpieza del Eje Ambiental de la avenida Jiménez
Detalle de un costado del Palacio Echeverri
Patio de Los Novios, dentro de la Casa de Nariño

 
En fin, el mundo de este material también generó una carpintería de la piedra amarilla, expresada
en sillares, columnas, pilastras, capiteles, ménsulas, volutas, hojas de acanto y otros motivos.


Y para preservarla están los expertos. Hay técnicos en tratar la piedra y lijarla para renovar su apariencia, en cortar láminas y tajadas perfectas para reponer las averiadas por el paso del tiempo y en limpiarla periódicamente para devolverle su rubio esplendor, ese que produce los mejores contrastes en las mañanas soleadas o en las tardes despejadas.
Restauración de un zócalo del Palacio Echeverri,
hoy sede del Ministerio de Cultura